En el año 64 d.C. Roma, la capital del imperio más poderoso del mundo, arde y se destruye buena parte de ella. La teoría históricamente más aceptada es que Nerón, su emperador, quería reconstruirla con un diseño más moderno y monumental. Esta versión sostiene que él ordenó el incendio (del que culpó a los cristianos mientras «tocaba el arpa») para limpiar lo viejo, ampliar las calles y construir su Domus Aurea, un palacio gigantesco que ocupaba gran parte del centro de Roma (Fuentes: Suetonio y Dión Casio, historiadores latinos).
La lucha por los espacios habitables es milenaria; hace 45 mil años, los sapiens desplazaron a los neandertales de sus hábitats, provocando con ello, en parte, su desaparición. Muchas civilizaciones destruyeron a pueblos enteros para ocupar sus territorios y apoderarse de sus riquezas naturales. Los conquistadores europeos de los siglos XVI a XX desalojaron a los pueblos originarios de América y de África de sus tierras —que habían sido sus cunas ancestrales, incluso sagradas— para convertirlas en propiedades productivas de riquezas mundanas, destinadas a satisfacer su egoísmo y ambiciones económicas. Hoy, en muchas partes del mundo, la codicia destruye vidas, como sucede actualmente en Gaza, donde los palestinos están siendo asesinados para robarles sus legítimas posesiones.
La aporofobia —que es el odio y rechazo a las personas pobres— se ha apoderado, en especial, de los supremacistas arios y los lleva a creer que son los únicos que pueden y deben gozar de una vida plena y poseer, entre otras cosas, terrenos espléndidos para construir viviendas y edificios fastuosos, privando a sus anteriores propietarios de la dignidad que exige una vivienda decorosa en una comunidad honorable.
En nuestro país, como en otras naciones del mundo, ha surgido desde hace tiempo un fantasma horripilante llamado «gentrificación»: un fenómeno económico, cultural, político y social que, básicamente, estriba en desencadenar revaloraciones de barrios deteriorados y habitados por población de bajos ingresos, expulsándolos de sus casas o vecindades a lugares alejados del centro urbano, a sitios carentes de servicios básicos, sin importar para nada sus personas y familias. «Rehabilitados» aquellos barrios o ejidos, se destinan a la residencia de clases medias altas o «suburbios» para las familias más acomodadas.
Los desplazados enfrentan no solamente problemas de vivienda, sino también laborales, ya que sus antiguos vecindarios eran, simultáneamente, la fuente de sus ingresos y sustento: revisterias, tiendas de abarrotes, pequeñas boticas, típicos restaurantes/taquerías, talleres de reparaciones múltiples; es decir, servicios propios de comunidades populosas.
Los grandes condominios del cártel inmobiliario del PAN en la Ciudad de México fueron construidos justo sobre antiguas vecindades y casas humildes, compradas a centavos el metro cuadrado y elevadas a miles de pesos para beneficio de los «humanistas cristianos vasconcelistas», que se enriquecieron con el dolor de aquellos por los que dicen gobernar. En Torreón no se cantan mal las rancheras: a la fecha, subsisten problemas en colonias cerradas al oriente, porque sus constructores, aprovechando la miseria de los originarios poseedores, les pagaron una miseria para luego echarlos a la indigencia habitacional.
Otro modelo parecido a la gentrificación, y que ha causado destrucción arquitectónica en nuestra ciudad, es la demolición de edificios icónicos. Entre otros: la «casa morisca» en Colón y Abasolo; el precioso chalet con un torreón y pinturas de Salvador Tarazona en Juárez y González Ortega, frente a la Alameda; o el regio teatro Princesa en Morelos y Valdez Carrillo, derruido para un estacionamiento público frente a la «Plaza 2 de Abril» (=nombre auténtico=). Todo ello con la complacencia, y hasta complicidad, de las autoridades ultracorruptas prianistas que siempre han gobernado Torreón. Afortunadamente, y para gloria de nuestra región, un grupo de decididos ciudadanos evitó la demolición y logró la restauración del Teatro Isauro Martínez, uno de los tres más bellos de nuestra nación.
Recientemente, me alegra ver que el momento histórico que estamos viviendo —en que una mayor comunicación inmediata y un más amplio conocimiento del diario acontecer nos permite tomar consciencia social— nos muestra que las experiencias pasadas han sido brutales, decadentes, depravadas, miserables e inútiles, provocando, entre otras desgracias, la desvalorización del ser humano y de sus riquezas culturales y habitacionales.
