Crónica de una muerte anunciada; cómo el PAN cavó su propia tumba

Los ciudadanos libres eran el motor del partido fundado por Gómez Morín. Sin embargo, cuando se apartó de sus principios, se envaneció e hizo alianza con el PRI, quedó a la deriva. En 2017 faltó altura de miras a las oposiciones para desterrar el «moreirato» y lograr la alternancia en Coahuila, que aún no se consigue

¿Quién será el nuevo Sísifo de AN que empuje la roca?

Guillermo Anaya, campeón sin corona; «réferi vendido»

La debacle del PAN inició cuando perdió el respeto por sí mismo, olvidó su raíz democrática, abrazó los vicios que antes combatía y se alió con su rival histórico, el PRI. Al no alcanzar el 3 % de la votación mínima el 7 de junio, el partido albiazul perdió su registro en el estado. Para dimensionar la magnitud de este fracaso, basta recordar que, en la elección para gobernador de 2017, Acción Nacional puso contra las cuerdas al tricolor y se quedó a menos de tres puntos de cruzar el umbral del poder.

El cúmulo de irregularidades y la premura con que las autoridades electorales —controladas por el Gobierno— otorgaron la victoria al priista Miguel Riquelme, dieron pábulo a las sospechas de fraude. Miles de personas de todas las edades acudieron a la Marcha por la Dignidad de Coahuila convocada por el panista Guillermo Anaya y el resto de los candidatos, para demandar la anulación del proceso, poner fin al «moreirato» y denunciar la corrupción rampante en el estado.

Las protestas se repitieron a lo largo del estado, atrajeron la atención del país y arrinconaron al PRI. El PAN y Morena impugnaron los resultados por la intromisión del Gobierno y por el rebase de los gastos de campaña de Riquelme. Fue una «elección de Estado», acusaron. Vista en retrospectiva, la tardanza del Instituto Nacional Electoral (INE) y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) para resolver los recursos interpuestos, resultó estratégica por varias razones.

En primer lugar, retrasar casi por seis meses el dictamen del TEPJF debilitó el movimiento cívico-popular e hizo que la ciudadanía perdiera interés. En segundo lugar, la administración de Rubén Moreira y el PRI dispusieron de tiempo suficiente para cabildear la ratificación de Riquelme ante las autoridades electorales e incluso ante la Presidencia de la República. Finalmente, esto permitió al Gobierno y a su candidato atraer a las élites y a los poderes fácticos, los cuales cobraron así mayor influencia y poder. Las dudas terminaron por resolverse cuando el presidente Peña Nieto recibió a Riquelme en Los Pinos, poco antes de que el TEPJF validara el resultado.

La afirmación de la entonces presidenta del TEPJF, Janine Otárola Malassis, según la cual el PAN y Morena «no aportaron las pruebas suficientes para demostrar la existencia de irregularidades graves que pusieran en riesgo el proceso electoral», devolvió a la realidad al estado y terminó de apagar el movimiento más relevante en la historia de Coahuila. El «moreirato» se libró así de ser llamado a cuentas por la megadeuda de casi 40 mil millones de pesos, contratada sin la autorización del Congreso y con el uso de decretos falsos.

Porfirio Muñoz Ledo, ideólogo del PRI y uno de los líderes de oposición más importantes, aconsejaba «estirar la liga al máximo» en casos de elecciones fraudulentas. «Si no reviertes el resultado —me dijo durante una plática en Saltillo— vulneras al Gobierno y ganas terreno para los siguientes procesos». Andrés Manuel López Obrador lo hizo así y, en su tercer intento, ganó la presidencia. En Coahuila el PAN tomó otra ruta: en vez de reagruparse y mantener vivo el movimiento —como Francisco Barrio lo hizo en Chihuahua al ganar en 1992 la gubernatura que seis años atrás le habían robado en un «fraude patriótico»— el partido se rindió. Un error que pagaría muy caro.

Confesión embozada

Perder el registro como partido local es la consecuencia lógica de decisiones trágicas del PAN. Su alianza con el PRI en las elecciones de gobernador de 2023 traicionó al panismo tradicional y agravió a miles de ciudadanos que en 2017 lo habían puesto en la antesala del poder. Atrás quedó el PAN que denunciaba fraudes, interpelaba a gobernadores y a secretarios de Estado, y los hacía salir de sus casillas. La oposición que organizaba huelgas de hambre y exigía juicio político contra quienes hipotecaron al estado con una deuda que parece impagable, se eclipsó. El PAN se transformó entonces en comparsa.

Acción Nacional pactó con el PRI de espaldas a su militancia y a la ciudadanía, motor de su fuerza electoral, con una confesión embozada: su incapacidad para frenar a Morena. La negociación, vergonzosa y patética, la ventiló su líder nacional, Marko Cortés, quien más tarde se autorregalaría un escaño plurinominal en el Senado. El trueque consistió en un puñado de diputaciones y alcaldías, cargos menores en el Gobierno y en el Poder Judicial y notarías públicas. Firmada sobre las rodillas, la mayor parte de los compromisos se incumplió por la ridícula contribución del PAN para el triunfo del PRI: 81 mil 526 votos, equivalentes al 6 % del total.

Antes de concretar la alianza charlé por separado con dos excandidatos del PAN a la gubernatura cuyos nombres omito por respeto a su confianza. «Si aparecen juntos en la boleta, olvídense de ser Gobierno algún día; no lo perdonarán sus votantes. Si pierden, que sea con dignidad, no de rodillas. Y si pactan, que los compromisos sean puntuales». Aquellas dudas que percibí se despejaron pronto. Les ganó el desánimo, la frustración por las derrotas acumuladas; en particular, la de 2017, cuando, por unas horas, Guillermo Anaya tuvo como en la bolsa la gubernatura.

Movido en otro tiempo por líderes brillantes y aguerridos, el PAN afrontó su peor crisis con Elisa Maldonado al frente del comité estatal. Sin carácter y más comprometida con el poder que con su partido, fue la promotora más entusiasta del frente con el PRI. El fracaso obligaba a su renuncia o su despido. Sin embargo, como las siglas albiazules representan ya tan poca cosa, se le ratificó en el cargo. Maldonado no es la única infiltrada. También hay diputados y exalcaldes.

En las elecciones legislativas de 2020, cuando también el PRI hizo chuza, el PAN recibió 83 mil 469 votos, casi el 10 % del total; en las de junio pasado, el número bajó a 27 mil 819. La cifra es menor a la obtenida por los demás partidos nacionales, excepto Movimiento Ciudadano, y, para más inri, equivale a la mitad de los votos anulados. El espectral Partido Nuevas Ideas dio la sorpresa con casi 78 mil votos. Su precedente, el Partido Joven —satélite del PRI— perdió el registro en 2017 por falta de votos. El exgobernador Humberto Moreira, candidato a diputado plurinominal bajo esas siglas, acusó: «Nos robaron la elección de la manera más burda, son unos hijos (…). Hagamos una gran concentración (…) todos los que fuimos asaltados por el (…) tirano del gobernador y su bola de secuaces» (Newsweek en español).

La manifestación «nunca antes vista en el estado» no la realizó el Partido Joven, sino el PAN. Decenas de miles de personas protestaron en ciudades y pueblos en apoyo de Guillermo Anaya y para exigir la anulación de las elecciones «fraudulentas» decididas en favor del PRI. Fue el mejor momento de Acción Nacional en sus casi 80 años de historia en el estado. Después vino la debacle. El PAN perdió su registro estatal en Coahuila y tocó fondo.

Autoengaño y rendición

Con la aureola de víctima por la convicción de haber sido despojado de la gubernatura, y en condiciones de erigirse en contrapeso real y de disputar las siguientes elecciones desde una posición de fuerza, el PAN decidió dormirse sobre los laureles. La oposición que se hallaba en su cenit tras sacar del letargo a un estado adormecido, tiró por la borda su condición de fiel de la balanza en la LXI legislatura de Coahuila. El PRI no tenía mayoría por segunda vez, y por segunda ocasión el PAN dejó escapar la oportunidad de acreditarse como un partido capaz de encabezar la alternancia y de sanear la política estatal.

Con 12 diputados, incluidos los tres de su aliado veleta, Unidad Democrática de Coahuila (UDC), el PAN pudo investigar la megadeuda, las empresas fantasma y otras herencias del moreirato, como lo había prometido. Sin embargo, prefirió el quietismo y la colaboración ciega y acrítica. El líder del Congreso, Marcelo Torres, se convirtió en la sombra del gobernador Miguel Riquelme, en lugar de ser su auditor. Riquelme capitalizó la situación y atrajo a los diputados de oposición. «Marcelo supuso que la recompensa sería la presidencia de Torreón», me dijeron varios panistas.

Torres compitió por la alcaldía lagunera en 2021 frente al candidato del PRI «más débil»: Román Alberto Cepeda González. El «regalo» era ese. Sin embargo, Cepeda duplicó la votación del exlíder del Congreso (130 mil contra 60 mil, en números redondos). «Marcelo no recibió el premio completo, pues Riquelme no incluyó en el paquete la estructura del PRI», comentó un líder del PAN. Cepeda fue electo para un segundo periodo en 2024, esta vez con 175 mil votos. Sergio Lara, candidato del PAN, captó menos de 20 mil; Morena, en cambio, disparó su votación a 148 mil, un crecimiento casi del 50 % con respecto de la elección previa.

El PAN, que llegó a estar al frente de los municipios más poblados de Coahuila, en 2024 solo ganó en Zaragoza. El año anterior, su alianza con el PRI le había permitido hacerse con cinco escaños; sin embargo, en la próxima legislatura quedará fuera del Congreso por primera vez. Morena no obtuvo un solo distrito, pero tendrá cinco diputados de representación proporcional por ser el segundo partido más votado en la entidad. UDC, ahora tándem del PRI, alcanzó uno, al igual que el Partido del Trabajo (PT) y Nuevas Ideas. Acción Nacional paga así el costo de errores repetidos. El más grave fue haberse alejado de su base electoral, la mayoría de la cual vota por el PRI desde hace varias elecciones.

El primer paso que dio el PAN para recomponerse y recuperar la identidad perdida, fue romper su alianza con el PRI. Perder el registro en Coahuila lo privará del financiamiento estatal, que este año rondará los 17 millones de pesos. El Comité Estatal se convertirá en delegación y pasará a control del Comité Nacional.

«El PAN ya se ha levantado de otras», dice Jorge Zermeño, figura histórica de ese partido. Es cierto, solo que antes no existía Morena, primera fuerza política nacional, y segunda en el estado. La apertura del sistema no se explica sin las luchas de la institución fundada por Manuel Gómez Morín en 1939. Sin embargo, la ambición de poder de las nuevas generaciones hizo que la institución perdiera la brújula. El PRI afronta a escala federal una crisis de mayor calado, y en las elecciones del año próximo le podría ocurrir lo mismo que al PAN en Coahuila: quedarse sin registro. Desde ahora hacen falta «nuevas ideas». E4

Tabla elecciones de gobernador de Coahuila

Elecciones 1999

CandidatoPartidoVotos%
Enrique MartínezPRI405,63359.56
Juan Antonio GarcíaPAN-PRD-PT-PVEM229,68933.72
Atanasio GonzálezUDC15,2202.23
Magdalena GarcíaPCC11,7481.72

Elecciones 2011

CandidatoPartidoVotos%
Rubén MoreiraPRI-PVEM-PNA-PSD-PPC710,02360.97
Guillermo AnayaPAN-UDC422,29636.00
Jesús GonzálezPT-Convergencia17,7101.51
Genaro Eduardo FuantosPRD11,1250.93

Elecciones 2017

CandidatoPartidoVotos%
Miguel RiquelmePRI-PVEM-PNA-PSD-PJ-PRC-PCP482,89138.90
Guillermo AnayaPAN-PES-UDC-PPC452,03136.40
Armando GuadianaMorena151,65711.91
Javier GuerreroIndependiente105,0418.31
Mary Telma GuajardoPRD21,1111.67
José Ángel PérezPT19,1981.52
Luis Horacio SalinasIndependiente9,6840.57

Elecciones 2023

CandidatoPartidoVotos%
Manolo JiménezPRI-PAN-PRD765,97956.95
Armando GuadianaMorena287,66021.39
Ricardo MejíaPT178,88813.3
Lenin PérezUDC-PVEM80,4835.99

¿Quién será el nuevo Sísifo de AN que empuje la roca?

La coalición de centro izquierda que apoyó la candidatura de García Villa en 1999 se descarriló. El PRI, en cambio, se recuperó de la derrota sufrida tres años atrás

La primera gran alianza opositora del país se formó en Coahuila, en 1999. Las condiciones para la alternancia eran propicias, pues el PAN gobernaba los municipios más poblados del estado y era la segunda fuerza política en el Congreso local donde el PRI, por primera vez, no tenía mayoría. Juan Antonio García Villa logró lo que parecía imposible: integrar en la misma boleta al PAN, PRD, PT y PVEM. Los partidos nacionales los presidían entonces Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador, Alberto Anaya y Jorge González Torres. La fórmula parecía imbatible, pero fracasó por varios factores. García Villa era un buen candidato, pero «había uno mejor»: Enrique Martínez y Martínez —como rezaba una vieja anécdota priista cuando la cúpula cambiaba de señal de último minuto—.

La Coalición Coahuila 99 no prendió, pese a las expectativas. Su primer y acaso principal obstáculo fue la ley electoral. Los líderes y candidatos de la oposición dedicaron la mayor parte de su tiempo a responder impugnaciones, en vez de promover el voto. El árbitro electoral también se inclinó a favor del PRI. Así, Martínez ganó con casi el 59 % de los votos, muy lejos del 33.7 % obtenido por García Villa. La elección fue un «atropello», declaró el panista en una rueda tras darse a conocer los resultados. El frente con el PRD dividió al panismo; algo similar ocurrió 25 años después, cuando el PAN se alió con el PRI para buscar la presidencia.

En 1999, la militancia del PRI fue convocada por primera vez para nombrar candidato a gobernador. Martínez, quien había sido alcalde de Saltillo y diputado federal, aventajó cómodamente a Braulio Manuel Fernández Aguirre, Jesús María Ramón y Alejandro Gutiérrez, quien declinó a su favor. Este triunfo reivindicaba a Martínez, quien años atrás había buscado la nominación que el presidente Carlos Salinas de Gortari concedió a su amigo Rogelio Montemayor. Aquel sacrificio finalmente fue compensado.

Martínez y su equipo neutralizaron a la coalición liderada por García Villa, uno de los panistas con mayor prestigio y trayectoria, y también uno de los primeros en ganar una diputación federal de mayoría relativa. La operación jurídico-electoral de Martínez estuvo a cargo de Raúl Sifuentes Guerrero, y la movilización en Saltillo, en manos de Humberto Moreira Valdés; ambos rivalizarían más tarde por la gubernatura. La elección del 99 ofrecía dificultades, pues el PAN presidía las alcaldías de Torreón, Saltillo, Monclova y Ramos Arizpe, donde se concentra la mayor parte de la lista de votantes. Además, en el Congreso, el PRI y las oposiciones ocupaban el mismo número de asientos.

Finalmente, el PRI arrolló: recuperó los municipios perdidos y la mayoría en la legislatura. Al año siguiente, Vicente Fox ganó la presidencia. García Villa fue llamado a ocupar la Subsecretaría de Economía y, más adelante, Felipe Calderón lo puso al frente de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris). García regresó en 2018 al Congreso local, donde presidió la Comisión de la Auditoría y Cuenta Pública. El PAN vivió con el político lagunero uno de sus momentos estelares; la alternancia parecía al alcance de la mano, pero la maquinaria del PRI frustró el sueño. Dieciocho años después, el PAN regresaría con fuerza renovada, pero con la misma suerte de Sísifo. La roca vuelve a estar al pie de la montaña, pero hoy no hay nadie a la vista que la empuje. E4


Guillermo Anaya, campeón sin corona; «réferi vendido»

Los votos restados por Luis Fernando Salazar al dividir las preferencias fueron cruciales. La negativa de Guadiana y Guerrero a declinar también favoreció a Riquelme

¿Por qué el PAN perdió la gubernatura en 2017 si tenía todo para inaugurar la alternancia en el estado? La pregunta no es retórica. La causa principal fue que, frente a tal posibilidad, la ambición se desbocó. De esa manera, la nueva generación de panistas de la época tiró por la borda la oportunidad de retener el mando por varios sexenios, como ocurría ya en Baja California y Guanajuato. Guillermo Anaya, el candidato más votado del PAN en Coahuila, pasará a la historia como el campeón sin corona.

En 2017, el país todavía estaba en manos de Enrique Peña Nieto, cuya relación con el líder del PAN, Ricardo Anaya, se había fracturado. La sucesión del presidente estaba en puertas, y el avance del PAN —que el año previo le había arrebatado al PRI siete gubernaturas, entre ellas las de Puebla, Veracruz y Tamaulipas— volvió a Coahuila una plaza prioritaria. Era la segunda vez que Guillermo Anaya competía por el cargo; en la primera enfrentó a Rubén Moreira, heredero político de su hermano Humberto.

El delfín de Rubén Moreira fue Miguel Riquelme, pero su cercanía con el clan —y el lastre del escándalo de la megadeuda, la violencia y las desapariciones forzadas— pesó gravemente su campaña. Meses antes de su postulación, Guillermo Anaya celebró su cumpleaños en una quinta de Saltillo a la que asistieron centenares de personas; lo acompañaron gobernadores, legisladores y empresarios de las diversas regiones del estado. Al término del festejo me alcanzó un colaborador del entonces senador Luis Fernando Salazar, quien hacía tándem con Anaya.

—¿Qué te pareció?

—Bien, pero la condición para que ganen es que no se dividan —respondí—. Lo digo porque en la mirada de Luis Fernando descubrí una sombra de ambición.

La unidad se rompió cuando Salazar buscó la candidatura para sí. Al no obtenerla, acusó al líder nacional panista, Ricardo Anaya, de haber inclinado la balanza en favor de Guillermo Anaya. «El proceso es una farsa», denunció, e impugnó la postulación. Cuando al fin se incorporó a la campaña, el daño ya estaba hecho. Los 31 000 votos que le faltaron a Anaya para ganar la gubernatura bien pudieron haberse perdido en el cisma provocado por Salazar. En 2018, el exsenador abandonó el barco y se pasó a las filas de Morena. Para entonces, Andrés Manuel López Obrador ya había transformado el mapa político del país.

Para asegurar la continuidad de su proyecto, el Gobierno volcó a la campaña de Riquelme todos los recursos a su alcance, una línea en la que también fluyó el Instituto Electoral de Coahuila. Frente a las evidentes irregularidades del proceso, el INE decidió mirar para otro lado. Por si fuera poco, el presidente Peña Nieto recibió en Los Pinos al candidato del PRI mucho antes de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolviera los recursos interpuestos por el PAN y Morena para anular los comicios y convocar nuevas votaciones.

De haber declinado alguno de los otros candidatos —Armando Guadiana, de Morena, y Javier Guerrero, independiente— en favor de Anaya, como se los solicitó para asegurar la alternancia, el PRI no habría ganado. Guadiana recibió 151 mil votos, y Guerrero, 105 mil; mientras que la diferencia entre Anaya y Riquelme no llegó a las 31 mil sufragios. Con todo ese bagaje y su tradición de lucha democrática, el PAN en 2023 se hizo a un lado y apoyó al candidato del PRI. Hoy, su nuevo y urgente desafío consiste en recuperar el registro que recién perdió en Coahuila. En esa ardua tarea, las elecciones de 2027 para renovar la Cámara de Diputados podrían ser su tabla de salvación. E4

Torreón, 1955. Se inició en los talleres de La Opinión y después recorrió el escalafón en la redacción del mismo diario. Corresponsal de Televisa y del periódico Uno más Uno (1974-81). Dirigió el programa “Última hora” en el Canal 2 de Torreón. Director del diario Noticias (1983-1988). De 1988 a 1993 fue director de Comunicación Social del gobierno del estado. Cofundador del catorcenario Espacio 4, en 1995. Ha publicado en Vanguardia y El Sol del Norte de Saltillo, La Opinión Milenio y Zócalo; y participa en el Canal 9 y en el Grupo Radio Estéreo Mayrán de Torreón. Es director de Espacio 4 desde 1998.

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