Lo he dicho muchas veces porque su permanencia insultante es la marca que los distingue. Sí, los políticos (por lo menos los mexicanos) tienen una vocación y una pasión por la mentira tan arraigada en su conciencia, que la defienden con garra y su práctica continua ha construido un coto de naturalidad donde la impunidad es su mejor sello.
Son malosos por definición. Sus intereses de índole personal y los del grupo al que pertenecen son los que determinan su agenda de acción, siempre a su favor. Eso los convierte en una casta enferma, maldita e inútil para la vida ciudadana. Son veneno puro para la democracia a la que aspira todo pueblo que se sabe gestor de su propia civilización para alcanzar estados de bienestar en correspondencia con sus legítimas aspiraciones.
Y lo peor es que en el panorama político mexicano, parece no haber antídoto eficaz contra este cáncer social. La realidad pone en evidencia que, en los hechos, se dejaron ganar por la ambición desmedida del poder y sus acciones nos dejan con la certeza de un país destruido en sus instituciones, dividido por una innecesaria polarización y por un retroceso visible en la construcción de su democracia.
La concentración del poder les extravió la mente; los volvió locos, pues. Se inventaron el México al que, quizá en un acto de buena voluntad de origen, soñaron transformar. Bueno, estoy siendo irónico, naturalmente, porque hoy, la soberbia les ha hecho creer que son la salvación de la patria y la quintaesencia de la bondad.
La historia de la política mexicana, sin ningún destello de fulgor en ninguno de sus protagonistas, ha sido ajena a un ejercicio mínimo de autocrítica porque perdieron su sensibilidad ante los cantos laudatorios que el poder exhibe ante sí mismos y que deben ser tan seductores que han caído redonditos los beneficios que éste otorga.
Las consecuencias se dejan ver en un grado de maldad y gravedad que es mejor deslindarse de esa casta de cínicos desalmados en quienes prolifera la mentira. Perros del mal. Lobos rabiosos con piel de ovejas.
Perdone el lector mi exabrupto. Pero mire la cadena de mentiras sostenidas como verdades por estos perros enfermos; en ellas asiento mis dichos.
Hace dos meses se registró un derrame de petróleo en el Golfo de México. Durante todo ese tiempo los políticos morenistas, incluida la presidenta, hicieron malabares verbales para construir una narrativa que deslindara al Gobierno y al propio Pemex de esa responsabilidad.
No pudieron. Más allá de los burdos argumentos que se esgrimieron (un general dijo que eran chapopoteras, es decir, algo natural; un barco que nadie vio, porque era un fantasma, y, por supuesto, la negación sistemática de la petrolera mexicana), ante lo insostenible tuvieron que aceptar finalmente que sí fue la empresa paraestatal la causante de un daño ecológico de pronóstico reservado por su devastación.
Mentira pura, sin más.
La austeridad es un principio de valor en la 4T. En los hechos resulta solo una apariencia, porque ¿qué le parece el lujo con que el hijo de Marcelo Ebrard vivió en Londres por ser el hijo de un funcionario mayor en la estructura gubernamental del estado mexicano? Un dispendio insultante sostenido en una carencia de ética del político. Por supuesto, inaceptable. Y, por supuesto también, una vil mentira.
Pero vil mentira fue también la que construyó Infodemia a sabiendas de que era verdad. Me refiero al caso de la mujer que se tomó unos minutos para asolearse las piernas en una ventana de Palacio Nacional. La oficina de referencia determinó como verdad que la imagen era un artificio electrónico para golpear al Gobierno morenista.
Tampoco se pudo sostener esta narrativa y tuvo que ser la propia presidenta de la república el proceso mentiroso que se le dio a este acontecimiento. ¿qué necesidad había de todo eso?
El problema de las mentiras de los políticos mexicanos no está en la mentira misma, sino en el trasfondo de ella y, en todo caso, lo que revela. Lo que esconde es una crisis de credibilidad de estos personajes. Y esta falta de credibilidad los vuelve nefastos e inútiles para gobernar. Por lo menos así debiera ser.
Resulta increíble que el director de Pemex no haya sido sancionado (digo, mínimamente despedido, aunque hubiera sido sólo por declarar públicamente que a él nadie le hace caso, que no lo respetan y por eso no le avisan) por su desempeño profesional que deja ver una ineficiencia total para el trabajo que le fue encomendado.
Pero lo mismo ocurre con el secretario de economía. Su «aclaración» durante la mañanera de la presidenta, y en presencia de ella, fue en los hechos una declaración cínica de una serie de agravios al pueblo mexicano y el reconocimiento de una serie de delitos cometidos por el funcionario, además del desafío, a la autoridad presidencial.
Entre otras cosas es una cuestión ética. ¿Cuántos mexicanos tienen la posibilidad de gozar de esos beneficios que disfrutó el hijo del entonces secretario de Relaciones Exteriores? Son fondos públicos. ¿O no? ¿Por qué no renunció Ebrard después de hacerse público ese asunto? ¿Por qué no fue despedido por la presidenta?
Igualmente, el caso de Infodemia que construyó una narrativa que responsabilizó a la oposición y a los interesados en perjudicar a la 4T con el escándalo de la mujer asoleándose en una de las ventanas de Palacio Nacional. Incansable y agresivamente elaboró un discurso que culpaba a los ya mencionados de la falsedad de la imagen elaborada mediante inteligencia artificial. También mentira. Al final se tuvo que reconocer la verdad del hecho y eso evidenció el proceder mal intencionado de los funcionarios de la institución.
Concluyo lo siguiente. En el fondo de esta cadena de mentiras está la impunidad; nadie paga por los males que se derivan de los engaños cometidos. Y la impunidad, junto con la corrupción, de por medio la mentira, son principios que en los Gobiernos de la cuarta transformación que se enarbolan como banderas de deslinde para no ser iguales que los demás.
Mentira vil; son iguales, quizá peores.
