Sabia virtud de conocer el tiempo
Renato Leduc
(A propósito de una canción)
Tanto la palabra en sí como el concepto mismo de tiempo ha sido, de alguna manera, un tema al que, a distintos niveles del pensamiento y con muy diversos propósitos, han recurrido una notable variedad de hombres ilustres, filósofos, novelistas, músicos y poetas. Es clásica la definición anglosajona, por demás metafórica y pragmática, de time is money, que de algún modo describe a la sociedad capitalista estadounidense y que algunos textos atribuyen a Edward Lytton, novelista y estadista inglés, autor de la obra Los últimos días de Pompeya.
¿Cuál será una definición del concepto tiempo que nos resulte realmente válida desde el punto de vista de la ciencia?
El Pequeño Larousse define el tiempo como «la duración de los fenómenos» (¡y de las cosas y de todo lo existente, tendríamos que añadir nosotros!), y luego, en una especie de esfuerzo por clarificar su definición, nos explica que durar quiere decir «continuar siendo».
No está mal. Pero creo que con ello no se define el concepto de tiempo como tal, sino que simplemente se hace un esfuerzo por describirlo mediante una sinonimia del mismo. En otras palabras, resulta lo mismo decir cuánto tiempo se llevó un ejercicio que decir cuánto duró un ejercicio, sin que esto último implique una definición o una comprensión conceptual del tiempo.
En mi opinión, la definición estrictamente científica de tiempo la encontramos en la ciencia filosófica conocida como cosmología, nombre que en el siglo XVII le dio Christian Wolff a la parte de la filosofía que tanto Aristóteles como los escolásticos de la Edad Media identificaron como la Física. Después de esta ubicaban a la Metafísica, como la ciencia ocupada de lo que iba «más allá» (meta) de la Física.
De acuerdo con la mencionada ciencia filosófica (la cosmología), el concepto de tiempo se define así (transcribo la definición en latín): Numerus motus, secundum ordinem prius ac posterius, es decir: la medida del movimiento (numerus motus) según un orden de lo primero (o anterior) y lo posterior (secundum ordinem prius ac posterius). Es decir, el tiempo no es otra cosa que la medida del movimiento, lo que, en mi opinión, nos lleva a la conclusión de que el tiempo, tal cual, físicamente no existe, sino que se reduce a un mero concepto. Lo que sí existe físicamente es el movimiento, cuya medición hemos dado en llamar «tiempo».
Está claro: si el día tiene 24 horas-tiempo y el año 365 días-tiempo, no es por otra cosa sino porque, de acuerdo con los husos horarios imaginarios en los que, precisamente para medir su movimiento, ha sido dividida la Tierra, los movimientos de rotación y de traslación de la misma duran, respectivamente, ese lapso; y, al tomar como punto referencial universal estos movimientos de nuestro planeta o, en su caso, el recorrido de la luz de las estrellas, todos los movimientos que se dan en el mismo y en el resto del universo serán cuantificados como segundos, minutos, horas, días, meses, años… de tiempo o, en el caso de las estrellas, como años luz (el tiempo que tarda en llegar a la Tierra la luz de una estrella), significando con todo ello no ninguna otra cosa sino los diversos movimientos de la Tierra y todos los demás movimientos de los seres y de las cosas que existen en ella y en el Universo.
Nuestra propia vida, desde el momento en que es «movimiento», es decir, desde el momento en que empieza a existir, es tiempo. Tal es quizás la razón por la que Austin Dobson sentenció en una de sus obras: «¿Dices que el tiempo se va? Estás equivocado. ¡Es el tiempo el que nos dice que nosotros nos vamos!».
Nuestra vida es, pues, movimiento, duración, tiempo, aun cuando estemos inmóviles o descansando, lo que implica que, cuando fallezcamos, es decir, cuando dejemos en definitiva de movernos… se habrá terminado nuestro tiempo.
