Apostar al periodismo más que nunca

Pensamos que las redes sociales y la inteligencia artificial democratizarían la información, pero no fue cierto, mucho menos el conocimiento. En la dictadura del algoritmo, la ignorancia vale más incluso que el conocimiento, una premisa que en los años 80 planteaba el pensador Isaac Asimov y que hoy, más que nunca, sigue vigente. En un océano oscuro de información falsa, donde la audiencia pasó del sesgo cognitivo al sesgo de confirmación, los medios de comunicación se han convertido en sello notarial para filtrar lo que es o no real. El periodismo, que vivió una crisis en medio de la transformación de la industria en cuanto a modelo de negocio, resurge como una herramienta esencial en la era digital, donde los likes valen más que los argumentos.

En medio de este culto a la ignorancia, las redes sociales tienen toda la responsabilidad, más aún al ser manejadas como una industria digital tan exitosa que volvió multimillonarios a sus creadores. Permiten, sin ningún tipo de control, abrir perfiles y cuentas desde donde no solo se difunden contenidos falsos, carentes de rigor, nocivos, que buscan engañar, sino que también se prestan para cometer delitos y vulnerar los derechos de miles de personas. Y, bajo la premisa de unas supuestas «reglas comunitarias», estas empresas se lavan las manos y engordan sus cuentas bancarias a costa del dolor humano. ¿Qué diría Hannah Arendt si hubiera tenido que testificar esta banalidad del mal, ahora digital y matemática?

Poco han hecho las autoridades por legislar y controlar al duopolio formado por Meta y Google, al que se sumó exitosamente TikTok. Y no es que los medios de comunicación no utilicen las redes sociales para difundir su contenido, buscar más lectores y multiplicar audiencias, sino que lo han hecho con el respaldo de su marca. En la mayoría de los casos, se responsabilizan jurídica y socialmente de lo que publican, respaldados siempre por el mismo rigor que se utiliza para generar contenido en papel, radio o televisión. Eso marca una gran diferencia. Podrá o no gustarnos una opinión, un reportaje o una entrevista, pero cuando tienen ese sello notarial que le da un medio, sabes que hay un rostro detrás de esas premisas, de esos argumentos.

El anonimato ha permitido que se cometan miles de delitos a través de las plataformas digitales, mientras las autoridades evitan legislar y encabezar una discusión seria sobre el tema, tal vez porque cada vez que se menciona algo al respecto hay una parte de la comunidad que argumenta una palabra tan leída como mal entendida: «censura». Sin embargo, nadie ha hablado de controlar lo que publican los medios de comunicación, grandes o independientes. Nadie sugiere siquiera que las redes no sigan siendo un espacio en el que se puede realizar de manera exitosa una campaña publicitaria o generar contenido con fines lucrativos. Lo que se pide es que tanto las autoridades como estas gigantes multinacionales eviten las campañas de desprestigio, odio, polarización y, sobre todo, que eviten ser usadas para cometer delitos.

Nos creemos expertos en todo. Hacemos más caso al influencer que habla de salud mental que al psiquiatra. Entrenadores, expertos en finanzas, en ciencia, y en medio de una realidad alterada por la inteligencia artificial, nos dejamos llevar por las mentiras que generan odio. Los periodistas son reemplazados por la inteligencia artificial. ¿Por qué investigar, contrastar fuentes, hacer análisis y profundizar en el conocimiento? Cuesta, sobre todo, tiempo, y no es atractivo porque dura más de los 15 segundos que dicta el despiadado algoritmo. Es por esa razón que nuestro oficio (reportero), puesto en jaque por la tecnología, tiene una oportunidad que no se debe desperdiciar. El reto será emprender la labor educativa de enseñar a los usuarios a curar los contenidos; al menos, cuando provienen de los medios, cuentan con ese sello notarial tan valioso en este tiempo.

Yo mismo he sido víctima de esa tiranía. A algunos irresponsables les pareció fácil adjudicarme la autoría de una página de Facebook que se ha dedicado a realizar campañas de desprestigio contra empresarios y personas de la sociedad civil. He tenido que realizar denuncias ante autoridades federales y organizaciones de la sociedad civil para que investiguen y finquen responsabilidades contra los autores de esas páginas que, a todas luces, están cometiendo delitos. Pero la responsabilidad de Meta, en su plataforma de Facebook, también es innegable. El comportamiento de esta empresa y de las autoridades se debe hacer notar a toda costa, investigar y dar con los responsables, así como evitar que este tipo de acciones se sigan repitiendo sin control alguno.

Colaborador invitado

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