La corporación prometía convertir a México, Estados Unidos y Canadá en el centro del universo. Sin embargo, a días de que el balón empiece a rodar predominan las dudas: baja expectativa turística, medidas antiinmigrantes, infraestructura inconclusa y costos desorbitados exhiben un torneo atravesado por intereses económicos
La 4T abre la cancha: Fan Fest y transmisiones gratuitas
La FIFA vendió la Copa del Mundo 2026 como el torneo más ambicioso de todos los tiempos. Cuarenta y ocho selecciones, 104 partidos, tres países anfitriones y una proyección económica multimillonaria parecían suficientes para garantizar una fiesta global sin precedentes. Pero conforme se acerca el silbatazo inicial, el entusiasmo comienza a diluirse entre reportes de baja ocupación hotelera, precios prohibitivos, retrasos en infraestructura y críticas al modelo comercial impulsado por Gianni Infantino.
La apuesta era gigantesca: transformar el Mundial en un espectáculo transcontinental capaz de superar cualquier edición anterior. Infantino llegó incluso a compararlo con «104 Super Bowls». La frase terminó convirtiéndose en símbolo de la desconexión entre la narrativa corporativa y la realidad que viven aficionados y ciudades sede. Datos de la American Hotel & Lodging Association revelan que cerca del 80 % de los hoteles en sedes estadounidenses reportan reservas por debajo de lo esperado. Boston, Seattle, Filadelfia y San Francisco aparecen entre las ciudades más golpeadas.
La caída en las expectativas económicas coincide con un contexto internacional marcado por inflación, conflictos bélicos y endurecimiento migratorio. La Copa del Mundo ya no llega a un planeta en expansión económica, sino a uno donde viajar resulta cada vez más caro y complejo. El torneo, concebido originalmente como una celebración multicultural, aterriza en una Norteamérica donde el discurso antiinmigrante volvió al centro del poder político estadounidense.
Las políticas impulsadas por Donald Trump han generado temor entre potenciales visitantes extranjeros. Las redadas migratorias, el endurecimiento de revisiones de visado y la retórica nacionalista alimentan la percepción de que Estados Unidos dejó de ser un destino cómodo para millones de aficionados latinoamericanos. Gran parte del público que históricamente sostiene el ambiente de los mundiales —mexicanos, sudamericanos y comunidades migrantes— es hoy el mismo que podría enfrentar mayores obstáculos para entrar al país.
El problema no es únicamente político. También es económico. Los boletos alcanzaron cifras inéditas. Entradas de cientos o miles de dólares para partidos de fase de grupos, costos exorbitantes en reventa y aumentos en transporte y hospedaje han alejado al aficionado tradicional. Lo que durante décadas representó una experiencia popular comienza a transformarse en un evento reservado para corporativos y turismo de alto poder adquisitivo.
Mientras tanto, las sedes mexicanas enfrentan otra realidad: la carrera contra el tiempo. Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México prometieron modernización, movilidad y conectividad internacional. Sin embargo, numerosos proyectos siguen incompletos y bajo cuestionamiento público a pocas semanas del arranque del torneo.
Futbol corporativo
El crecimiento del Mundial no responde únicamente a razones deportivas. La ampliación de 32 a 48 selecciones implica más partidos, patrocinadores, derechos televisivos e ingresos comerciales. FIFA calcula ganancias cercanas a los 13 mil millones de dólares para esta edición.
La lógica empresarial terminó imponiéndose sobre la deportiva. Especialistas y aficionados advierten que el nuevo formato diluye la competitividad, incrementa los traslados y sobrecarga calendarios ya saturados. Europa expresó preocupaciones por costos logísticos, distancias entre sedes y tiempos de recuperación para jugadores. Incluso selecciones menores temen gastar más dinero del que podrían recuperar participando apenas unos días.
En Estados Unidos, además, el futbol continúa ocupando un lugar secundario frente a la NFL, NBA o MLB. Aunque el crecimiento del soccer es evidente, todavía no alcanza la centralidad cultural que la FIFA imaginó. La expectativa de convertir el Mundial en un fenómeno económico comparable con los grandes eventos estadounidenses parece haber sido sobredimensionada desde el inicio.
La relación entre FIFA y el poder político también ha despertado críticas. Infantino entregó recientemente a Trump un inexistente «Premio FIFA de la Paz», gesto interpretado como un intento de fortalecer vínculos con la Casa Blanca. El dirigente suizo ha sido acusado de priorizar relaciones corporativas antes que las preocupaciones reales de aficionados y comunidades anfitrionas.
La organización tampoco logró desprenderse de los escándalos que marcaron a la FIFA en las últimas décadas. Desde los casos de corrupción ligados a la elección de sedes hasta las polémicas condiciones laborales en Qatar, la percepción pública del organismo continúa deteriorada. El Mundial 2026 aspiraba a limpiar parcialmente esa imagen mediante una narrativa multicultural, pero las críticas resurgen conforme avanzan los preparativos.
El problema de fondo es que la Copa dejó de sentirse cercana para buena parte de la población. El futbol permanece como pasión popular, pero el Mundial parece cada vez más un producto financiero global diseñado para maximizar ganancias antes que para celebrar el deporte.
A contrarreloj
En México, Monterrey simboliza mejor que ninguna otra sede la tensión entre discurso oficial y realidad urbana. El Gobierno estatal prometió una transformación integral en movilidad y transporte rumbo al torneo, pero múltiples obras continúan inconclusas. Las líneas 4 y 6 del Metro se convirtieron en emblema de los retrasos. Originalmente se prometió una conexión eficiente entre el aeropuerto y el Estadio BBVA, sede de partidos mundialistas. Sin embargo, especialistas y medios locales advierten que el sistema difícilmente estará terminado a tiempo.
El problema no es menor. Monterrey arrastra desde hace años una crisis de movilidad agravada por el crecimiento urbano desordenado. A ello se suman baches, obras simultáneas, vialidades saturadas y transporte público insuficiente. La expectativa de recibir cientos de miles de visitantes bajo estas condiciones genera preocupación entre residentes y empresarios.
Diversos reportajes describen una ciudad donde el aeropuerto todavía no refleja la cercanía del evento y donde varias adecuaciones urbanas permanecen a medias. La presión por concluir proyectos aceleradamente también ha despertado cuestionamientos sobre planeación y calidad de las obras.
En Ciudad de México, las críticas apuntan al Estadio Azteca —rebautizado comercialmente como Estadio Banorte— cuya remodelación enfrenta señalamientos por fallas estructurales, accesibilidad limitada y trabajos incompletos. Los costos destinados a zonas VIP contrastan con deficiencias en áreas generales y servicios básicos.
Guadalajara tampoco escapa a la presión logística. Aunque menos mediática, la sede tapatía enfrenta desafíos similares en movilidad, conectividad y hospedaje, mientras Gobiernos locales intentan equilibrar inversión pública, turismo y demandas ciudadanas.
La otra cara del balón
Canadá proyectó una imagen de estabilidad y organización para el Mundial, pero Vancouver y Toronto también muestran fisuras importantes. Uno de los principales problemas es la falta de alojamiento suficiente para la demanda esperada.
Reportes independientes advierten un déficit potencial de decenas de miles de noches de hospedaje en Vancouver. La situación podría provocar aumentos extremos en tarifas hoteleras y presiones adicionales sobre el mercado inmobiliario. El debate alcanzó incluso a plataformas como Airbnb, que buscan flexibilizar regulaciones temporales para cubrir la demanda turística.
Al mismo tiempo, organizaciones sociales alertan sobre desplazamiento de personas sin hogar, incremento de vigilancia y posibles operativos de «limpieza urbana» similares a los ocurridos durante los Juegos Olímpicos de 2010. Protestas recientes frente al Congreso de FIFA en Vancouver denunciaron precisamente esa tendencia.
Los trabajadores hoteleros cuestionan el reparto desigual de beneficios económicos. Mientras cadenas internacionales anticipan ingresos extraordinarios, empleados denuncian bajos salarios y costos de vida cada vez más altos. El Mundial aparece así como catalizador de tensiones urbanas ya existentes.
Toronto enfrenta otro desafío: la infraestructura de transporte. Expertos locales advierten que el tráfico y las limitaciones de movilidad podrían afectar gravemente la experiencia de visitantes y residentes.
La narrativa oficial insiste en que el torneo dejará una enorme derrama económica. Sin embargo, numerosos especialistas recuerdan que los grandes eventos deportivos rara vez cumplen las expectativas prometidas y frecuentemente terminan generando costos públicos difíciles de recuperar.
Espejo del mundo
La Copa del Mundo siempre ha sido más que futbol. Cada edición funciona como espejo político, económico y cultural de su época. El Mundial de 1978 quedó marcado por la dictadura argentina; el de 2018 por la Rusia de Putin; el de Qatar por las denuncias laborales y restricciones sociales. El torneo de 2026 parece representar otra cosa: un planeta dividido, caro, vigilado y profundamente desigual.
El futbol continúa siendo capaz de unir emociones colectivas, pero el negocio que lo rodea se ha vuelto cada vez más distante del aficionado promedio. El hincha que antes viajaba siguiendo a su selección hoy enfrenta boletos imposibles, visas inciertas, vigilancia fronteriza y ciudades saturadas de especulación turística.
La expansión del torneo tampoco garantiza mejor espectáculo. Muchos críticos sostienen que el exceso de partidos puede terminar debilitando la intensidad deportiva y convirtiendo parte de la fase inicial en una maratón televisiva diseñada principalmente para vender publicidad.
A ello se suma el desgaste simbólico de la FIFA. Durante décadas, la Copa del Mundo representó una ilusión compartida incluso por quienes jamás podrían asistir a un estadio. Hoy, para sectores crecientes de la población, el evento encarna privilegio corporativo, opacidad financiera y marketing político. E4
La 4T abre la cancha: Fan Fest y transmisiones gratuitas
El «Mundial social» es la respuesta de Gobierno a la voracidad de las televisoras
Mientras la FIFA convierte el Mundial 2026 en uno de los eventos más caros de la historia, el Gobierno mexicano intenta construir una narrativa opuesta: la de una Copa del Mundo abierta, comunitaria y accesible. Bajo el concepto de «Mundial social», autoridades federales y capitalinas anunciaron la instalación de fan zones, festivales futboleros y pantallas gigantes en plazas, deportivos y espacios públicos para transmitir gratuitamente los partidos del torneo.
La medida responde a una realidad evidente: para millones de personas, asistir a un estadio será prácticamente imposible. Los boletos oficiales alcanzan precios históricos y gran parte de las transmisiones completas estarán concentradas en plataformas de paga. En México, ViX tendrá los derechos de los 104 partidos, pero incluso usuarios premium deberán pagar un paquete adicional para acceder a toda la competencia.
Ante ese escenario, el Gobierno capitalino anunció 18 espacios públicos distribuidos en distintas alcaldías de la Ciudad de México donde se proyectarán encuentros gratuitamente. Algunos transmitirán la totalidad del torneo durante los 39 días de competencia; otros se concentrarán en partidos de la selección mexicana y encuentros destacados. Además de las pantallas gigantes, se prometen conciertos, talleres, actividades deportivas y ferias gastronómicas.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada, resumió el objetivo con una frase cargada de simbolismo: «La ciudad será una gran tribuna». Detrás del discurso existe también una intención política evidente: evitar que el Mundial quede reducido a un espectáculo exclusivo para quienes puedan pagar estadios, hoteles o suscripciones digitales. El futbol, históricamente vinculado a barrios, plazas y televisión abierta, enfrenta una transformación donde el acceso depende cada vez más del poder adquisitivo.
Sin embargo, el llamado «Mundial social» también refleja otra tendencia contemporánea: el uso de megaeventos deportivos como herramientas de gestión urbana y construcción de imagen gubernamental. Las fan zones, surgidas formalmente en Alemania 2006, ya no funcionan únicamente como espacios espontáneos para aficionados sin boleto. Hoy son territorios regulados, patrocinados y cuidadosamente controlados, donde convergen marcas, vigilancia, consumo y propaganda institucional.
En Ciudad de México, por ejemplo, las autoridades anunciaron que las sedes serán gratuitas y sin venta de alcohol, bajo un modelo orientado a la convivencia familiar. El Zócalo capitalino será el principal punto de reunión y contará con pantallas gigantes, conciertos y actividades culturales. En paralelo, el Gobierno federal anunció más de cinco mil actividades vinculadas al torneo, desde rehabilitación de espacios deportivos hasta eventos culturales y turísticos en distintos estados del país.
La apuesta contrasta con lo que ocurre en otras sedes del Mundial. En algunas ciudades de Estados Unidos y Canadá se discutieron accesos de paga para festivales oficiales o modelos con zonas VIP y experiencias premium. México intenta posicionarse como la sede donde el futbol todavía puede vivirse colectivamente en la calle, aunque detrás de esa imagen persistan problemas de movilidad, desigualdad y obras inconclusas. E4
