Del altar al Amazonas, una travesía por la justicia y la dignidad de la tierra

En su viaje hacia Belém do Pará, Emilie Teresa Smith une espiritualidad y acción social. Anglicana, feminista y defensora de la creación, comparte con don Raúl Vera una misma misión: vivir el Evangelio desde la alegría y la compasión

Practicar la Teología de la Alegría

Lamañana del 26 de agosto, muy temprano, mi viejo amigo —colega, mentor e instigador de problemas— Don Raúl Vera, obispo emérito de Saltillo en el noreste mexicano, me pidió que lo acompañara en el ambón y en el altar del templo donde celebra la Misa en la ciudad de Saltillo. «Por supuesto», le respondí.

Me entregó el misal camino de la sacristía a nuestros asientos, y me dijo: «Lee el evangelio. Predica». «Por supuesto», le respondí.

No era la primera vez que estaría con él en el altar. Y, si Dios quiere, no será la última.

Yo no sabía —aunque pude haberlo adivinado— que se soltarían los canes infernales. Algunas personas se enojaron porque no soy católica. Pero, más aún, no soportaron que no fuera un hombre.

Soy anglicana. Soy mujer. Estoy casada. Soy madre. Soy abuela. Mi esposa, mi familia, mi pequeña parroquia de San Bernabé y mi obispo, John Stephens, me bendijeron al salir de casa, para ir al mundo.

Ahora llevo algunas semanas en una larga peregrinación desde Vancouver hasta la desembocadura del río Amazonas, a Belém do Pará, y al encuentro de miles para enfrentar el cambio climático —el final del mundo que conocemos. Mi plan es llegar a Brasil volando lo menos posible.

Llegué en autobús a Saltillo, Coahuila, la ciudad en la que ha vivido don Raúl los últimos 25 años, el lunes 25 de agosto. El martes nos reunimos para celebrar la maravilla y la alegría de Dios aquí entre nosotras y nosotros. Miré hacia la lectura del Evangelio en mis manos mientras el coro terminaba su parte. Se arquearon mis cejas.

«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Pagan el diezmo de la menta, el eneldo y el comino, pero olvidan la parte más importante de la ley: La justicia, la misericordia y la fe» (Mt.23,23).

Leo. Predico. Me siento. Don Raúl bendice el pan y el vino, y nos ponemos en fila para compartir el amor. Luego —primero en línea, y después en diversos medios y otros lugares— todo estalla. Lo noto en el borde de mi horizonte, pero no me dejo arrastrar por los alborotos ni por las furias de quienes tienen una visión muy particular de cómo debe ser la Iglesia. Ellos aúllan. Yo hago caso omiso.

Don Raúl y yo somos copresidentes de SICSAL, Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los Pueblos de América Latina, Óscar Romero. Fuimos elegidos juntos en una asamblea de SICSAL hace 13 años. Juntos hemos andado por aquí y por allá: desde Colombia y Argentina, hasta El Vaticano. A Salvador, a la pequeña capilla del Hospital La Divina Providencia donde San Romero fue muerto a tiros. Nunca voy a lugar alguno a crear problemas. Voy a donde me invitan. Dondequiera que voy, al lado de don Raúl, sé que estoy con un hombre de gran fe. Una fe profunda, capaz de sacudir instituciones, comunidades y personas, iluminado por el Evangelio.

Don Raúl apoyó la creación del primer grupo pastoral LGBTQ+ en Saltillo, y primero en México. Fundó un par de Casas para Migrantes en Coahuila. Introdujo, a pesar de algunos clérigos, un plan pastoral que buscaría llegar e incluir a todas las personas de su tercera diócesis. Ha sido incansable en la denuncia a los poderosos contaminadores y a los grandes ladrones de Coahuila que tiran, ahogan y desvían agua para lo que se les antoje.

Acompaña a las víctimas de diferentes crímenes y violaciones en diferentes rincones de este país. Don Raúl siempre ha levantado la voz. Hace décadas fue enviado a calmar al radical obispo de Chiapas, jTatic Samuel Ruiz. Eso no ocurrió. Rápidamente, el entonces-cauto don Raúl se pasó al lado de la justicia radical.

A don Raúl no le importa un ápice seguir reglas destinadas a atar al Espíritu Santo, mucho menos cualquier acto que dañe a la preciosa creación de Dios y a sus criaturas. Le importa, y mucho, los pecados de codicia e injusticia.

Cuando fui elegida copresidenta de SICSAL me sentí abrumada. Llena de asombro. Los presidentes que me antecedieron fueron grandes líderes del mundo de la Teología de la Liberación: Don Sergio Méndez Arceo, Dom Pedro Casaldáliga, jTatic Samuel Ruiz, Madre Raquel Saravia, Monseñor (ahora cardenal) Álvaro Ramazzini. Una larga fila de católicos, todos varones menos una, y todos los varones, obispos. Y luego yo. No sabía muy bien qué hacía allí. Una mujer. No obispo. Anglicana. «No, eso es exactamente lo que queremos» dijo mi gente. Así que dije: Sí.

Liderazgo femenino

El liderazgo de las mujeres ha dejado de ser tema de debate en gran parte de la comunión anglicana. Trabajamos con nuestra propia organización. Diferentes regiones hacen cosas distintas. Así que aplaudimos el liderazgo de mujeres en Sudán del Sur y en México. Todavía no en el Congo y quizás, pero probablemente no, en Argentina. En Brasil sí, las mujeres pueden ser diáconas, presbíteras, obispas. De hecho, su gracia Marinez Santos Bassotto, primada de Brasil, dará la bienvenida al mundo en su diócesis para el encuentro de la COP30 en Belém. Se esperan más de 60 mil personas de todos los continentes.

La Iglesia anglicana está en constante evolución. Nacida de los primeros cristianos que viajaron de Roma a Inglaterra en el siglo III, la forma anglicana de ser Iglesia asumió la profunda espiritualidad de sus raíces celtas. Para 1532, cuando Enrique VIII rompió con Roma, la Iglesia en Inglaterra ya tenía su manera particular de ser. Durante el siglo siguiente la Iglesia anglicana siguió fluctuante, definiendo cuan cerca debía permanecer a sus sensibilidades católicas romanas. O si la Iglesia debía seguir el camino de la rebelión protestante.

Al final, mis antepasados eclesiales se decidieron por la vía media, el camino intermedio. Sostenemos tres fundamentos: La Sagrada Escritura, la Tradición Sagrada y la Razón Humana. Una de las primeras resoluciones de los padres anglicanos fue que el clero podía casarse. Sin discusiones allí. La ordenación de mujeres como presbíteras comenzaría con la ordenación irregular de Florence Li Tim-Oi en Macao, en 1944.

Activista por la paz

Yo no fui criada en un hogar cristiano. Mi padre era un científico que pensaba que todos los creyentes de todas las religiones eran tontos engañados. Mi abuela, sin embargo, la Sra. Marjorie Benson, pertenecía a los «Catholic Workers», movimiento radical de fe que inició su ministerio de hospitalidad y acogida durante la Gran Depresión. Mi abuela me dio su aprobación cuando abandoné la universidad para convertirme en activista por la paz a tiempo completo.

Me hice cristiana después de años de trabajar con las mujeres de Guatemala en el movimiento de liberación de ese país. No tenía idea de que, para alinearme con el movimiento de amor, justicia y verdadera paz, podía hacerme cristiana. Compartí la comunión por primera vez en una iglesia mexicana, en la celebración por el Premio Nobel de la Paz otorgado a la líder indígena guatemalteca Rigoberta Menchú en 1992 (el 500 aniversario de la llegada de los españoles a estas tierras sagradas).

Cuando regresé a Canadá, después de un tiempo de búsqueda espiritual y de visitar iglesias, encontré un hogar en la iglesia anglicana. Poco después, el Espíritu me invitó a considerar la ordenación. Fui ordenada en 2004, con mi madre, mis dos hermanas y mis tres hijos presentes. Mi vida y ministerio en la Iglesia Anglicana en Canadá, Guatemala, México y en todo el mundo han sido, sin duda, la mayor bendición de mi vida —junto con ser madre, y ahora abuela.

Vivir para servir

He sido pastora durante 21 años. El don de servir en la construcción del reino en rincones de la creación marcados por la crueldad y el pecado humanos, ha sido mi mayor honor y alegría. He llevado a cada lugar la estola que me regaló en mi ordenación una mujer presbiteriana maya: Al Tapón del Darién, a las llanuras de La Rioja en Argentina, a los escombros de Haití tras el terremoto, a los pasillos sagrados del Vaticano, al altar donde fue asesinado Romero.

Desde mi bautizo, mi confirmación y mi ordenación, no ha habido duda de que el fuego ha estado dentro de mí, de que el Espíritu de los ancestros me ha rodeado, de que la corrección y la responsabilidad de la comunidad me han guiado.

El 3 de octubre de este año fue anunciada la selección de la nueva arzobispa de Canterbury. La actual obispa de Londres, Sarah Mullally, será instalada en marzo de 2026. La reverendísima Mullally es enfermera y partera. Tiene la reputación de ser firme, justa, balanceada, y compasiva.

Aunque hubo protesta en algunos sectores de la Comunión Anglicana Internacional, e inclusive un grupo se ha declarado en cisma, las expresiones de una verdadera alegría mundial, de Brasil, Ecuador, Colombia, México y otros muchos países en los que está presente la Comunión Anglicana, no podía ser contenida.

Gracias a Dios

Muy temprano en la mañana del primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro y lo encontró vacío. Su temblor y su alegría eran incontenibles. Demos gracias a Dios.

Demos gracias a Dios por Junia, destacada entre los apóstoles, por Febe, por Priscila y por Lidia. Demos gracias a Dios por Santa Clara, Santa Hildegarda, Santa Juliana, Santa Teresa. Demos gracias a Dios por la Madre Teresa, por las cuatro religiosas estadounidenses asesinadas en El Salvador el mismo año en que mataron a San Romero. Benditos sean todos los amados de cada época, que llevan adelante un mensaje de amor, de justicia, de paz.

Demos gracias a Dios por jTatic Samuel Ruiz, quien bendijo a las parejas de diáconos casados y los envió a realizar su labor. Demos gracias a Dios por nuestro querido Papa Francisco, ya fallecido, que celebró la fracción del pan con el arzobispo de Canterbury. Qué alegría fue ver al papa Francisco dar la bienvenida a las Obispas de mi comunión: La obispa Sally, la Obispa Marinês.

El mundo cambia. La iglesia también cambia. Hay cosas terribles e indecibles ocurriendo en este mismo momento en el mundo —causadas por el grave pecado humano: El genocidio en Gaza, los feminicidios en el norte de México, la destrucción deliberada de nuestra única tierra y casa común por los capitanes de la codicia.

Mi peregrinaje a Belém me ha llevado a lugares secos y rotos, a ríos envenenados, a madres destruídas. Pero también he conocido poetas y artistas, activistas y trabajadores valientes por la justicia. Suplico a cualquiera que se haya ofendido por mi presencia en el ambón de Saltillo que vuelva su corazón a las obras de justicia. He orado cada día por quienes se oponen a mí. El camino al COP ha sido una experiencia privilegiada pues logré reunirme con personas y grupos luchando por la sagrada tierra, agua, aire, comunidades que se unen en torno a los elementos que les dan la vida, a los cuales protegen. Escucharles y compartir un poco la vida con ellas y ellos, me permite coleccionar palabras y tejer un poema épico que llevo ahora en mi corazón.

Ruego que el Espíritu llene sus corazones de amor, y que encuentren libertad para practicar el Evangelio de la Alegría. Doy gracias por el fuego que arde en el corazón de Don Raúl, por su fe y su amistad. E4

La reverenda Emilie Teresa Smith, nacida en Argentina, crecida en Canadá, tiene un largo compromiso de trabajo con las comunidades marginalizadas. Tiene más de 40 años de caminar con el pueblo de Guatemala. Además de ser párroca de la Iglesia San Bernabé en New Westminster, Canadá, es co-Presidenta, junto con don Raúl Vera, en la red global SICSAL. Está casada, es madre de tres varones, y abuelita de cinco chiquillos. En agosto de 2025 emprendió una peregrinación de su casa hacia la reunión del mundo para tratar el tema de la crisis climática en Belém dó Pará, Brasil. En este momento exacto se encuentra flotando en un barco en el Río Amazonas.

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