Ciudadanos libres

La Demos griega de ninguna manera significa pueblo. Plotino utilizaba esta palabra para designar a los muchos. Es cierto que «los muchos» puede fácilmente asociarse a la palabra pueblo porque pueblo refiere también a muchos. Utilizo en este artículo el sentido que Ortega y Gasset le otorga para referirse a los muchos: masa, porque está más cercano a su utilización retórica que la política hace de este concepto.

Empiezo, pues. Cuando escuchamos decir que es necesario buscar en la ética de las prácticas políticas, no se piensa ciertamente en la política como la doctrina del deber ser individual sino en la práctica de una ideología dentro de la cual está comprendida su propia idea de ética.

Al paso de que las prácticas se hallan determinadas por los intereses del narrador en turno, es decir, los intereses referidos por el partido en el poder en turno encuentran justificación en peculiares valoraciones.

Y justamente ahí, la verdadera tarea de la política debiera obtenerse mediante una selección y síntesis referidas a valores universalmente válidos. Determinar esos valores es tarea de la ética en donde hay que buscar los principios de una teoría política que justifique su razón de ser para el servicio de los muchos, del pueblo, de la gente.

Para la auténtica teoría política esos valores son, desde luego, los valores humanos. De esa manera la política encontrará al hombre en el punto central de su práctica. A la política sólo debiera interesarle el acontecer humano.

La filosofía ha puesto en la mesa de discusión el hecho de que sólo el hombre tiene una individualidad para sí mismo. Esto es importante porque de ahí nace el concepto de persona. De ahí deriva también el concepto de personalidad, que es la individualidad para sí.

En la vida ordinaria la personalidad tiene grados. Los muchos, la gran masa, el pueblo, sólo posee una personalidad potencial. Aunque esa situación debiera respetarla, tanto jurídica como moralmente, en la realidad se le avasalla ignorando que esa situación significa el principio del tránsito de la individualidad a la personalidad. Es la conciencia quien permite ese tránsito.

La conciencia es el peculiar milagro del individuo. Esta originalidad de la persona conduce directamente al sentimiento moral de la responsabilidad. Y eso es algo que el pensamiento ético exige de manera inevitable pues lleva directamente a la concepción de la libertad donde se producen cosas nuevas en la vida de los individuos en sociedad.

La personalidad se resignifica ante esa novedad gracias a que la conciencia surge en el individuo como autocrítica, definiendo así la libre actitud que toma el hombre frente a sí mismo. Lo primero que le ocurre es que determina como certidumbre lógica el valor de las propias representaciones y como conciencia moral el valor de sus propias valoraciones.

Por eso algunos filósofos dicen que el hombre es la esencia que cambia. Y lo es porque el cambio es sólo posible como acto de una conciencia que puede calibrar mediante libre juicio sus propias valoraciones con otras.

La libertad del individuo encuentra su correspondencia en la autocrítica. La autocrítica implica un desdoblamiento en la conciencia de cada persona. En su autocrítica el individuo se desdobla en dos partes: una que determina y otra que es objeto de la determinación.

Fichte ha explicado esto con una perspicacia brillante. Ha dicho que «en cada personalidad se opone a un estrato vital de reflexiva claridad un estrato de oscuro sentimiento, una relación que alcanza su mejor logro en el genio, en donde las acciones individuales, críticas, introducen cambios duraderos en la estructura colectiva de la vida social».

El aserto gegeliano de que la historia es el progreso en la conciencia de la libertad implica la autodeterminación de la personalidad de los individuos. Eso es lo ideal. ¿Para qué un Gobierno como el mexicano necesita hoy un pueblo sumiso, sin capacidad de autocrítica y de crítica de su entorno, si sólo es requerido con fines aclamatorios para el poder y el caudillo en turno?

¿Acaso para que no pueda cuestionar los discursos vacuos sostenidos a capa y espada por los funcionarios en el poder y que desfilan a diario en los medios y en las redes sociales? Si esa es la razón, entonces deben estar satisfechos porque hoy nadie cuestiona el hecho de que desde el discurso se afirme que México no pagará su deuda de agua con Estados Unidos y después se vacían las presas mexicanas para cumplir la exigencia gringa.

¿Para qué se nos «informa» con estadísticas incompatibles con la realidad que los homicidios han bajado en tal o cual porcentaje cuando los hechos gritan la desgarradora verdad que sobresale por encima del discurso grandilocuente?

¿Para qué sostener la recurrente mentira en torno a un sistema de salud que no alcanzó la grandeza de Dinamarca porque se detuvo en el primer paso, que era tener medicinas para todo paciente que lo requiriera?

Pero es fácil entender. Un pueblo que no es capaz de mirar críticamente su entorno es un pueblo que no plantea conflictos; se le puede manejar al antojo de los que gobiernan. Todo está resuelto. Es un mundo hecho a la medida de los gobernantes.

En términos generales, todas las indagaciones al respecto indican que la concepción del mundo se ha formado en el hombre partiendo de su fantasía y de su imaginación. Pero es un hecho también que incluso en las épocas iluministas siempre se dan movimientos retrógrados que empujan al individuo a recaer en las tinieblas de la mística y de la quimera o en los brazos de la autoridad representada por un caudillo.

En los pueblos históricos donde la civilización alcanzó grado de excelencia, encontramos, como alguna vez en la época de las hordas, rebaños espirituales. Hoy, estos rebaños espirituales se llaman partidos políticos, que aparecen con vértigo ciego de autoridad. Como en pasado lo fue el PRI, hoy es Morena el rebaño espiritual que socava la personalidad del sujeto que gobierna.

Pero, verdaderamente, todo sería mejor para México, incluso para el propio Gobierno, si en lugar de los muchos, de la masa, del pueblo, tuviéramos ciudadanos libres, capaces de mirar críticamente el mundo que lo rodea.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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