Decálogo de un bombardero

Relatos mundialistas: 70-86-94

Gerd Müller y México 70

Hay futbolistas que parecen haber sido diseñados para el escaparate. Pelé corría como si en el Olimpo fueran reglamentarios los tachones. Johan Cruyff poseía el garbo de un actor recién aplaudido —de pie— en Cannes o en la Berlinale. Franz Beckenbauer rondaba su área grande con la misma naturalidad y aire con la que otros cruzan el lobby alfombrado del Ritz de París.

Gerd Müller, en cambio, parecía llegar siempre por una puerta de servicio media oculta. No era alto. Ni particularmente rápido. No tenía el porte de un rockstar ni una melena capaz de cubrir la portada de la Rolling Stone. Mientras… el mundo aprendía a captar el futbol a color. Y justo durante la Copa del Mundo de México 1970. Él se dedicaba a una tarea —¿poco?— menos glamorosa: aparecer donde nadie lo esperaba y empujar pelotas a la red. Diez veces. Sí. Fueron 10 goles en seis partidos.

Sabemos que nuestro terrestre futbol cambia. Y lo hace a través de períodos imperceptibles que unos historiadores de escuela francesa llaman —como lo planteó Fernand Braudel— procesos longue durée. Una cifra así, esa decena de goles, hoy parece salida de una época en la que los relojes corrían distinto y las defensas aún no habían aprendido a sospechar de los hombres bajitos que merodeaban el área.

Aquel Mundial terminó por pertenecerle a Brasil. Pelé levantó su Jules Rimet y las imágenes del tricampeonato —con todo y sombrero negro de charro— dieron la vuelta al planeta. Sin embargo, entre las grietas de esa gran historia sobrevivió otra más pequeña y acaso hasta fascinante: la de un delantero alemán que llevaba, con desparpajo, el siempre místico 13 en la espalda. Con pulmones reforzados, era natural de la Baviera del meridión germánico, con sus tierras altas y boscosas. Por supuesto, entonces, a sus 24 años ya jugaba para el que será su eterno Bayern Múnich.

Por aquí se desplegarán 10 pequeñas miradas a los goles de der Bomber en México 70. Compactas postales para conversar con el futbol que enfiló a la efervescente década de los setenta. Son 10 maneras de contar una misma historia.

I. Primer sello (Déjalo ser)

Toluca, 3 de junio. Alemania Federal debutará ante Marruecos. El segundo tiempo fue quien encontró a Müller en su pleno modus operandi para esta Copa del Mundo: aparecer en donde nadie lo espera. Ese gol inauguró un prolífico conteo, una cuenta que terminará en 10. Siempre: a su estilo. Porque, en inminente despedida, los Beatles cantaban «Let It Be». Mientras, Gerd Müller comenzaba a despedir —por cada punto cardinal— a cuanto defensa se le ponía enfrente.

II. «León» (Tres sacos de pólvora)

Cuatro días después, Bulgaria lo tuvo qué padecer. Fueron tres goles —el truco del bombín—… su hat-trick. Era como si el Bajío asumía su embajada de oeste. Como los viejos pistoleros del cine, Müller no parecía apresurado. Simplemente esperaba el augurio adecuado. Los cines de México proyectaban sus relatos de vaqueros… y unos Spaghetti Western —con Clint— que se negaban a desaparecer. Allá en León, y por cada atajo del Nou Camp esmeralda, el bombardero alemán hasta interpretaba los papeles en simultáneo. Sabía ser alguacil como forajido.

III. A Perú (Lección de aritmética)

El 10 de junio los tomó en la misma capital guanajuatense. Ahora Perú descubría una ecuación incómoda: por su merodeo, cada oportunidad cerca del área podía terminar en gol de Müller. Y sí: otra tripleta. Mientras en el tajo occidental de Alemania había millones de jóvenes que inventaban los movimientos del 13 alemán con pantalones de campana. El ariete suma siete goles en tres partidos. Algunos muchachos allá en casa coleccionaban discos… Black Sabath, Simon & Garfunkel, The Doors. Gerd Müller coleccionaba redes.

IV. ¿Improbable?

Para entonces, la paradoja ya resultaba —muy— evidente. Pelé parece un emperador. Beckenbauer, un diplomático. Bobby Charlton, un profesor de Oxford. Gerd Müller parece el vecino que llegó a la carne asada sin avisar. Sin embargo, es él quien encabezaba la tabla de goleo. La historia del futbol está llena de héroes improbables. Pero —muy— pocos tan improbables como este.

V. El gol a Inglaterra

León vuelve a ser escenario. Cuartos de final. Inglaterra es la campeona del mundo. Cuatro años antes, enfundados en rojo Tudor… Bobby Moore, Geoff Hurst y hasta la reina elevaron su propia Jules Rimet en donde todo comenzó. De vuelta a México, el partido se va a la prórroga. Y se manifiesta lo improbable: Müller anota el tercer gol decisivo. Tres a dos. En la tribuna hay nervios. En casa, millones de espectadores observan —con la pequeña ayuda satelital— uno de los primeros Mundiales idem… realmente globales. El futbol se convierte en una conversación planetaria. Y un lenguaje en común.

VI. Cuando los dioses se cansan (De noche)

Es 17 de junio. Estadio Azteca. Alemania e Italia disputan una semifinal que parece escrita por un novelista con Etiqueta Azul. Se jugaron los tiempos extra: piernas inmóviles; nervios en ruinas. Müller marcó dos veces. La segunda parecía suficiente para clasificar. No lo será. Italia ganó. Cuatro a tres. El «partido del siglo»… reza la placa en el Azteca. Hay juegos que se recuerdan por el resultado. Este se recuerda porque parece imposible que haya existido.

VII. Difícil de recordar (Italia pt. 2)

La fama es caprichosa. Los dos goles de Müller aquella noche quedaron atrapados bajo la sombra gigantesca del marcador final. ¿Será parecido a lo que sucedió con la canción «Venus», de Shocking Blue? Una piececilla —bien— disfrutable a cargo de cuatro jóvenes holandeses basados en La Haya. El año 1970 tuvo algunas que otras coordenadas sonoras con destinos parecidos. Sí: el futbol también tiene sus lados B.

VIII. En blanco y negro

Cuando terminó el torneo, Müller sumó sus 10 anotaciones. La cifra parece exagerada incluso para la época. México 70 ayudó a popularizar la televisión a color alrededor del planeta. Y lo hizo con gran guiño a Guillermo González Camarena. Así es como millones recuerdan, hoy, esas camisetas amarillas de Brasil. Y menos personas recuerdan que el rey del gol —el Botín dorado— vestía de blanco con vivos en negro.

IX. Oficio para desaparecer

Hay grandes artistas que suelen exigir mucha atención. Müller hacía lo contrario. Su talento consistía en desaparecer del radar y reaparecer un segundo después frente al arco. Como los mejores cronistas, trabajaba en los márgenes, en periferias. Mientras unos buscaban la fotografía… él ya buscaba el rebote.

X. Último gol en México

El gol número 10 de Gerd Müller llegó en el partido por el tercer puesto, ante Uruguay. Como suele pasar: no es el encuentro más recordado del Mundial. Pero… tal vez por eso resulta apropiado. Y es que der Bomber Müller terminó el torneo así como vivió toda su carrera: sin muchos reflectores, con la eficacia de quien prefiere las soluciones a los discursos. Diez goles. Y ninguna necesidad de explicarse.

Bonus Track (cuatro más: los años y los goles)

Alemania Federal, 1974. La Jules Rimet ya le pertenece —para siempre— a Brasil. Un nuevo y precioso trofeo —la Copa FIFA— espera dueño. Müller ya no marcará 10 veces. Apenas cuatro. Para cualquier otro delantero sería una cosecha notable. Para él parece una reducción drástica. Sin embargo, uno de esos cuatro goles vale más que todos los que clavó en México. Porque lo anotó en la final. Contra los Países Bajos de Johan Cruyff… aquella setentera «naranja mecánica». Esa tarde no ganó el Botín de Oro. Ganó algo más difícil. Descubrió que el futbol también premia a quienes cambian la gloria individual por la alegría compartida. Cuatro años antes había sido el mejor goleador del mundo. Ahora fue campeón del mundo. Entre ambas hazañas cabe una vieja discusión humana: ¿brillar solo o triunfar acompañado? A der Bomber der Nation le dio tiempo para probar ambas.

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