Al pie de la luna (de Leningrado)

Ayer, Lenin y Zsa-Zsa Gabor

 se casaban en New York.

[…] hasta en Sebastopol

los camaradas bailan el rocanrol.

Joaquín Sabina, «El muro de Berlín»

Tercera entrega: Rusia y Camerún; Estados Unidos 94

Si México 70 fue Pelé y la alegría en tele-color, México 86 forjó su improvisado encanto en Maradona. ¿Y Estados Unidos 94?… fue el balón calibrado en globalización. Aquel futbol-Coca Cola que supo rematar al futuro para, dos años más tarde, sentar las bases de la MLS y un proyecto fundacional alrededor de su selección mayor varonil. Se sabe que uno de los apartados finales es un inciso que plantea objetivos bienfijos… como ganar una Copa del Mundo antes que México. Y lo peor es que, ahora, no peca —tanto— de fe.

Este espacio de relatos ya llegó a la tercera escala narrativa rumbo al Mundial norteamericano 26. Así es como esta semana toca extraer un hilo anecdótico de aquel televisivamente ruidoso —pero sorprendente— USA 94.

Baila, (nueva) balalaica

Para quien no recuerda —o no vivió— el fastuoso Mundial gringo-noventero, hay un pasaje que, ni con marcatextos, sobresalta a la memoria. Muy pocos recapitularán aquella selección rusa del grupo B. Ni ese uniforme blanco. O el hecho de que se trataba de la primera Copa del Mundo de Rusia como federación. Atrás quedaba la camiseta con letras rojas CCCP, que don Ángel Fernández cifró como cu-currú-cucú-paloma. La ahora extinta… ¿extinta? URSS.

Estados Unidos 1994 —nunca mejor puesto— representó el cambió de denominación ante la FIFA para la otrora Unión Soviética. Los rasgueos de balalaica azul con «z» de zar a los hombros de su jersey lanzaron un rotundo mensaje, inédito para las Copas del Mundo. Los rusos ya jugaban abiertos a Occidente, y sin formaciones de tipo castrense. Amén por el gran Lev Yashin.

Pero sin prisas… y sin penas ni glorias. Que aquel debut sociopolítico pasó como si el águila imperial bicéfala del Kremlin hubiera volteado la mirada. Aunque el relato recae en un espigado y sobrio delantero de origen ruso ucranio con el 9 en la espalda. Y un extraño récord tras de él.

Alunizaje

Tras sendas derrotas en fase de grupos —Brasil y Suecia—, la «debutante» Rusia llegó a su último juego prácticamente eliminada. Frente a ella estaba un Camerún que había extraviado el hechizo de cuatro años antes, en Italia, cuando ilusionó a todo un continente. Así, a la una de la tarde de aquel 28 de junio californiano, comenzó una prolífica coreografía rusa… casi como extraída del Bolshói.

Oleg Anatolyevich Salenko, centro delantero en la pizarra de esa tarde, ya había —por lo menos— desquitado el histórico aterrizaje ruso en el polo que representó gélida guerra hasta hace apenas unos cuatro años. Su escueto cobro vía penal contra Suecia le había valido —ya— hacer historia como el primer anotador ruso no soviético en mundiales. Pero había mucho —mucho— más para el joven de padre ruso y madre ucraniana que jugaba para el Logroñés (¡palíndromo para Hugo!) de la liga española.

Nacido en San Petersburgo cuando aún se trataba de Leningrado, allá en la URSS de Brezhnev, su llegada al mundo apeló directo a las estrellas. Aquel 1969, dos Soyuz habían logrado ensamblarse y transportar astronautas soviéticos de nave a nave para el disgusto de Nixon. Del otro lado del mundo, el cohete Saturn número cinco parecía listo para que el programa Apolo cumpliera la hazaña. Y sí. Al pequeño Oleg le tocó abrir los ojos hacia un cielo estrellado —y embotellado de armatostes— cuando los Apolos ya habían logrado alunizar un par de veces. Los encabezados del Pravda le vociferaban en plan de arrullo. Y así creció. Frondoso atleta que lo pateó todo para, mejor, llegar al zenit de San Petersburgo que a un gulag.

Antífona

Esa tarde, en el estadio de la Universidad de Stanford, Oleg Salenko iba a alcanzar la posteridad a través de una suerte de carambola para billarista. El hecho de haberse desvelado, estupefacto, con lo que arrojaba la televisión por cable en los hoteles de Santa Clara —Seinfield, Los expedientes secretos X o La niñera—, no podía ser obstáculo para la intrincada hazaña que le esperaba.

Porque Salenko estaba destinado a ser el «jugador de una tarde» por excelencia. El capricho de algún santoral de iconos ortodoxos que quizá dijeron, con gravísima voz antifonaria: «hoy, él». Es alguien que no estaba contemplado en nuestra memoria colectiva. ¿Una nota al pie de los Mundiales? El Botín de Oro más ¿anónimo?

Seis y seis: Salenko y Stoichkov

Anotados entre el minuto 15 y el 75, sus cinco goles ante aquel Camerún —donde, por cierto, jugaba un tal Omam-Biyik que estaba a punto de dejar la liga francesa…— ni siquiera fueron algo, así, memorable. Quizá el quinto —sexto, en total… por el penalti sueco— fue el más vistoso: un pase filtrado, lo tomó de primera intención, y a segundo poste.

Oleg Salenko no cambió al futbol. Fue al revés, en todo caso. Fugaz, pero intenso. Pero lo suficiente para asimilar e irse a como refuerzo al Valencia para la temporada 94-95.

Todo él es un asterisco para la FIFA. Un tipo que ganó el premio al goleador de una Copa del Mundo, justo así como lo habían hecho, por ejemplo: Müller, Kempes, Rossi, Lineker… en cinco, siete partidos. No tres…

Eso sí, compartió la Bota de Oro con un genio como Hristo Stoichkov: aquel búlgaro tan todoterreno como relojero para el medio campo del Barcelona en los 90. Ese. El mismo que sacó a México del Mundial, y casi le pega un susto a la Italia de Baggio. Con sus seis anotaciones, ambos compartieron el título. Lo subrayable: con la Bulgaria semifinalista, Stoichkov recorrió siete partidos. Y, de las tres apariciones de Rusia, Oleg Salenko anotó esa misma cantidad en… dos juegos.

Hoy, aquel atacante imposible de —siquiera— recordar su cara, permanece como el único futbolista acreedor al Botín de Oro FIFA… que se quedó en fase de grupos.

¿(S)elenski?

Con sutil humor, hoy se sabe que Roman Salenko —el hijo de Oleg— milita en el Dinamo de Kiev. Hace un año debutó. Mediapunta de 20 años, ya ha sido llamado por las selecciones menores de Ucrania. La misma selección que, en marzo, se pelea el repechaje para enclavarse al Mundial de 2026 en el grupo F que encabeza Países Bajos. De alinearse todas las posibilidades, Roman Salenko podría llegar a Guadalupe, Nuevo León, este 2026 para jugar —otro— Mundial norteamericano… como su papá, quien jugó para —otra selección en el 94.

Las fracturas sociopolíticas mantienen a Rusia fuera de cualquier competencia de FIFA. Pero, aún así, el apellido Salenko no está tan lejos de reaparecer en un Mundial, ahora para defender la emblemática camiseta amarilla de Ucrania. La que usó Shevchenko en 2006. Y sí, mientras algunos jugadores forjan epopeyas por carrera… otros lo pueden ganar todo en una sola tarde. Listo. Y es que a veces, el futbol no sabe con exactitud qué hacer. ¡Qué bueno!

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