Corporaciones globales erigidas en virrenatos en pleno siglo XXI

La confederación de ONG expone, en el Foro de Davos 2025, cómo la arquitectura económica mundial preserva relaciones coloniales a través de flujos financieros, cadenas de suministro y deuda. Mientras una minoría se enriquece, los países pobres pagan altos costos sociales y ambientales

Racismo y género: columnas invisibles de la explotación moderna

Entre 1995 y 2015, los países del Sur Global transfirieron al Norte Global al menos 242 billones de dólares en valor neto, una cifra que supera con creces el PIB anual combinado de las principales economías del mundo. No fue un saqueo violento ni una ocupación militar. Fue un flujo constante, legal y sistemático de riqueza que atravesó fronteras mediante comercio desigual, deuda, cadenas de suministro y mecanismos financieros normalizados. Para Oxfam —confederación internacional formada por 19 organizaciones no gubernamentales— ese dato resume una verdad incómoda: el colonialismo no es un fenómeno del pasado, sino una estructura vigente.

«La desigualdad extrema que define la economía global actual tiene raíces profundas en el colonialismo histórico y continúa reproduciéndose a través de sistemas económicos diseñados para beneficiar a unos pocos», advierte el informe de Oxfam presentado en el Foro Económico Mundial de Davos 2025. Los países que hoy concentran la riqueza global son, en su mayoría, los mismos que construyeron su poder a partir de la colonización; los que enfrentan pobreza estructural, endeudamiento crónico y vulnerabilidad climática son, también, los que fueron despojados durante siglos.

«Por cada dólar que el Fondo Monetario Internacional alentó a un conjunto de países pobres a gastar en bienes públicos, les indicó que recortaran cuatro dólares mediante medidas de austeridad».

Oxfam, Takers, Not Makers: The Unjust Poverty and Unearned Wealth from Colonialism

La narrativa dominante sostiene que el colonialismo terminó con las independencias formales del siglo XX. Sin embargo, Oxfam plantea que aquella ruptura fue política, no económica. Las banderas cambiaron, pero las reglas del juego permanecieron. El control territorial fue sustituido por control financiero; los virreyes, por corporaciones multinacionales; los tributos forzosos, por flujos comerciales asimétricos. El resultado es un sistema global en el que la riqueza sigue viajando en una sola dirección.

Hoy, el Norte Global —que representa menos del 20% de la población mundial— concentra la mayor parte del capital, la tecnología y el poder de decisión. El Sur Global, donde vive la inmensa mayoría de la humanidad, aporta trabajo barato, recursos naturales y mercados de consumo, pero recibe a cambio salarios bajos, deterioro ambiental y dependencia estructural. «Los países de ingresos bajos y medios siguen financiando la prosperidad de los países ricos», resume el informe.

Este nuevo colonialismo no necesita legitimarse con discursos civilizatorios. Se presenta como inevitabilidad económica, como resultado «natural» del mercado. Pero detrás de esa aparente neutralidad se esconde un sistema profundamente político, diseñado para preservar privilegios históricos. Como señala Oxfam, «la economía global actual recompensa la acumulación heredada y el poder monopolístico, no el trabajo ni la innovación social».

Herencia colonial

La desigualdad global no es simplemente una brecha entre ricos y pobres: es una arquitectura histórica. Según Oxfam, el 1% más rico del planeta posee hoy más riqueza que el 95% de la población mundial, una concentración sin precedentes en la era moderna. Este fenómeno no puede explicarse sin considerar el legado colonial que permitió a ciertas regiones acumular capital durante siglos a costa de otras.

El informe subraya que aproximadamente el 60% de la riqueza de los milmillonarios proviene de herencias, monopolios o conexiones políticas, no de actividades productivas que generen valor social amplio. «La riqueza extrema rara vez es el resultado del mérito individual; es, en gran medida, el fruto de sistemas profundamente desiguales», señala el documento.

Mientras tanto, más de 3 mil 700 millones de personas viven con ingresos que apenas cubren sus necesidades básicas. En muchos países del Sur Global, el crecimiento económico no se traduce en mejoras sustanciales de bienestar porque el valor generado se extrae y se redistribuye fuera de sus fronteras. Oxfam estima que cada año los países en desarrollo pierden cientos de miles de millones de dólares debido a flujos financieros ilícitos, evasión fiscal corporativa y comercio desigual.

Esta desigualdad se refleja incluso en la capacidad de respuesta ante crisis globales. Durante la pandemia, los países ricos acapararon vacunas y recursos, mientras muchos países pobres quedaron rezagados. En la crisis climática, los países que menos han contribuido a las emisiones de carbono enfrentan los impactos más severos. La desigualdad, insiste el informe, no es un fallo del sistema, sino su resultado lógico.

Corporaciones multinacionales

Si el colonialismo del siglo XIX se organizaba alrededor de Estados imperiales, el del siglo XXI gira en torno a corporaciones multinacionales con un poder económico que supera al de muchos Gobiernos. Oxfam documenta que varias de las mayores empresas del mundo registran ingresos anuales superiores al PIB de países enteros, lo que les permite influir de manera decisiva en políticas fiscales, laborales y ambientales.

Estas corporaciones operan a través de cadenas globales de suministro que externalizan costos y maximizan beneficios. En fábricas del Sudeste Asiático, en plantaciones africanas o en minas latinoamericanas, millones de trabajadores producen bienes esenciales por salarios que no alcanzan para vivir dignamente. «Las cadenas de suministro globales están diseñadas para transferir valor desde los trabajadores del Sur hacia los accionistas del Norte», afirma el informe.

La evasión fiscal es una pieza clave de este engranaje. Oxfam calcula que los países del Sur Global pierden más de 100 mil millones de dólares anuales debido a prácticas fiscales abusivas de grandes empresas. Ese dinero, suficiente para financiar servicios públicos básicos, termina en paraísos fiscales o engrosando balances corporativos. «La arquitectura fiscal internacional favorece a quienes ya concentran la riqueza», señala el documento.

Esta concentración de poder económico genera una asimetría peligrosa. Estados debilitados frente a empresas capaces de presionar, litigar o simplemente trasladar operaciones si las regulaciones no les favorecen. En muchos territorios, las corporaciones actúan como autoridades de facto, replicando dinámicas coloniales de enclave donde la ley local se subordina a intereses externos.

Extractivismo en acción

El extractivismo es uno de los mecanismos más visibles del colonialismo contemporáneo. Minería, petróleo, gas, monocultivos y explotación forestal siguen siendo pilares económicos en numerosos países del Sur, no porque garanticen desarrollo sostenible, sino porque el sistema global los empuja a especializarse en la exportación de materias primas.

Oxfam destaca que este modelo genera enormes beneficios para empresas transnacionales, pero deja a las comunidades locales con contaminación, desplazamiento y violencia. «Las poblaciones que viven en territorios ricos en recursos naturales suelen experimentar mayores niveles de pobreza y exclusión», señala el informe, desmontando el mito de que la abundancia de recursos conduce automáticamente al bienestar.

El vínculo entre extractivismo y crisis climática es central. Los países del Norte Global continúan dependiendo de la extracción intensiva de recursos del Sur para sostener sus niveles de consumo, mientras externalizan los costos ambientales. «El colonialismo ambiental permite que unos países prosperen a costa de la destrucción ecológica de otros», advierte Oxfam.

Defender la tierra y el medio ambiente se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Cada año, decenas de defensores ambientales son asesinados, principalmente en países del Sur. Esta violencia no es accidental, representa parte de un sistema que prioriza la rentabilidad por encima de los derechos humanos.

El yugo invisible

La deuda externa es quizá el instrumento más sofisticado del colonialismo moderno. Oxfam documenta que 52 países de ingresos bajos y medios destinan más recursos al pago de deuda que a servicios esenciales como salud o educación. Esta carga limita severamente su capacidad de invertir en desarrollo y perpetúa la dependencia.

«La deuda se ha convertido en una forma de control que restringe la soberanía económica de los países endeudados», afirma el informe. Instituciones financieras internacionales, dominadas por países ricos, imponen condiciones que obligan a recortar gasto social y privatizar servicios, reproduciendo relaciones de subordinación.

La austeridad, presentada como disciplina fiscal, tiene un costo humano enorme. Hospitales sin recursos, sistemas educativos colapsados y redes de protección social debilitadas son consecuencias directas de políticas impuestas desde fuera.

El informe concluye que romper con el colonialismo contemporáneo requiere transformaciones profundas: impuestos progresivos a la riqueza extrema, regulación efectiva y reconocimiento explícito del legado colonial. «La desigualdad no se resolverá con ajustes marginales; exige un cambio estructural en la distribución del poder económico global», sentencia Oxfam. E4

Deuda vs. gasto social

Indicador clavePaíses del Sur Global (promedio / casos documentados)Lectura política
Gasto anual en servicio de la deudaMás de 1.4 billones de dólares anualesRecursos públicos transferidos a acreedores, en su mayoría del Norte Global
Países que gastan más en deuda que en salud52 paísesLa deuda tiene prioridad sobre la vida
Países que gastan más en deuda que en educación48 paísesSe hipoteca el futuro para pagar el pasado
Porcentaje del presupuesto público destinado a deuda (casos extremos)Hasta 40% del gasto totalEstados operando para acreedores, no para ciudadanos
Beneficiarios principales del pago de deudaBancos privados, fondos de inversión e instituciones financieras internacionalesContinuidad del poder económico colonial
Impacto social directoRecortes en salud, educación, subsidios y protección socialAusteridad impuesta como forma de control
Capacidad de inversión climáticaSeveramente limitadaPaíses más vulnerables sin margen para adaptarse

Fuente: Oxfam, Davos 2025: Takers Not Makers. The unjust poverty and unearned wealth of colonial capitalism


Racismo y género: columnas invisibles de la explotación moderna

Las jerarquías del colonialismo ordenan trabajo, migración y cuidados. La carga más pesada descansa en poblaciones racializadas y en mujeres

El colonialismo nunca fue solo una empresa económica. Desde sus orígenes, se sostuvo sobre una jerarquía racial y de género que clasificaba a las personas según su «valor» dentro del sistema. Aunque los imperios formales desaparecieron, esas jerarquías no se disolvieron con ellos: se adaptaron. Hoy, el racismo estructural y la desigualdad de género siguen siendo pilares fundamentales del orden económico global, tal como documenta Oxfam en su informe presentado en Davos 2025.

En la economía contemporánea, la distribución del trabajo, de los riesgos y de los beneficios continúa profundamente racializada. Los empleos más precarios, peor remunerados y más peligrosos del planeta están ocupados, de manera desproporcionada, por personas racializadas del Sur Global. Desde las plantaciones agrícolas hasta las fábricas textiles, desde las minas hasta el trabajo doméstico, el sistema global descansa sobre una mano de obra históricamente devaluada.

Este patrón no es accidental. El colonialismo construyó una idea de superioridad racial que legitimó la esclavitud, la expropiación de tierras y la explotación extrema. Esa lógica persiste hoy bajo nuevas formas. Las cadenas globales de suministro se organizan de tal manera que el trabajo realizado en África, Asia o América Latina vale sistemáticamente menos que el realizado en Europa o Norteamérica, incluso cuando produce enormes ganancias. El color de la piel y el origen geográfico siguen funcionando como marcadores económicos.

El racismo estructural también se expresa en la movilidad humana. Millones de personas del Sur Global migran cada año, empujadas por la pobreza, la violencia o el colapso climático —fenómenos estrechamente ligados al colonialismo histórico—, solo para enfrentar fronteras militarizadas, políticas de exclusión y mercados laborales que las condenan a la informalidad.

A esta arquitectura racial se suma una desigualdad de género igualmente estructural. Oxfam subraya que el colonialismo reforzó un orden patriarcal que relegó a las mujeres —especialmente a las mujeres racializadas— a los trabajos menos valorados y peor pagados. En la actualidad, ellas siguen concentradas en sectores precarizados, mal remunerados o directamente invisibilizados por las estadísticas económicas.

El trabajo de cuidados es el ejemplo más claro. Cocinar, limpiar, cuidar niños, enfermos y personas mayores sostiene la economía global, pero rara vez se reconoce o se remunera adecuadamente. En el Sur Global, este trabajo recae de forma abrumadora sobre mujeres, muchas veces sin acceso a seguridad social ni derechos laborales. El sistema se beneficia de esa carga silenciosa, heredera directa de la división colonial del trabajo.

La desigualdad de género también atraviesa las cadenas productivas globales. En la industria textil, por ejemplo, la mayoría de las trabajadoras son mujeres jóvenes, racializadas y con salarios que no alcanzan para cubrir necesidades básicas. Su vulnerabilidad no es un efecto colateral, es un requisito para mantener bajos los costos de producción y altos los márgenes de ganancia.

Cuando racismo y género se cruzan, el impacto se multiplica. Las mujeres racializadas del Sur Global se encuentran en la intersección de múltiples formas de explotación que van desde salarios más bajos, mayor exposición a la violencia, menor acceso a servicios públicos hasta mayor carga de trabajo no remunerado.

El colonialismo ambiental agrava aún más estas desigualdades. Las comunidades más afectadas por el cambio climático —sequías, inundaciones, pérdida de tierras— suelen ser comunidades racializadas, y dentro de ellas, las mujeres enfrentan riesgos adicionales. Son ellas quienes recorren mayores distancias para conseguir agua, quienes asumen la inseguridad alimentaria y quienes tienen menos recursos para adaptarse a las crisis ambientales.

Oxfam advierte que estas dinámicas no pueden entenderse como problemas aislados. Racismo, desigualdad de género y colonialismo forman parte de un mismo entramado que organiza quién trabaja, quién se beneficia y quién paga los costos del sistema. Combatir la pobreza sin cuestionar estas jerarquías implica, en el mejor de los casos, mitigar síntomas sin tocar las causas. E4

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.

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