Aislamiento global y crisis moral marcan el futuro del Gran Israel

Tras dos años de conflicto, la ultraderecha enfrenta condenas en Naciones Unidas, el reconocimiento masivo del Estado palestino y la pérdida de apoyo incluso entre sus socios históricos. Gaza emerge como símbolo global de resistencia

Flotilla desafía el bloqueo y repudia la política de Tel Aviv

Cuando en octubre de 2023 estalló la guerra en Gaza, el Gobierno de Benjamin Netanyahu se presentó como defensor de la seguridad nacional frente a los ataques de Hamás. Sin embargo, casi dos años después, la narrativa oficial israelí se ha erosionado hasta el punto de dejar a Israel en una posición de aislamiento internacional difícil de revertir. La condena en foros multilaterales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el reconocimiento creciente al Estado palestino por parte de países de distintas regiones y la cobertura mediática negativa han hecho evidente una derrota política, moral y diplomática para Tel Aviv.

En la ONU, los intentos de Washington por bloquear resoluciones críticas hacia Israel han perdido fuerza. La Asamblea General aprobó varias resoluciones de condena, y el Consejo de Seguridad ha visto un progresivo distanciamiento incluso de aliados tradicionales de Israel. Expertos en derecho internacional sostienen que el costo político de la campaña militar ha superado con creces sus objetivos iniciales. El profesor Richard Falk, ex relator especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados, afirma que «Israel ya no controla la narrativa de víctima que supo capitalizar en décadas pasadas; la magnitud de la devastación en Gaza ha colocado a Palestina como epicentro de una causa moral global».

«Israel ya no controla la narrativa de víctima que supo capitalizar en décadas pasadas; la magnitud de la devastación en Gaza ha colocado a Palestina como epicentro de una causa moral global».

Richard Falk, exrelator especial de la ONU

El giro se percibe también en el plano simbólico. En 2024, Irlanda, España y Noruega reconocieron oficialmente al Estado palestino, un paso que hasta hace poco parecía improbable en el corazón de Europa. Estas naciones se sumaron a un bloque creciente que incluye a la mayoría de países latinoamericanos —México, Brasil, Argentina, Chile, Colombia, entre otros—, buena parte de Asia, África y Medio Oriente. De los 193 Estados miembros de la ONU, más de 150 ya reconocen a Palestina como un Estado soberano. La guerra en Gaza, paradójicamente, aceleró ese respaldo. El presidente colombiano Gustavo Petro lo expresó con dureza: «El genocidio en Gaza no puede quedar impune; Colombia se pone del lado de Palestina porque la humanidad no puede tolerar la barbarie». Por su parte, Luiz Inácio Lula da Silva acusó a Netanyahu de perpetrar crímenes de guerra. Estas voces se multiplican en un escenario donde Israel enfrenta, además, investigaciones de la Corte Penal Internacional por presuntas violaciones al derecho humanitario.

«Los patrones de ataque observados en Gaza sugieren violaciones sistemáticas del derecho internacional humanitario».

Volker Türk, alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos

Los costos humanitarios de la ofensiva israelí han sido devastadores. Más de 66 mil muertos palestinos en Gaza, según el Ministerio de Salud local (2025), aunque la ONU estima que la cifra real podría ser mayor; más de 1.9 millones de desplazados internos, aproximadamente el 80% de la población; menos del 10% de los hospitales en plena capacidad, muchos arruinados o inutilizados; y más de 350 mil viviendas dañadas o destruidas.

Por su parte, Netanyahu aparece cada vez más aislado. Su insistencia en prolongar la ofensiva militar, pese a las advertencias sobre la crisis humanitaria, ha fracturado incluso a sus aliados más cercanos. En Washington, voces críticas dentro de ambos partidos presionan para condicionar la ayuda militar a Israel. La cancillería noruega, al anunciar el reconocimiento palestino, fue explícita: «La barbarie en Gaza nos obliga a actuar». Esa palabra —barbarie— se repite en comunicados, titulares y debates parlamentarios de distintos continentes. Lo que comenzó como una guerra defensiva ha terminado siendo percibido como un ataque indiscriminado contra civiles. Y esa percepción, reforzada por escenas de hospitales destruidos, niños heridos y familias desplazadas, ha hecho que Israel pierda la batalla moral en la opinión pública global.

En ese contexto emerge el concepto de «Gran Israel», una visión ideológica impulsada por sectores de la derecha nacionalista que Netanyahu ha sabido explotar políticamente. El término alude a un proyecto expansionista que busca legitimar el control israelí sobre todos los territorios entre el mar Mediterráneo y el río Jordán, presentándolo como una misión histórica y divina. En la práctica, el «Gran Israel» funciona como el equivalente israelí del «Make America Great Again»: una narrativa identitaria que apela al orgullo nacional, demoniza al enemigo interno y promete restaurar una grandeza supuestamente perdida. Su fuerza simbólica reside en movilizar a la base más radical del sionismo religioso, incluso a costa del aislamiento internacional y del desgaste institucional del propio Estado.

Presión mediática

La narrativa internacional se alimenta de lo que muestran los medios. Y en esta guerra, Israel ha perdido terreno frente a la avalancha de imágenes de devastación en Gaza. Desde cadenas occidentales —BBC, CNN, Telesur, El País, Le Monde— hasta medios regionales como Al Jazeera, la cobertura se ha centrado en la destrucción masiva, los desplazamientos forzados y el colapso humanitario. Los reportajes de corresponsales en la Franja muestran nosocomios sin electricidad, familias refugiadas en escuelas de la ONU y niños rescatados de entre escombros. Aunque Israel ha intentado difundir sus propias imágenes de ataques de Hamás y de túneles subterráneos, el contraste con la magnitud del sufrimiento civil ha sido abrumador. El resultado: titulares donde Gaza aparece en el rol de víctima y Tel Aviv en el de agresor.

La profesora Sara Roy, investigadora de Harvard y experta en Gaza, lo resumió así: «La guerra ha colocado a Palestina en el centro de la conciencia global como símbolo de resistencia frente a la opresión; Israel, en cambio, aparece como un Estado que abusa de su poder militar sin freno». La batalla mediática es tan significativa que incluso diarios tradicionalmente cercanos a Israel han publicado editoriales críticos. The New York Times, que en otras guerras tendió a matizar sus posiciones, ha cuestionado la proporcionalidad de los bombardeos y la falta de un plan político. El británico The Guardian fue más allá al advertir que Netanyahu podría estar conduciendo a Israel a un «suicidio diplomático».

En redes sociales, la derrota israelí es aún más evidente. TikTok, Instagram y X (antes Twitter) se llenaron de videos que documentan ataques contra civiles, campañas de solidaridad con Gaza y llamados al boicot. El hashtag #FreePalestine volvió a convertirse en tendencia mundial, y la figura del Estado de Palestina se transformó en causa juvenil y estudiantil en universidades de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y América Latina.

Esta presión mediática ha tenido consecuencias políticas directas. Gobiernos europeos, antes reticentes, se vieron obligados a pronunciarse ante la indignación ciudadana. España justificó su reconocimiento al Estado palestino en 2024 precisamente por la «imposibilidad de permanecer indiferente ante la barbarie» y por la «demanda ética de la sociedad civil». El académico palestino-americano Rashid Khalidi apunta que «Netanyahu ganó batallas militares, pero perdió la narrativa global; y en una guerra prolongada, la narrativa define los resultados políticos». La legitimidad de Israel, según Khalidi, se encuentra más cuestionada que nunca.

Aislamiento diplomático

El conflicto en Gaza no solo dejó ciudades arrasadas: también provocó un terremoto político. La discusión sobre quién gobernará Gaza en el futuro divide a la comunidad internacional, pero la idea de que Israel tenga un control directo es rechazada de manera casi unánime. Washington ha propuesto un mecanismo de supervisión internacional con la participación de actores árabes y europeos, pero la desconfianza hacia Netanyahu complica cualquier acuerdo.

La ONU insiste en un alto al fuego inmediato y en la entrada sin restricciones de ayuda humanitaria. Israel, sin embargo, mantiene bloqueos y operaciones militares, lo que refuerza la percepción de intransigencia. La alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, declaró: «Los patrones de ataque observados en Gaza sugieren violaciones sistemáticas del derecho internacional humanitario». La frase circuló en titulares de prensa y fue citada en debates parlamentarios en Europa y América Latina.

Mientras tanto, los reconocimientos a Palestina han seguido sumándose. En América Latina, países como Bolivia y Chile endurecieron su postura diplomática, llamando a consultas a sus embajadores en Israel. En África, Sudáfrica lideró una denuncia en la Corte Internacional de Justicia acusando a Israel de genocidio. En Asia, Malasia e Indonesia intensificaron sus gestiones diplomáticas para articular un bloque propalestino en foros regionales. La consecuencia práctica es que Israel, que durante décadas logró presentarse en términos de una democracia asediada dentro de un vecindario hostil, hoy aparece en la prensa con forma de Estado que viola normas básicas de derechos humanos. Netanyahu, además, enfrenta protestas internas. Sectores de la sociedad israelí, indignados por la prolongación de la guerra y el costo en vidas de soldados, piden elecciones anticipadas.

Los expertos coinciden en que esta combinación de aislamiento externo y presión interna erosiona la capacidad de Tel Aviv para influir en la agenda global. El historiador Avi Shlaim lo describe con crudeza: «Israel ha perdido la guerra de la legitimidad; y sin legitimidad, incluso la victoria militar más aplastante resulta vacía». La reconstrucción de Gaza será monumental, y los países dispuestos a financiarla difícilmente aceptarán que Israel tenga un rol central. En este contexto, el ex primer ministro británico Tony Blair participará en un comité presidido por el presidente estadounidense Donald Trump para supervisar la transición en Gaza. La Unión Europea, junto con Catar y Arabia Saudita, ya prepara fondos para la rehabilitación, pero condiciona su desembolso a que los palestinos tengan un Gobierno autónomo. E4

Países que reconocen al Estado palestino

Ya son 157 de los 193 Estados miembros de la ONU que reconocen a Palestina. Entre los más relevantes destacan:

  • Europa: Francia, Bélgica, Luxemburgo, Suecia, Malta, Andorra, España, Noruega, Irlanda, Portugal y Reino Unido.
  • América: Canadá, México, Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Bolivia, Cuba y Venezuela.
  • África: Sudáfrica, Egipto, Argelia, Nigeria.
  • Asia: China, India, Rusia, Indonesia, Malasia, Turquía.
  • Medio Oriente: Arabia Saudita, Catar y Jordania.

Fuente: Al Jazeera, Wikipedia

Cifras clave del conflicto (2023-2025)

  • Inicio de la escalada: 7 de octubre de 2023, con el ataque sorpresa de Hamás contra Israel.
  • Muertos palestinos en Gaza: Más de 66 mil, según el Ministerio de Salud de Gaza (ONU estima que el número real puede ser mayor).
  • Muertos israelíes: Aproximadamente mil 200 en el ataque inicial de Hamás y posteriores enfrentamientos.
  • Rehenes israelíes: Alrededor de 250 secuestrados el 7 de octubre de 2023; varios liberados en canjes, otros permanecen cautivos.
  • Desplazados internos en Gaza: Más de 1.9 millones (aproximadamente 80% de la población), de acuerdo con OCHA.
  • Hospitales en funcionamiento: Menos de 10% en plena capacidad, muchos demolidos o inutilizados.
  • Viviendas dañadas o destruidas: Más de 350 mil reportadas por la ONU.

Flotilla desafía el bloqueo y repudia la política de Tel Aviv

La Flotilla Global Sumud, con activistas de 44 países y figuras como Greta Thunberg y Mandla Mandela, fue interceptada por la Armada israelí; México coordina repatriación segura de sus ciudadanos

La Flotilla Global Sumud se convirtió en un símbolo de desafío y solidaridad internacional frente al prolongado bloqueo israelí de Gaza. Más de 450 activistas de 44 países, entre ellos figuras de alto perfil como Greta Thunberg, Mandla Mandela —nieto de Nelson Mandela— y Ada Colau, exalcaldesa de Barcelona, se embarcaron en una misión que trasciende la entrega de ayuda humanitaria para cuestionar la legitimidad de las restricciones impuestas sobre un territorio sitiado y pone en evidencia la presión creciente de la opinión pública global sobre la política de Tel Aviv.

«La tripulación de los barcos interceptados que intentaban romper el bloqueo ilegal de Israel debe ser liberada inmediata e incondicionalmente».

Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional

El operativo generado por Israel en el puerto de Ashdod, donde las fuerzas navales interceptaron los barcos, desencadenó una ola de condenas y protestas en distintos países. Las embarcaciones intentaban romper el bloqueo mientras transportaban suministros básicos y llamaban la atención sobre la crisis humanitaria en Gaza, consolidando la flotilla como un evento de repercusión internacional y un punto de inflexión en la narrativa del conflicto.

La Armada israelí confirmó que todos los detenidos se encuentran sanos y salvos, incluyendo a la activista sueca. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel difundió imágenes que muestran a Thunberg recibiendo agua y un impermeable en la cubierta de su embarcación. Entre los detenidos también se encuentran seis mexicanos, quienes fueron trasladados al puerto de Ashdod y posteriormente a un centro de detención en Ketziot. La Embajada de Israel en México aseguró que los connacionales están «sanos y salvos» y que se está llevando a cabo un proceso coordinado para su pronta repatriación, que se espera concluya en los próximos días. La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) informó que ha solicitado acceso consular para garantizar la integridad de los mexicanos y reiteró su llamado a que se respeten sus derechos y seguridad. La presidenta Claudia Sheinbaum indicó que se enviaron cuatro notas diplomáticas solicitando garantías físicas y la liberación expedita de los ciudadanos mexicanos.

Las autoridades israelíes sostienen que la operación buscaba evitar una violación al bloqueo marítimo impuesto sobre la Franja de Gaza y han ordenado que no se emplee la violencia durante la interceptación. Además, el Ministerio de Defensa de Israel instó a los palestinos que aún se encuentren en la ciudad de Gaza a evacuar, advirtiendo que quienes permanezcan podrían ser considerados simpatizantes de Hamás.

Para los organizadores de la flotilla, el viaje tiene un valor simbólico y humanitario. Los activistas afirmaron que su objetivo es romper el «asedio y bloqueo ilegal de Israel» y denunciar lo que consideran un «genocidio en curso contra el pueblo palestino». Desde su partida, los barcos han recibido atención mediática internacional, con cobertura de medios europeos y estadounidenses que documentan la confrontación con la Armada israelí y las condiciones en el mar.

El Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia también se pronunció sobre la operación, indicando que las naves serían remolcadas al puerto de Ashdod y que los activistas serían deportados. Mientras tanto, la comunidad internacional observa con atención el desenlace del operativo, que pone nuevamente en el centro del debate la crisis humanitaria en Gaza, el bloqueo israelí y la presión de actores internacionales por soluciones que respeten los derechos civiles de los habitantes del enclave. La repatriación segura de los ciudadanos mexicanos y de los activistas internacionales será un indicador clave sobre la gestión humanitaria de Tel Aviv y la respuesta a las protestas globales generadas por la Flotilla Global Sumud. E4

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.

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