Para Chuy López Castro, que descubrió Seals & Crofts con un amigo
Fue hace no más de tres llovidos sábados. A la deriva y entrada la noche. Con los primeros ventarrones que tasajea el fin del verano. El reloj: ya antes del meridiano, a un dígito. AM. El radio japonés que está en mi estudito traía volumen en el 18: ni alto ni bajo. Es la aritmética sónica. Y la antena, toda, a unos 120 grados oeste. Ahíagarra mejor la XEKS de Saltillo, cuando se está casi a tiro de piedra de Ramos. Ya lleva años en el 104.9. Lujazo. Pero yo la conocí en su mera amplitud modulada. AM. Y nunca dejó de coquetearme. Pues en heladas noches de diciembre me escondía —con una piyama de los Dálmatas— detrás de un sillón cerquita del calentador para escuchar aquel Museo negro de la Scotland Yard: con las campanadas a medianoche del Big Ben y aquella espeluznante dramatización de «La pata del mono». Toc. Toc. Toc. Una delicia que luego te impedía bajar solo por agua. Pero qué deleite. Así la conocí. Con esos cuentos de horror y con los Beatles, también.
En esta ocasión las bocinas mascullaban un thrash metal ochentero. Creo que era Slayer. Cada ciertas canciones se manifestaba en cápsula la inconfundible voz de Chuy López Castro, que anunciaba un sábado internacional con «rock envasado de origen». Nostalgia pura. La voz de quien trasminó —casi subrepticiamente— el rocanrol a la capital del estado. Eran casi los 70 y, a punta de vinilos, afiló espacios para engarzar la banda sonora insurrecta por antonomasia. Y todo aún por encima de inmortales boleros o tunas en una radiodifusora fundada en los años 30. Es a Jesús López a quien le debemos, entonces, la crianza de la primera generación que roqueó en Saltillo. Titilante faro de nobleza y rebeldía.
Y bueno. La música —como siempre— le daba cuerda a una de mis piernas cruzadas, mientras garabateaba algo en una agenda. El pie, siempre, al compás de la batería. Por ahí fue cuando alcancé a escuchar —¿o imaginar?— un profundo rayón de gis en la pieza cuyos platillos se superponían a la(s) guitarra(s). Porque eso era Led Zeppelin. Melancólica, era como si la AM quisiera reingresar a la atmósfera. Así, en mono y con el encantador rasguño sutil que dibuja otros tiempos en la tornamesa. Ahí entendí lo que era urgente rescatar.
En estos días que bajan el telón de septiembre se cumplen, ya, 45 años del día que John Bonham —el batacazo de Zeppelin— se fue y se sublimó. Era 1980 cuando su cuerpo decidió que tocaba elevarse a otros climas. Subir la escalera.
Baterista de una banda vertebral. Histórica. De avanzada y fraguada en el electrizante Londres del 68. Led Zeppelin era el registro supersónico en el pecho de Robert Plant; la guitarra más virtuosa y benditamente diabólica de su tiempo: Jimmy Page; y la versatilidad de John Paul Jones, reloj suizo humano; Bonham enarbolaba un frondoso paisaje de bigote, preámbulo de su potencia para tocar. Años más tarde, la Rolling Stone lo iba a nombrar —unánime— como el número uno —de 100— detrás de la caja y bombo. Con oídos educados en folk y calibrados con blues, la alquimia de los cuatro será precursora del heavy metal. Y su descendencia.
Velocidad y fuerza. Así se describía todo lo que pasaba en su —siempre creciente— entramado metálico firma Ludwig, controlado vía dos varillas de madera. Bonzo nació con la posguerra en los barrios de Redditch en las Midlands del occidente inglés. En su casa había libros de T.S. Eliot y jazz. Mucho jazz. La técnica fina, pero trepidante del llamado The Beast provino en gran parte de un febril consumo de baterías gringas jazzeras. Con ellas aprendió a leer los sonidos en códigos de platillo con pandero y timbal. Y, sobre todo, a ser tan intuitivo como una partitura blanca. John Henry Bonham nunca entró tarde ni temprano. Sus tablazos se enganchaban a lo que la banda arrojara. Se enredaban a los requintos de Jimmy Page y cauterizaban.
A finales de octubre del 69, el álbum Led Zeppelin II se estrenaba con un track tan sugerente y candoroso… como descomunal: «Moby Dick». Se trató de una pieza instrumental cuyo intro —y outro— eran sendas líneas eléctricas de Page y Jones que, al minuto de marca daban paso a un barroco metálico en forma de solo para batería. Con los artefactos aguzados —y sólido pedaleo—, trazaba un collage acústico que hoy parece ser preludio que, en pocos parpadeos de profeta, anuncia la subtrama del metal como género.
Hace 45 años, Zeppelin comenzaba sus ensayos para una gira norteamericana que iba a arrancar en Montreal. La dinámica comenzó con trayectos, escalas, pruebas de sonido… Una mañana de tránsito se detuvieron. Bonzo desayunó vodka con jugo de naranja. Varias veces. Y en ese orden. Por la tarde repasaron repertorios. Cada golpe de Bonham era un trueno: crudo, caótico, pero luz y sonido a tiempo. Una cadencia clínica. Ahora bebía güisqui. Lo cenaba. Al terminar la sesión, estaba exhausto y dormitaba al hablar. Alguien lo llevó a su cama. Había sido un día largo.
La mañana del 25 de septiembre de 1980, John Paul Jones quiso despertar a su amigo. Pero él ya no respondió. Ahora escalaba a su propia «Escalera al cielo». Tenía 32 años. Fue enterrado cerca de donde nació, en una villa parroquial de Rushock, allá en los Midlands. Su tumba está en el pequeño cementerio de la iglesia de Saint Michael. Cada año, incontables peregrinajes pueblan su lápida de baquetas. De vez en cuando amanece alguna botella en el césped fresco. Abierta o cerrada, pero nunca vacía.
Fue una pérdida dolorosa para el escenario de aquel tiempo. Billy Joel, Debbie Harry y sus Blondie, los Pink Floyd, Queen y hasta ABBA se acercaron a ofrecer su afecto y respetos. Lo que pocos sabían es que, desde aquella mañana nublada del día 25, Led Zeppelin ya no existía. Plant, Page y Jones supieron esa misma noche —al contemplar una imagen de sus icónicos sigilos: el Zoso de Jimmy, la pluma de Robert, la runa de JPJ… y los tres círculos conectados de Bonzo…— notaron que el símbolo de Bonham era una señal. Les faltaba alguien. Jamás estarían completos de nuevo. Yació ahí una inédita y sutil desbandada: por respeto a un amigo. Una de las —quizá— cinco bandas más influyentes de la historia se dispersaba.
Y, qué bueno, nadie quiso moralizar. Y los juicios se silenciaron. Porque no ha de haber cosas buenas o cosas malas. Que haya lo que a cada cual le haga feliz. Sin blanco y negro. Ni caliente y frío.
John Bonham se nutrió de las leyendas y la música negra. Forjó —en sus manos— las muñecas perfectas para cualquier baterista de rock. Así se transformó en referencia. El susurro de sus platillos amplificó ondas como principal influyente de bataqueros tan diversos. Dave Grohl, Nirvana; Dave Lombardo, Slayer; Chad Smith, Red Hot Chili Peppers; Neil Peart, Rush. El potente pedal de La Bestia encajó al fondo. Despedazó la membrana del bombo y dejó algún retazo sin coagular para quienes quisieran.
Su escalera al cielo —que tarda en subir poco más de ocho minutos— la ascendió con su «Reina de mayo». ¿Oyes al viento soplar? Desde Hamelín escuchó gaiteros. Porque todos son «uno» y uno es «todos». Ya son 45 años, pronto 50 de su partida. Y así se recuerda. John Bonham, nunca mejor dicho: sí cerró a tambor batiente.
—To be a rock and not to roll?
