Con el corazón agradecido por la vida de Verónica Oranday Valdés
Cuando visité la ciudad de Córdoba en el año 2002, al lado de mis grandes amores, corrí con la suerte de postrarme ante las estatuas de los tres colosos nacidos en la ciudad andaluza: Séneca, Maimónides y Averroes. Confieso que mi devoción se desbordó en ese orden: en primer lugar, hacia el filósofo estoico, asesor del orate de Nerón; en segundo, hacia el médico de Córdoba y, por último, hacia el Comentador. El pasado 14 de abril, el insigne Averroes cumplió 900 años de haber nacido de cara a la Meca y quiero reivindicar su memoria.
Averroes (Ibn Rušd, 1126-1198) fue llamado con razón el Comentador. Glosó a Aristóteles a la luz de los dogmas del Corán. Averroes sostuvo que la doctrina de «El maestro de los que saben» coincide con la verdad suprema y que, si bien teología y filosofía convergen en una única verdad, en caso de desacuerdo, y aquí viene lo sorprendente, la posición de los filósofos estaría más autorizada. Nada de que «la filosofía es la sierva de la teología», de que philosophia ancilla theologiae. Esta idea dio origen a la famosa teoría de «la doble verdad», según la cual una cosa puede ser verdadera en teología y falsa en filosofía, o a la inversa.
Esta preferencia por Aristóteles lo lleva a expresar este elogio desmesurado: «Ninguno de los que lo han seguido hasta nuestros días, es decir, por mil 500 años, pudo añadir a lo que él dijo, nada que sea significativo. Es cosa en verdad digna de maravilla que todo esto se encuentre en un solo hombre». Y añade: «La doctrina de Aristóteles coincide con la suprema verdad». Por fortuna, lleva razón quien aseguró que «no existen hechos, sólo interpretaciones» (Nietzsche, F., Fragmentos póstumos, 1885-1889, 7, 60). Y lo que quiero decir es que otras interpretaciones sobre distintos aspectos metafísicos y éticos se han sostenido con propiedad a lo largo de la historia del pensamiento, y no debemos caer en el dogmatismo de pensar que a la hermenéutica del alumno de Platón «no se le ha podido añadir, a lo largo de los siglos, nada que sea significativo». Whitehead dijo, por el contrario, que «la filosofía occidental no es más que una serie de notas a pie de página de Platón».
Averroes, en su teoría del intelecto, distingue el intelecto activo, que proporciona las formas inteligibles, del intelecto pasivo, que las recibe. Ambos son eternos y supraindividuales. La actualización de las formas en el intelecto pasivo, respecto a una persona concreta, da como resultado el intelecto individual adquirido. Como este, al estar ligado a la persona, es mortal, la teoría de Averroes excluye la inmortalidad del alma individual. ¡Vaya escándalo para los antiguos y para nosotros! Tiene lógica, pero claro que todo esto depende de que aceptemos que la materia es principio de individuación. Por ello Dante estigmatiza a Averroes como perteneciente a la casta de quienes «hacen morir el alma con el cuerpo».
El más eminente de los filósofos árabes aseguró la eternidad del mundo, de la materia y del movimiento. La materia es una potencia universal, y el primer motor extrae las fuerzas activas de la materia; este proceso se realiza eternamente, y es la causa del mundo sensible y material. El mundo ha sido creado por Dios, pero lo ha sido desde toda la eternidad. Lo creado ha surgido por emanación del primer principio creador. Esta doctrina y la de la negación de la inmortalidad personal del alma fueron combatidas sin tregua por el Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, y sus seguidores.
El Dante, en La Divina Comedia, exalta a Averroes como «el que hizo el gran comentario», pero lo sitúa en el Limbo como perteneciente a aquellos cuya pena es «vivir con el deseo sin esperanza.» Averroes y compañía son personas de mucha valía, pero están suspensas en el Limbo. Se trata de individuos destacados que no pecaron, pero no recibieron el agua del bautismo. El Dante se conduele de su situación. Celebro que la Iglesia haya descontinuado el Limbo y Averroes, por tanto, pueda vivir con el deseo esperanzado de una vida perfecta en el más allá.
En El Aleph de Borges nos encontramos con una narración titulada «La busca de Averroes». En ella el ciego clarividente de Buenos Aires aventura la hipótesis siguiente: «Recordé a Averroes, que encerrado en el ámbito del islam, nunca pudo saber el significado de las voces tragedia y comedia.» (p. 588) Y esto porque dichas voces al ser del teatro, son ajenas a la cultura árabe. El mismo Borges se corrige y completa su reflexión: «Sentí que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes…» (p. 588). Así me percibo hoy al tratar de imaginar toda la grandeza del Comentador e intentar en vano ponerme en los zapatos de él. Por eso, aunque pienso y creo sin cesar en la figura de Jesucristo como el Salvador, sigo sin comprender aquello de Zubiri de que el islam es solo una forma de regresión.
Referencias:
Borges, J.L. (1997). El Aleph en Obras completas. Emecé editores.

La importancia de esta investigación me hace pensar que hay mucho de verdad en su contenido. Excelente artículo