Hace unos días, conversando con un buen amigo (que venía de otra ciudad y viajó en su auto) me dijo: «Qué mal manejan aquí». Le respondí con una aseveración que apunta más allá de la pericia al volante: «Sospecho que le llamamos manejar mal a quienes conducen distinto a nosotros». Tengo la convicción de que la costumbre define nuestro criterio. Cuando nos enfrentamos a «lo otro», a lo que es distinto a lo que consideramos «normal», nuestra reacción está sesgada por un «deber ser» subjetivo. No me refiero a transgresiones mayores, sino a esos pequeños guiños locales que marcan la diferencia: preferencias en una glorieta, el ritmo o velocidad en espacios libres, mantener cierta distancia, pedir el paso o “aventar lámina». El tema me llevó a un territorio a primera vista descabellado: Frankenstein.
Ahora que vi la estupenda película de Guillermo del Toro, decidí leer la novela de Mary Shelley. La historia está anclada en una criatura, «un otro». No es humano, está hecho de retazos de cuerpos; su apariencia es calificada de monstruosa. En un mundo donde la norma es no ser como la creación de Viktor Frankenstein, vive (o intenta vivir) como un extraño. Desea pertenecer, pero es rechazado; asusta y seguramente camina distinto y es criticado, de la misma forma que mi amigo dijo «qué mal manejan aquí». Se trata de un sesgo universal que en buena medida explica la vigencia de una ficción escrita hace doscientos años.
Frankenstein no es la historia de un engendro, sino de un creador. Aunque la voz popular insiste en hablar de un monstruo, la novela en realidad es una condena que atormenta la vida de un científico capaz de crear vida, pero que falló al abandonarla. Así como se le aplaude la osadía científica, se le reclama su irresponsabilidad moral. ¿Nos evoca esto lo que estamos experimentando con la inteligencia artificial? ¿Es Frankenstein una premonición?
En la obra de Shelley, la criatura nace buena, sensible, infantilmente curiosa. Se vuelve violenta cuando es rechazada. Del Toro refuerza esto. Nos pinta a un ser más humano que muchos humanos, inocente, ávido de afecto. Un ser que no es una amenaza, hasta que el mundo, con su condena, lo convierte en amenaza: «¡Qué mal manejan aquí!». Su otredad lo define. En este sentido la obra es también una crítica al racismo, otro de los sesgos profundamente humanos.
La obsesión de Viktor por el «cómo» (la forma de crear vida de partes inertes) lo lleva a olvidarse del «para qué». Esta ausencia de sentido es profundamente contemporánea. Cuánta gente hoy en día está deslumbrada y motivada por los «cómos» sin tener un «para qué» que los sustente. Frankenstein es el desprecio de la consecuencia, de la miopía de significado, de conquistar el aquí y ahora sin ver el mañana; de no entender que lo que hacemos deja huella. Viktor no se preguntó si debía crear vida, se preguntó si podía. Y en esa capacidad tuvo su flagelo. No hizo a un hombre, hizo un remedo de hombre, un collage, demasiado grande, demasiado visible, demasiado sensible, demasiado solo, demasiado otro.
La otredad rompe las categorías, no encaja en nuestra normalidad y trastoca el sistema. Nos incomoda todo lo que desafía la norma, todo lo que desobedece ese «deber ser» que confundimos con verdad. ¿Acaso por eso nuestra proclividad a distintas formas de discriminación? Si manejas distinto no significa que manejas mal, significa que no encajas en mis expectativas. Y eres amenaza.
Enternece que la criatura anhele una compañera parecida a él. En el fondo pide algo profundamente humano: cuidado. No exigió lo que hoy es moneda de cambio en la sociedad: belleza, poder, riquezas. Pidió compañía, pidió reconocimiento, pidió aceptación y mirada compasiva; no estar solo. Y cuando se le niega esto, pasa de la ternura a la violencia. Es como si dijéramos que el mal no nace, se hace, y se fabrica por omisión. Las revoluciones se gestan por no atender territorios olvidados.
Frankenstein no nos advierte sobre el peligro de crear vida, sino sobre el riesgo de no hacernos cargo de ella. Nos habla de nuestra humana incapacidad de entender al otro. Nos revela la forma en que rechazamos al que camina distinto, piensa distinto, maneja distinto. Y desnuda nuestra propensión a crear monstruos: ¡Qué mal manejan aquí!
Fuente: Reforma
