27 reglas del líder humanista

Una defensa del dirigente con formación intelectual, sentido ético y vocación sincera frente al oportunismo, la simulación política y las prácticas de poder alejadas del bien común

Más vale perderse en la pasión, que perder la pasión

San Agustín

Empiezo con este epígrafe porque, desde los inicios de mi compañía escénica, lo acuñamos como nuestro leitmotiv, este motivo conductor que trazaba nuestro actuar y sobre todo porque, igual que San Agustín, los personajes que interpretamos en la escena son el eje que mantiene la construcción del drama; el tratamiento a su dignidad y posterior presentación ante los demás nos da la grave responsabilidad que conlleva al llegar a sus límites, al ventilar sus defectos y virtudes, al mostrar la desnudez de su pensamiento y acción ante el gran ojo del espectador. Esta pasión entregada a la construcción y comprender al personaje —que es un humano trasladado a la realidad— nos empatiza con su individualidad, con su dignidad, con su relación con los demás. Por ello, nos perdíamos en esta pasión por la construcción de personajes antes de que esta misma pasión se perdiera.

Pensadores como San Agustín o San Clemente de Alejandría y Santo Tomás de Aquino apuntaban sus principios humanistas en el sentido de que «la dignidad del ser humano ya no provenía solamente de su razón o de su posición en el mundo, sino también de ser criatura e imagen de Dios… dando lugar a una concepción del ser humano como sujeto libre, racional y trascendente». Julio Castillo López, en su libro 27 reglas del líder humanista, se le nota perderse en la pasión por escudriñar las raíces filosóficas y éticas del liderazgo y que muestra las alternativas de trascendencia a partir de esta guía para ejercer la autoridad con compromiso y sentido.

En su libro, Castillo López nos confronta con tres grandes capítulos: «¿Qué es un líder humanista?», «Poder y autoridad», finalizando con «Las reglas del líder humanista». Al término nos otorga en su apunte final, sobre la rareza de encontrar a un líder humanista con el cumplimiento de las 27 reglas, porque es una persona de carne y hueso, «que sufre derrotas… pero que no claudica».

En su capítulo sobre el humanismo, señala que éste «es una visión integral del ser humano como centro de la acción moral, social, política y cultural». Se hace un recorrido histórico, desde el helenismo hasta nuestros días, puntualizando sobre las afinidades, diferencias y contrastes del humanismo y otras corrientes ideológicas. Aquí me detengo, por la sobrada intención que me ocupa el arte y la cultura. El autor precisa que «el líder humanista no improvisa. Se forma, estudia, reflexiona. No ve la cultura como adorno, sino como sustancia de la acción pública. Conoce historia, filosofía, derecho, economía, literatura. Porque sabe que, sin profundidad intelectual, la política se reduce a eslóganes y ocurrencias. Y sin cultura, no hay libertad real».

Aunque desde el centro del país quieran construir la narrativa de un «humanismo mexicano» —como si el humanismo tuviera fronteras— donde su estatismo e intervención prevalecen, es aquí donde el líder humanista debe develar esa careta de oportunismo político, no estar «a la moda» y dejarse llevar por el canto de las sirenas. Por ello debe encontrar sus referencias, defender sus principios y saber sus alcances.

Ya en el capítulo «Poder y autoridad», Julio los contrasta, pone su acento en sus significados y diferencias. Dice: «Poder es una fuerza relacional que se ejerce a través de recursos, coerción o persuasión… Autoridad se refiere al reconocimiento legítimo del derecho a ejercer ese poder».

Aquí me viene una reflexión sobre lo recurrente que las personas cuando hablan de la «política» como oficio o medio para llegar a un cargo público. Apunto que no es lo mismo el poder para llegar a la política que la política del poder, entendiendo etimológicamente que política proviene del griego polis (ciudad-estado) y politiká (asuntos de las ciudades). Observamos cómo llegan a la política con el poder que otros ejercen para este fin, olvidando —ya estando en el poder— que es para atender los asuntos de las ciudades.

Hoy vemos con tristeza que quienes llegaron al poder no fue para servir a los demás sino para desquitarse. Ese falso liderazgo hoy se desmorona. Se ve lo erosionado de ese «halo de pulcritud» con que se vendían. Un verdadero líder debe tener esta calidad humana de saber cuándo es el tiempo de renunciar para que no lo abrace el autoritarismo y la destrucción del bien común (incluida la de él).

Posterior a estos dos grandes apartados, en el libro viene un listado con detallada explicación de cada una de las 27 reglas, con su base filosófica, la ilustración con ejemplos, la invitación a su apropiación y finalmente una frase de aquellos que acuñaron el sentido de la correspondiente regla. No haré un recuento de ellos, para no caer en un spolier, pero sí haré mención de varios con su breve sinopsis:

  • Persigue causas, no sillas: La carrera política se debe regir a partir de luchar por algo y no por buscar cargos.
  • Solo el ejemplo transforma: Las palabras y las promesas forman el discurso, pero el verdadero líder predica con el ejemplo.
  • La mirada debe estar en el horizonte: Un líder humanista debe tener la capacidad de ver el horizonte y no perderse en coyunturas, rivales o distractores. El poder dura poco, pero la visión puede trascender.
  • Formar líderes, no seguidores: Un líder que no deja crecer a los demás no es un líder, es un gerente con miedo a la sombra.
  • La persona se ve en el trato a los demás: En política, el trato diario revela el carácter. El que humilla al débil, se delata; el que respeta incluso al adversario, se engrandece.
  • Saber marcharse: Un auténtico líder humanista sabe cuándo acabó su tiempo. No intenta perpetuarse dejando a familiares o a subordinados para seguir en el poder desde fuera, no se vuelve peso muerto para su sucesor. Simplemente, se sabe marchar y se puede volver un referente o se puede dedicar a su causa desde otras trincheras, pero no se intenta quedar o influir en el poder, sabe que su tiempo ha terminado.

27 reglas del líder humanista no es un reglamento ni los pasos que seguir para ser un líder, no es un compendio de comportamientos para ir anotando su cumplimiento en un check list, no es un «liderómetro» para ubicarnos en «qué tan líder soy», simplemente es —como dice su autor— una guía ética, política y filosófica para ejercer autoridad con sentido.

Julio Castillo López comparte este libro para quienes quieren ejercer el poder sin perder el alma, es decir, tener la autoridad a través de la construcción de un líder humanista. En la pluma de Julio se ve la mano de su padre, don Carlos Castillo Peraza, de la educación recibida para pensar en el bien común y ejercer el respeto a la dignidad humana, pero se nota que es con una caligrafía propia, un ser racional que busca su trascendencia, tomando en cuenta lo formado para —generosamente— transmitirlo en escuela, con la firme esperanza de que aún queda mucho que aprender del humanismo y de la evolución de éste.

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