Crisis de lenguaje

Me ocupo hoy de Emilio Lledó, el gran filósofo español contemporáneo cuya orientación de pensamiento es la filosofía del lenguaje. Discípulo de Hans-Georg Gadamer, catedrático en Heidelberg y Madrid, y de una larga producción de libros clave para entender desde la filosofía la realidad de nuestro tiempo.

Me ocupo de él porque, en efecto como dije antes, la línea de pensamiento que explora es el lenguaje en cuanto a su significación y a la importancia que éste ha tenido en el desarrollo de las sociedades a través de la historia.

Empiezo entonces. El filósofo español dice en su libro Memoria de la ética que, en las primeras líneas de la Metafísica, de Aristóteles, se lee: «todos los hombres tienden, por naturaleza, a ver, a mirar, a saber, a interpretar el mundo; en otras palabras, a saber, qué significan las cosas».

Y lo hace a través del lenguaje, no como un fenómeno nuevo sino recurrente en la historia. El nacimiento de la filosofía misma supone una gran reflexión sobre el lenguaje. Entre otras cosas, lo primero es dejar constancia de que los seres humanos poseen un lenguaje, y tenerlo supone también tener conciencia de que la lengua es capaz de manifestar lo que somos, lo que hemos vivido. De hecho, la historia personal de cada ser humano es siempre escrita a través del lenguaje.

Y es que el ser humano es lenguaje, es palabra. La justificación de la filosofía, a través del lenguaje, es que ésta sirve para pensar lo que un individuo sabe, lo que es en la vida. El lenguaje, la palabra, es una reflexión sobre sí mismo. El que habla debe reflexionar sobre el lenguaje mismo para no caer en palabras vacías, en estructuras que no dicen nada. Realizar ese rigor reflexivo impide caer en un lenguaje trivializado y escurridizo que no conduce a ninguna parte.

La revolución del lenguaje siempre es el trasfondo de una misión filosófica en su vertiente reflexiva para evitar que nos engañen, que nos manipulen, que nos vuelvan ignorantes. La obligación es pensar más el lenguaje para consolidarlo. Y el camino más seguro es la educación, la enseñanza para construir mundos.

Un ser humano completo es lo que piensa y lo que hace. Y la tendencia es siempre hacia el bien. Así que, si un individuo tiene el pensamiento deformado y una mente fanaticada, todo su accionar provocará comportamientos injustos, antiéticos, no favorables a la colectividad. Es decir, siempre en perjuicios de los otros.

El que no piensa bien y no hace el bien, es un ser incompleto. Por eso alguien se puede abrogar el derecho de decir todo lo que se le ocurra a propósito de otro, puede injuriar a quien le parezca apelando a su libertad de expresión. Pero eso no es libertad de expresión porque la verdadera libertad de expresión procede de una libertad de pensamiento, de una mente libre, que no tenga ataduras, que esté libre de bloques ideológicos que impiden que el pensamiento fluya. Lo importante aquí es que la libertad de lo que se exprese tenga sentido ético, colectivo y útil.

En una sociedad, como la del siglo XXI, parece tenerse una enorme necesidad por cultivar los ideales esenciales a que aspira todo ser humano: el bien, la justicia, la bondad, aunque suenen a utopía. Esa obligación se funda en el hecho de que las cosas grandes que se han hecho en la vida se han realizado en la fugacidad de la utopía, el idealismo y el amor.

Pero para alcanzar ese resultado hay que amarse a sí mismo, amar a quien se es. La filosofía dice que para amarse a sí mismo, se tiene qué ser una persona decente, honrada, justa. O, por lo menos, que se luche por ello, que se mantenga el ideal de la rarísima utopía de la justicia, del bien, de la belleza: esos maravillosos conceptos que han dominado históricamente la cultura.

En el mundo contemporáneo, ese que hoy vivimos a pasos agigantados por la globalización, no hay razones plausibles para renunciar a la lucha en favor de los valores anteriores. Su fundamento se encuentra en el estudio, en la educación de la sensibilidad. El mundo de los afectos, de la política, de la organización, de la bondad, de la democracia. La lucha por la igualdad es una tarea filosófica fundada en el lenguaje.

En medio de la vorágine en que vive el mundo de hoy, no podemos saber si el ser humano es feliz teniéndolo todo. Si nada más dar un paso en la primera calle y descubrir la miseria de los otros, el derrumbe político del país, la falsía de la democracia, la inmoralidad o la deshonradez.

Y, otra vez, mucho de esto está en el lenguaje, tan poco cultivado hoy. Ya el inmenso Octavio Paz había, de alguna manera, coincidido con Emilio Lledó al afirmar en Posdata (esa adenda maravillo a El laberinto de la soledad) que cuando una sociedad ha caído en una etapa de crisis, la respuesta hay que buscarla en una crisis del lenguaje, cuya significación y sentido se han perdido.

La parte más visible de esta crisis está en su clase política, que se extravía más rápido en ese laberinto de sinsentidos.

Desde esa perspectiva podemos explicarnos los desaciertos del primero y segundo piso de la Cuarta Transformación en asuntos tan importantes como el caso de El jando, ese piloto que puso en el ojo del huracán al Gobierno de México en secuestro del Mayo; o el asunto de Marina del Pilar, la gobernadora morenista, que está en el límite de la traición al partido, al Gobierno y a la patria. El caso de Rocha Moya se cuece aparte y, a pesar de que todo parece estar muy claro, las autoridades mexicanas no alcanzan una explicación coherente para defender lo indefendible. O lo último: la detención del exgobernador Rufo Appel, que más parece una burda medida de venganza que un ejercicio sano de aplicación de la ley.

Todo en medio de un lenguaje vacío, sin sentido de significación alguna. Y entonces terminan por aparecer otra cosa: mentirosos, cobardes, ruines, ineptos, malosos, narcos.

Hay que restaurar el lenguaje para beneficio de todos, incluso de la clase política mexicana de hoy.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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