Artista de la negación: Gordon Banks

Mundial 2026: Faltan 125 días

Relatos mundialistas: 70-86-94

Quinta entrega: Inglaterra y Brasil; México 70

Son los goles los que ganan partidos. Pero también, en un hálito de tequila, cabe una sola atajada que puede aliarse con la eternidad. Sonreír tan cómplice como silencioso. Y prácticamente derrotado. Como la «herejía» que puso de manifiesto la imperfección del propio Pelé.

Pocas veces un partido de primera fase ofrece esos choques que no escatiman de lujo. En el Mundial de México 70, el grupo 3 supo reunir a los últimos dos campeones del mundo: Brasil —1962— e Inglaterra —1966—. Y además en Guadalajara. Fue el sol de mediodía tapatío el que iluminó una de las suertes más puras —y contradictorias— de la pinacoteca mundialista. Quizá la única que ha dejado a un 10 brasilero atolondrado.

Tras rescatar un centro a centímetros de cal, Jairzinho puso en órbita un balón que flotó dentro del área. Edson Arantes do Nascimento se elevó como con propulsores para encontrarlo en la frente. Y todo pareció suspenderse en el tiempo.

Con 32 años, un suéter azul y guantes blancos, Gordon Banks era quien resguardaba el arco inglés. Cuatro años atrás, en Wembley y frente a la reina, «Banksy» apretó con las manos aquel trofeo alado como portero campeón del mundo. Y con solamente tres goles encajados en el torneo, uno de ellos de penal. Natural de Sheffield, en el meridión del Yorkshire, Banks se forjó como arquero de boina en esa isla británica a donde ya llegaba el oleaje de un continente inestable y tóxico. Era 1937. Tras una infancia difícil, a los 15 años la radio le ayudaba a imaginar jugadas imposibles. Se recostaba a escuchar partidos para descansar sus brazos y espalda de joven cargador de ladrillos. En la pared de ese diminuto cuarto, un recorte de Greta Garbo fulguraba como augurio dorado.

Confeccionado en Alemania, el balón que sobrevolaba la cabeza de Pelé estaba diseñado en homenaje a un satélite Telstar: testigo espacial de la conexión México 70 a color. Su patrón de paneles bicolor trascendió como la arquetípica circunferencia del balón de futbol. Ese que, en cámara lenta, se acercaba más al ávido rostro de «O Rei».

Finalmente jaló el gatillo capital. Como cañón color canario cerró en picada para sembrar ese balón a feroz rebote en el área chica. Hasta ahí, con matemática rampante, ya era 97 por ciento gol. Pero Gordon Banks existió. Y recordó a Greta. Mucho más que a la Elizabeth de hacía cuatro años. Con toda la ciencia física en contra, el cancerbero británico decidió —por un momento— ser impropio. Y tanto. Un agudo —¿y hechicero?— reflejo le ayudó a anticipar la trayectoria posrebote mentalmente. Antes de colocarle punto a su último pensamiento, se arrojó —intempestivo, vehemente y sin compostura— a su lado derecho. Estiró el brazo derecho cuantos tríceps contiene. El músculo impulsó, el tendón apagó el botón de lo inevitable, y el ligamento hizo metamorfosis de alas. Sin antenas. La maniobra de cohete hizo lo propio, que era —simplemente— llegar al Telstar. Y envió todo al travesaño.

¿Fue un zarpazo? O fue un derroche de falange. Milagro de tejido. Como cuando un escritor retoca, en el último instante, un acento que —en una Olivetti— se quedaba sin destino. ¡Yes! sin aliento… no fue una atajada. Fue una negación. Pelé ya había dicho que ¡gol!. Y Gordon Banks enunció que todavía no. Porque una fracción de segundo lo cambió. Y aunque, eventualmente, Brasil avanzó y cargó su tercera Jules Rimet, la historia remendó la disonancia. Restauró. El archivista guardó el milagro y olvidó el marcador. La memoria se emancipa.

Una disrupción de alta técnica descuadró todos los libretos. Y otros volúmenes, también. Varios, de filosofía: ¿cómo interrumpir la perfección?, lógicamente: ¿en dónde comienza y termina un reflejo?, ¿qué tan obstinada es la muñeca del ser humano?, ¿por qué nos negamos a aceptar el guion?

Ese 7 de junio de 1970, la «uña» de Gordon Banks generó el eterno concepto de la grandeza que «salva»… y no la que aniquila. A partir de allí, pareciera que cada rechace monumental lleva una nota al pie: Banks, G; México, 1970. Todos los porteros pos-Gordon se convertirán, entonces, en artistas de la negación. Como esa pincelada que sucedió casi a la una de la tarde en el Estadio Jalisco… hoy, solo del Atlas. ¡Y hablar de coordenadas! El portero mexicano —especie abundante por antonomasia marca Carbajal/Campos/Ochoa— se hizo experto en… sí: arruinar lo perfecto (Cfr. Ochoa v Neymar; Fortaleza, Brasil-2014).

En posición completamente heterodoxa, Gordon Banks vio rebotar el Telstar fuera de la línea. Arruinó y negó… como indica cualquier llamado al guardameta. Si bien la red nunca se movió… sí sucedió algo «irreversible». Inédito.

Porque Gordon Banks nunca «anotó» un gol. Pero sí borró uno. Y, desde ahí —hasta febrero de 2019 (†)— el futbol siempre buscó hacérselo saber.

Esa tarde de junio del 70 alguien borró un gol. Desde ahí, el mito ha querido compensar su insurrección. Y es que esa misma noche, la contracultura se manifestaba a pocos minutos del Jalisco. Con minifalda. Entre Goldie Hawn y Joni Mitchell. Y el último aliento de los Beatles. Ya. Dejemos ser…

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