Al término de nuestras luchas diarias contra las manecillas del reloj —la sofocante tiranía del cierre editorial—, Fraga solía entrar pasada la medianoche a mi oficina del periódico Palabra de Saltillo para comentar los pormenores del día y las vicisitudes de la redacción.
Aparecía en esa hora extraña en la que a medida que avanza la última fase del cierre editorial, el ritmo desaforado de la jornada cede poco a poco al relajamiento de editores, reporteros, fotógrafos, diseñadores e ilustradores.
Ese momento en que bajan las pulsaciones, el corazón recobra su ritmo y, a pesar del agotamiento, existe una necesidad intrínseca de hablar de todo y de nada con la satisfacción del deber cumplido.
Nunca supe de dónde sacaba la energía para extender la noche a esas horas de
la madrugada.
Llegaba exultante, con una sonrisa —pícara si las hay— a flor de labios y, como si el día apenas estuviera por comenzar, daba rienda suelta a todo lo que se había guardado durante el día para nuestra plática.
La presencia de Fraga en mi oficina era una bocanada de aire fresco. Me sacaba del marasmo de la información política, de las notas de seguridad, de las noticias sobre corruptelas y desastres y de las columnas duras que suelen generar fuertes fastidios mentales.
Me hablaba con una vitalidad deslumbrante de las dificultades del día, de los desencuentros de editores y diseñadores, de la mala jerarquía de tal o cual nota que, mal valorada, se perdería mañana en las planas interiores, del impacto de una fotografía en las páginas policiacas o de las musas que embellecerían la sección de espectáculos en la edición del día siguiente.
Lo escuchaba siempre con atención. Sus agudos comentarios y sus sarcásticos análisis de la realidad terminaban siempre en una fuente de carcajadas. Y si la charla comenzaba con las cuestiones inherentes a la redacción, en pocos minutos su plática derivaba en mil y unas cosas más: sus sueños de monero, la última canción de Joaquín Sabina —¿ya escuchaste, Deivid?—, las bromas a su jefe Felipe Rodríguez, «El Felipote», como solía decirle a quien profesaba un cariño y un respeto fuera de este mundo.
No era extraño que me hiciera un minucioso recuento de sus correrías nocturnas al lado de editores, diseñadores y reporteros que acostumbraban terminar el día en bares y lupanares de mala muerte y de las cuales —la amistad obliga— no pudiera dar mayores detalles en este espacio.
Puedo narrar, sin embargo, que no me sorprendía llegar por las mañanas al periódico y, en mi calidad de directivo, revisar las bitácoras nocturnas del cuerpo de seguridad del periódico: «El Sr. Fraga», solían decir los reportes de los guardias, «salió de las instalaciones a la 01.00 A.M. en el automóvil del diseñador Bruno y regresó a las 6:13 A.M. por su vehículo».
Quienes lo conocemos sabemos perfectamente de su afinidad por la noche. Noctámbulo sin par, continuamente se quedaba en la redacción navegando en internet o haciendo sus monos hasta que salía el sol. No es gratuito, pues, que en sus redes sociales se presente como «un monero multiblogástico, trasnochado de cepa, Barón de los Arrabales y melómano intramuscular».
Ese es Francisco García Aldape. Fraga, para más señas.
Bajo el auspicio de Grupo Reforma, en 1997 una cofradía de profesionales de la comunicación fundamos el periódico Palabra. Nada enorgullecía a Fraga tanto como ser uno de los constructores del proyecto. Desde un inicio, combinó ahí los oficios de caricaturista y de diseñador de páginas. La imagen, los colores, las formas de las páginas de la Sección Local estaban bajo su responsabilidad. Más allá de su gran sentido del humor, su espíritu juguetón, su picardía y su socarronería, siempre defendió cada una de sus planas con el celo y la gallardía de un padre: a gritos, rabietas y enojos si era necesario. Un verdadero profesional del diseño.
El sueño de Fraga siempre fue ganarse la vida —enriquecerse si era el caso— haciendo monos, cartones políticos y dándole vida a ese personaje ilustre de una de sus tiras cómicas tan conocido por los habitantes de Saltillo llamadoDon Ramirito, una institución en las páginas editoriales de los periódicos, pero sobre todo en la vida de la ciudad.
Cuando dio luz a ese pensador de frac roído y bombín apolillado, filósofo urbano, vagante de calles, plazas y parques de Saltillo, Fraga apenas era un estudiante de preparatoria. Desde su nacimiento —el 10 de marzo de 1984— cuando se publicó por primera vez en El Sol del Norte, Don Ramirito quedó ligado para siempre a su autor en una rara simbiosis en la que bien podría llamársele Fraga a Don Ramirito y Don Ramirito a Fraga.
A partir de entonces, el monito pareció tener vida propia y desde entonces ha recorrido en Saltillo prácticamente todos los periódicos de antes y de ahora: El Sol del Norte, Vanguardia, Palabra y Zócalo.
Alguna vez, Armando Fuentes Aguirre, Catón, escribió así del inventor y de su creación artística: «El personaje de esa tira es un pequeño señor, Don Ramirito, de traza chaplinesca. Romántico, idealista inveterado, Don Ramirito tropieza a cada paso con la realidad, pero no abate nunca sus banderas de optimismo. Yo busco diariamente la tira cómica de Fraga, pues siempre me hace sonreír con su travieso ingenio, su ternura y los variados temas que da para la reflexión».
La vida y obra de Don Ramirito son y han sido el sueño de Fraga. El autor ha quedado atado a su creación, esclavo de los designios y pensamientos de ese sabio quijotesco de banqueta.
Siempre he celebrado haber trabajado con esa hermandad de diseñadores, periodistas, articulistas, moneros, fotógrafos y editores en ese gran proyecto editorial que fue Palabra. Fraga fue uno de los exponentes más distinguidos de ese grupo. Estuvo en el periódico hasta la última edición del diario el 2 de diciembre del 2008. Diez días después del cierre de Palabra, me escribió una carta para decirme que había encontrado un nuevo trabajo: Zócalo le abría sus puertas. Estaba feliz en su nueva etapa, me dijo. Se reinventaría como monero y trabajaría como siempre había soñado: sin horarios, haciendo monos desde su casa y con una buena paga. Me alentaba a escribir crónicas o novelas, a no dejarme vencer por las inercias y a seguir mis sueños, como él lo hacía con «imaginería».
El tiempo ha pasado. Hoy, el autoproclamado «Barón de los Arrabales» pasa por momentos difíciles. En agosto pasado sufrió tres infartos cerebrales. Perdió el habla y el control muscular y desde entonces su familia ha iniciado una cruzada para recuperar su salud y fortalecer su condición económica frente a los gastos desorbitados de sus tratamientos.
Bajo los principios de la amistad y las lealtades de hierro, el martes 18 de noviembre a las 19:00 horas dos de los integrantes de aquella cofradía de periodistas que construyeron Palabra, María Isabel Reyna y Enrique Abasolo, hoy destacado articulista de Vanguardia y del portal informativo Más, presentaron en el Centro Cultural Vito Alessio Robles de Saltillo el libro Fraga para todos y todos para Fraga.
Sí, son tiempos difíciles para este «trasnochado de cepa» que, sin embargo, enamorado de la vida no renuncia a nada. Hace unos días, su familia me envió dos dibujos esperanzadores de Don Ramirito realizados el pasado 10 de noviembre por las mismísimas manos de Fraga. Las mismas manos que le dieron vida en 1984.
«Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas», decía Ryszard Kapuscinski, quien también apuntaba que los cínicos no sirven para este oficio.
No me cabe duda de que Fraga es un gran periodista y un enorme caricaturista. Es decir, una gran persona. Contra viento y marea ha sido fiel a sus monos, al oficio y a sí mismo.
Acudir a la presentación, comprar sus libros, hacer una aportación o apoyar su causa no sólo es una manera de ver por su salud y favorecer su tranquilidad y la de su familia. También es una forma inmejorable de apoyar sus sueños de seguir por largos años en la talacha periodística y de ver aDon Ramirito perderse de nuevo en las calles del idealismo y la hidalguía. Es, vaya, una forma de retribuirle lo mucho que nos ha dado con sus monos, su picardía y esa vena prodigiosa para contar historias en tiras y cartones.
Para aportaciones:
Bancomer
Francisco Andrés García Rangel
Tarjeta: 4152-3143-8242-77 33
