Cuando un Mundial te mata…

Relatos mundialistas: 70-86-94

En esta puta ciudad todo se incendia y se va:

matan a pobres corazones.

No quiero salir a fumar […]

No quiero empezar a pensar […]

Buen día, Lexotanil.

Buen día, señora.

Buen día, doctor.

Maldito sea tu amor.

«Ciudad de pobres corazones»

Fito Páez, Ciudad de pobres corazones (1987)

Autogol 94: el caballero Escobar

Creo que a Andrés Escobar lo mataron dos veces. La primera fue en Pasadena, bajo ese sol obsceno que trasminó los archivos del Mundial 94. La pelota —ese animal caprichoso que a veces convierte héroes en accidentes postreros— se desvió apenas lo suficiente para entrar en la portería colombiana… la que él defendía. La segunda sucedió días después, en un estacionamiento de Medellín, cuando Colombia terminó de demostrarle al mundo que el narcotráfico no sólo había contaminado ya la política y las calles: también había aprendido a respirar(se) dentro del futbol. Es este el relato que, a la crónica mundialista, siempre la doblega. Te hincha la garganta como si algún mafioso nos la hubiera agitado… con vehemencia cruel y desentendida. Pero eso nos dio Pasadena, primero. Flotante en las enaguas de Los Ángeles, este valle que recubre al Rose Bowl —vaya— que nunca batalló para escenificar las tragedias cuasigriegas de la incipiente posmodernidad noventera.

Si se blande un cincel clásico: reducir la tragedia a un autogol sería una vulgaridad narrativa. Andrés Escobar no murió por equivocarse. Murió porque en aquellos años Colombia era un país donde el (t)error te costaba la vida. Donde demasiada gente confundía el resultado de un partido con el precio de una apuesta. Aquella Colombia creyó que el futbol dejaba de ser metáfora… para convertirse en ruleta rusa. Un par de meses antes de que comenzara la Copa del Mundo 1994, Kurt Cobain —epítome del angst gronchero que alcanzó a rasgar la bisutería del nuevo milenio— fue hallado muerto mientras le flotaban polvorines en el cuerpo. Un caso… extraño. Pero un acontecimiento que propulsó cada inscripción del reciente Unplugged que había grabado Nirvana con MTV. Y sí. Ahí platicó cómo es que habló con «The man who sold the world»… ese mismo que interactuó con David Bowie.

Pienso que, quizá, lo más doloroso del asunto es que Andrés Escobar parecía construido para sobrevivir precisamente a ese tipo de época. Tenía algo único en el futbol profesional: serenidad, sencillez, nobleza. Un caballero. Mientras muchos zagueros jugaban como si quisieran declarársele carnicero al delantero rival, él parecía intentar convencerlo para conversación. Dialogar a través del balón con inmaculadas interjecciones resueltas. Jugaba limpio, impoluto. Un defensor quirúrgico. Hablaba poco. Sonreía con cierta timidez sacerdotal. En otra realidad menos (histórica) histérica, Andrés Escobar habría sido catedrático de universidad, arquitecto o uno de esos hombres que leen el periódico de cabo a rabo en aquella cafetería silenciosa mientras el mundo se despedaza allá afuera. Por eso es natural que un tipo nacido bajo el signo de piscis, el mismo día que Fito Páez, y en el crisol contracultural de 1967, iba a acarrear —de rupestre manera satelital— la declaración de paz que los Beatles eligieron para inaugurar la telecolor. Así como asentir con quien le dejó los ojos abiertos a Ernesto Guevara en Bolivia. Y también recorrer con los labios las canciones de Joan Baez que sirven para clavarte a los separos mientras protestas por ‘Nam, man. O, también nacer al mismo tiempo que Cien años de soledad por una carretera del valle de México, y con la avidez del ron blanco (de Caldas). Esa selección había llegado al Mundial con cierta manía y expectativa medio bíblica. Venían de una afortunadísima eliminatoria donde pudieron, a su aire, apachurrar a la Argentina de Batistuta y compañía. Medio país decidió mojarlos con el bálsamo bendito de los profetas tropicales. El problema del futbol latinoamericano es que suele cargar una maldición: cuando el mundo comienza a romantizarte… también te exige milagros. Colombia dejó de jugar partidos. Era como cargar un escapulario con la navaja en el cuello. Cada error sonaba a catástrofe. A una precaución insoportable. Cuando nació Andrés Escobar, la radio le permitía a los Doors todoslos minutos que habitan «The end». ¿Pero por qué el fin?

Así fue como sucedió Estados Unidos. Y ocurrió el rebote. Y ocurrió el silencio. Hay imágenes que envejecen raro —no mal— pero raro. Y es que la repetición del autogol de Escobar ya no parece deportiva. Parece cinematográfica. Uno la observa sabiendo que, en alguna parte, ya viene la tragedia con paso macabro. Como si el destino hubiera decidido escribir una nota roja en precioso lienzo verde de cancha. Y además en el entendido de que el protagonista era un tipo espigado, delgado, de ojos asombrados, y con el peinado más noventero de toda la delegación. Pues era un personaje que lo daba todo por los verdolagas de Atlético Nacional. Un paisa auténtico. De los que saben respirar en andino. Y beber en antioqueño… pero anisado.

Lo más triste. Lo quizá monstruoso. Eso podrá ser lo que vino después: descubrir que una derrota no termina en el marcador. Que existía un país tan intoxicado de violencia, nauseabundo y paranoico, capaz de descargar seis tiros contra un sujeto fino y caballeresco… por una jugada accidental. Con los seis disparos de un revólver Colt murió algo más que un futbolista. Murió aquella inocencia latinoamericana respecto al deporte. Se comprendió, con tristeza, que el balón también podía ser rehén del miedo. De las apuestas y de quienes confunden poder con impunidad.

Sí, aquel cruce desafortunado de Escobar es hasta doloroso de revivir. No era un centro particularmente ponzoñoso. El marcaje tampoco era algo apremiante. Fue, simplemente, un reflejo desarticulado. Uno puede atreverse a decir que, ante un rival cuyo roster comprendía cerca de un cincuenta por ciento de futbolistas de ligas semiprofesionales o extramuros, el rebote natural del balón supo esquivar cualquier superchería o fulgor cabalístico. Ni Harkes ni Stewart. Ni Wynalda. Probablemente ninguno de ellos hubiera logrado prender aquel balón de tal manera que doblara a un portero como Córdoba. Pero el destino nos rebasa, nos ejecuta y nos revienta en la cara. Andrés Escobar ya estaba rondado y contemplado para ser el sustituto natural de Franco Baresi en el Milan tras el Mundial. Se iba a convertir en un zaguero colombiano que compartiría línea de infantería con Paolo Maldini. Así nada más. Pero tranquilos, que ya no se pudo.

A lo mejor por eso Andrés Escobar nos sigue doliendo. Porque, en un continente acostumbrado a los caudillos del escándalo, a los ídolos tan extravagantes como excesivos —y a contratalento— él parecía una anomalía ¿moral? Un hombre apacible, de mirada bondadosa, que quedó atrapado en la época incorrecta.

Aquel 2 de julio, ingresaron a un Escobar —con más balas que peso— al hospital central del Medallo. Eran las cuatro de la mañana. Cuarenta y cinco minutos después lo declararon clínicamente muerto. Tenía 27 años. Como Kurt… y los otros.

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