Pone los pelos de punta asistir en los telediarios a las carreras de padres y madres con sus hijos en brazos, tropezando y cayendo y levantándose, como si fueran perseguidos no por seres de su misma especie, sino por monstruos mitológicos de brutalidad infinita.
Juan José Millás
En el centenario de la publicación de La raza cósmica de José Vasconcelos, es justo recuperar su riqueza inagotable y su marca indeleble. Una ola de racismo se cierne sobre el territorio estadounidense, y también sobre el nuestro. Las deportaciones se realizan con saña inaudita. La administración Trump se propone derogar los derechos civiles, otrora distintivos del progresismo de los años 60. El sufrimiento se agudiza. La impotencia luce imponente. Es hora de hablar de la necesidad de combatir la pureza de la raza y preconizar el contagio del diferente o del otro. Este contexto le imprime fuerza a la relectura del texto de Vasconcelos.
Vasconcelos buscó con su ensayo advertirnos de que las distintas razas del mundo tienden a mezclarse cada vez más de modo que formarán un nuevo tipo humano: la raza cósmica. El exsecretario de Educación denuncia los rasgos opresores del hombre blanco, del wasp (white, anglo-saxon and protestant), que desata su furia actualmente contra los migrantes: «Este último (el blanco), después de organizarse en Europa, se ha convertido en invasor del mundo, y se ha creído llamado a predominar lo mismo que lo creyeron las razas anteriores, cada una en la época de su poderío» (p. 16). Pero el predominio del blanco será temporal. Solo servirá de puente para que se llegue a esa maravillosa fusión llamada «mestizaje». El blanco se dedicó a destruir las razas consideradas por él como inferiores. En Latinoamérica nos dedicamos a vincularlas. Esta decisión nos abre un horizonte de esperanza sin precedente en la historia. «Esto implica que nuestra civilización, con todos sus defectos, puede ser la elegida para asimilar y convertir a un nuevo tipo a todos los hombres» (p. 26). Desgraciadamente, este objetivo no se ha logrado. Sin embargo, la resistencia debe ser permanente.
Somos los predestinados a modificar el orden de las cosas. Rezuma optimismo la obra de Vasconcelos: «En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se consumará la unidad por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes» (p. 27). Se trata de un proceso hegeliano del que saldrá la raza definitiva e integral, la única capaz de llevar a buen puerto la fraternidad, la única realmente universal, la raza cósmica. Más adelante rematará con esto: «…pero ya nadie puede contener la fusión de las gentes, la aparición de la quinta era del mundo, la era de la universalidad y el sentimiento cósmico» (p. 48).
Y concluye con lo siguiente: «…llegaremos en América, antes que en parte alguna del globo, a la creación de una raza hecha con el tesoro de todas las anteriores, la raza final, la raza cósmica» (p. 54). Ojalá así hubiera sido. El proceso ha sido demasiado lento y tortuoso. Este determinismo no ha cristalizado en un hombre nuevo teñido del color del mestizaje. La dialéctica lamentablemente se interrumpe.
En síntesis, el proceso debió ser el siguiente:
«…nos encontraremos con las tres etapas de la ley de los tres estados de la sociedad, vivificadas, cada una, con el aporte de las cuatro razas fundamentales que consuman su misión, y en seguida desaparecen para crear un quinto tipo étnico superior. Lo que da cinco razas y tres estados, o sea el número ocho, que en la gnosis pitagórica representa el ideal de la igualdad de todos los hombres… las cuatro grandes razas contemporáneos: la Blanca, la Roja, la Negra y la Amarilla… La ley de los tres estados: el material, el intelectual y el estético» (p. 53).
En tono conciliador, el oaxaqueño señala: «Naturalmente, la quinta raza no pretenderá excluir a los blancos como no se propone excluir a ninguno de los demás pueblos… No es la guerra contra el blanco nuestra mira, pero si una guerra contra toda clase de predominio violento…» (p. 35). Aunque a veces nos sintamos tentados a no incluir a quienes nos han zarandeado sin piedad. Pero el odio nunca ha sido lo nuestro.
¿Qué queda de La raza cósmica? Quizá esta pregunta deba ser contestada en la línea de lo que respondimos en su momento a la cuestión «¿Qué queda del marxismo?», a la caída del Muro de Berlín. De su cientificidad y de su determinismo prácticamente nada. Pero de su inspiración humanista todo.
La actitud que debemos fomentar en esta hora aciaga la resume la invitación que el cantautor canario Pedro Guerra nos hace en «Contamíname»: «Contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire./ Ven, pero sí con tus ojos y con tus bailes./ Ven, pero no con la rabia y los malos sueños./ Ven, pero sí con los labios que anuncian besos./ Contamíname, mézclate conmigo/ que bajo mi rama tendrás abrigo…». La canción cumple 30 años. Ya sea con la voz de Ana Belén o con la del propio Guerra, es preciso entonarla para potenciar la motivación en esta lucha contra corriente.
Referencia:
Vasconcelos, J. (1948). La raza cósmica. Espasa-Calpe.
