Danza por un hijo muerto

Ritual comunitario y devoción popular se entrelazan en un homenaje marcado por el duelo, la fe y la memoria de un joven cuya ausencia convoca pasos, música y resistencia emocional

El acero de las suelas de las sandalias choca electrizante en el asfalto, como si en cada pisada quisieran romperlo de dolor; el tambor a golpe seco dirige la danza, los penachos coloridos flotan como ángeles y las sonajas con sus esferas diminutas dentro, suenan a recuerdos de antaño, de lo que fue y no será, de quien estuvo y ya no está.

La tarde fresca de enero enfría los rostros sudorosos de los matlachines, quienes danzan impetuosos, pero con el corazón destrozado por el fallecimiento de uno de los suyos: Yobanni Gabriel, de 24 años de edad. Desde niño empezó a danzar con el grupo del Señor de la Misericordia Los Medina, desde ahí no abandonaría su pasión por ser matlachín ni su devoción por San Judas Tadeo. Esta danza es para él, para recordarlo y para recordarse que la muerte se llevó su cuerpo, pero no su espíritu noble ni su esencia alegre y bromista.

Sus padres la organizaron y la anunciaron en un grupo de Danza de Matlachines en Facebook, invitaron a quienes desearan unirse al homenaje. En el barrio El Saúz en la parte antigua de Saltillo, donde todos se conocen y se saludan, reside la familia. A pocos metros de su casa se encuentra la capilla del sector y fue ahí donde montaron un toldo adornado con globos blancos y dorados, con lonas a color con las fotos y fechas del nacimiento y deceso del joven impresas, colocaron también una figura de San Judas Tadeo.

El sol, que no termina de calentar el día, ilumina a ratos los ojos oscuros y tristes de Christian, el padre de Yobanni y quien lidera al grupo, lanza un silbido con el que indica que van a comenzar; su esposa Elia Guadalupe porta el estandarte con la imagen de San Juditas. Vecinos y familiares presencian en silencio el homenaje, unos graban con sus teléfonos celulares. El conjunto se postra frente a la capilla, justo donde están las imágenes del muchacho; su madre llora mientras lo contempla y al fin coloca el estandarte a un costado. Los danzantes se ponen en cuclillas con la cabeza baja. El papá de Yobanni lo hace ante su foto, donde permanece un par de minutos mirándolo fija y serenamente.

La tarde fría densa más la atmósfera de dolor que cala en la piel y en la garganta con un nudo, inevitable. Retoman y a Christian se le desatan las cintas de caucho con que amarran las sandalias, pide a alguien se la arregle mientras él continúa danzando, descalzo de un pie. La motivación es honrar a su vástago, el menor de tres, a quien recuerdan como un chavo positivo y deportista, que laboraba en Servicios Primarios de la Presidencia Municipal de Saltillo. Fue tanto su fervor que llegó a faltar al trabajo con tal de ir a un compromiso de la danza. Jugaba futbol soccer y era el primero en apresurarlos para irse al partido; ahora su equipo Deportivo Gema ha cambiado el nombre por el de Toritos FC, ya que tenía el mote de Torito, y se han prometido sus integrantes a ganar el campeonato por él.

Hace apenas cinco años Yobanni sufrió ataques de epilepsia, desde hace tres no le daban hasta hace un mes le dio uno y el pasado 5 de enero otro que lo asfixiaría; nadie se percató ya que le acometió durante la noche mientras todos dormían. Esta vez su progenitor no pudo ser su médico (como él se autonombra, dado que lo auxilió en otras ocasiones). «Me avisaron cuando yo estaba en el trabajo, vine y cuando lo toqué ya estaba frío», rememora, llorando.

Yobanni Gabriel fue viejo de la danza, tamborero, danzante y capitán de grupo como lo es ahora su padre a quien enseñó el arte de ser matlachín «con mucho orgullo y por él seguiré adelante».

Los danzantes se toman un descanso, volverán al ritual en unos minutos; más tarde harán una fiesta en memoria del joven quien gustaba mucho de la música, lo mismo escuchaba a Grupo Frontera, Carín León que a Maná, Ángeles Negros y Ángeles Azules. Igualmente reía imponiendo apodos a familiares y amigos; disfrutaba de las convivencias familiares, especialmente con su abuela paterna y con una tía con quien reñía juguetonamente.

Ahora la danza, esa que tanto amó y disfrutó Yobanni, será para su familia una especie de catarsis del dolor por su partida y una motivación para honrarlo y para vivir la vida sin él. E4

Monclova, Coahuila, 1973. Licenciada en Comunicación por la UAdeC. Desde 1996 ha trabajado como reportera en radio, prensa y el sector público. Premio Estatal de Periodismo en el 2000 y en 2005, además de Premio Estatal por Trayectoria Periodística de 25 años. Obtuvo Mención Especial en el «Primer Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS» año 2015, de EE.UU. Sus fotografías han sido publicadas en medios locales, en el periódico español El País y en la revista Hispanic Culture Review. Colabora en Espacio 4 desde 2013.

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