Mi tío Gallo es un hombre fascinante. Hombre bueno, como don Quijote, a ratos vive aún en San Juan del Cohetero, su pueblo, que también fue el mío de niño. A ratos también, deambula extraviado por las calles de Saltillo: sus raíces le fueron cortadas por los Gobiernos que en este país han desplegado su maldad a lo largo de la historia mexicana.
Hoy es solo la memoria del maravilloso campesino que fue en el pasado, cuando su relación con la tierra era un vínculo sagrado que le permitía percibirse como parte de la naturaleza. Los programas sociales concebidos por el Estado mexicano fueron minando su impulso creador para asociarse con la tierra y producir lo mejor para la vida: alimentos.
El calvario para mi tío Gallo empezó con el Gobierno priista de Carlos Salinas de Gortari. Su programa Solidaridad fue una maravillosa política pública en el discurso, pero una fórmula clientelar en la realidad, como lo habrían de hacer los futuros Gobiernos del PAN y, ahora, los de Morena para asegurar votos que legitimen su ascenso al poder. Todos son iguales.
La destrucción de su conciencia agraria ha sido el resultado de una práctica metódica, pensada y ejercida desde el poder del Estado para crear dependencia en este sector social, hoy prácticamente desaparecido de la escena productiva de la nación. Y lo lograron. Hoy, mi tío sin su tierra es una sombra, una entidad vacía que sólo respira para estar en la existencia.
Por si algo le faltara, hoy es un hombre de edad avanzada, enfermo, sin ninguna posibilidad de atender eficientemente sus males porque el Sector Salud no constituye una garantía de nada. En el pasado estuvo afiliado al Seguro Popular, que medio le ayudó a sobrellevar su enfermedad. Pero hoy, el IMSS-Bienestar, le canceló toda posibilidad de alcanzar el sueño guajiro (para no decir, la mentira) del expresidente López Obrador para probar las mieles de un sistema de salud mejor que el de Dinamarca. Tampoco, cuando así lo ha requerido, ha sido atendido en los hospitales, aunque el discurso oficial diga que deben ser atendidos estén o no afiliados al Seguro Social, por ejemplo.
Mi tío depende hoy de un medicamento que, desde hace cuatro años, el sistema de salud no tiene; su costo en el mercado es de dos mil setecientos pesos por una cajita con veintiocho pastillas. Cada mes reinicia una penosa peregrinación entre familiares y amigos tratando de completar su medicina porque, aunque recibe la pensión de AMLO (así le dice él) no completa y quizá intuya que hubiera sido mejor no recibirla y que todos esos recursos hubieran sido destinados, en efecto, a mejorar los servicios de salud en el país.
Algunas veces viene a mi casa y platicamos un poco de lo que ambos conocemos mejor: San Juan del Cohetero y sus múltiples señales de vida. Carga siempre un teléfono celular que alguno de sus sobrinos le regaló al sustituirlo por otro nuevo y de mejores condiciones. A mi tío le gusta ver los anuncios que aparecen en el dispositivo, casi con una alegría infantil. Pero a veces también, se detiene en algunas noticias y su algarabía desaparece.
En una de sus visitas se detuvo en algunas que hacían referencia a los lujosos viajes que las altas jerarquías del poder político realizan sin que la austeridad republicana que ostentan como discurso público les ponga freno. No me lo dice, pero yo creo que muy dentro de sí piensa que estos de Morena son como los otros del pasado. Es decir, todos son iguales, aunque los Morenos digan que ellos son diferentes.
Y cuando yo veo las notas en que aparece, por ejemplo, Ricardo Monreal vacacionando en lujoso hotel español, los vuelos de Fernández Noroña en clase privilegiada, los días de descanso de Yunes en Capri, ostentando su adopción por parte de Morena porque les sirvió bien en sus intereses, o Mario Delgado, o… recuerdo las aspiraciones de mi tío por conocer el mar y me recuerdo también su esfuerzo por ir a Guayabitos, en uno de esos viajes populares que se pagan a plazos, aunque se tenga que viajar en un autobús de alto riesgo, dormir en cualquier lugar y comer lo que sea
¡Qué izquierda!, me digo yo ante tanta desvergüenza. Y pienso también en su esfuerzo vacuo para defender su derecho de gastar su dinero como ellos decidan. Pero aquí no vale ese argumento; su sueldo proviene de recursos públicos obtenidos, sin responsabilidades ni trabajo eficiente, de ese pueblo que dicen defender y proteger.
Y entonces mi tío Gallo se levanta de su silla y se va de casa. Cínicos, dice. Pronuncia esa palabra de manera precisa y clara, pero despacio, apenas audible. Quizá se cuida de ser escuchado y el temor a que los tribunales a modo del poder en turno le impongan una condena a disculparse públicamente por treinta días para reparar la ofensa hecha a estos cínicos que proceden como la peor versión de la derecha.
Me quedo solo en casa, pero reflexiono ante el significado de la figura de mi tío Gallo. Pienso que el gozo y la felicidad de su existencia consiste, precisamente, en expresar su pensamiento. Porque en ese «cínicos», referido a los viajantes está expresado el valor de lo que piensa un ciudadano.
Frente a ese pensamiento claro y genuino de alguien libre, los argumentos y la palabrería de los políticos, como esos vacacionistas que se regodean en el lujo gratuito, los convierten en meros sofistas que quieren que brillar buscando deslumbrar con la ostentación de su poder.
Y mi reflexión me alcanza para saber que cuando se considera lo vasto, pero tan íntimo a nosotros, de la existencia, también debemos saber que esa misma existencia puede ser equívoca, torturada, fugitiva, incompleta, burda, dolorosa y que, por eso, debe ser cultivada, favorecida, para alcanzar metas superiores.
En la vida práctica podemos comprobar, sin embargo, que no todos los seres humanos se dan cuenta clara de ella y se ocupan no más del día presente descartando expresamente el problema de la existencia, soslayándolo mediante sistemas de metafísica popular.
Si México estuviera poblado de verdaderos seres pensantes no sería posible esa tolerancia ilimitada a los actos del poder realizados sin justificación alguna. Urge tener libres los oídos para percibir los anuncios que señalen ya el fin de estos cínicos que, por ahora, gobiernan.
