Donald shark Trump huele a sangre política de México

Las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejan claro que la presión del Gobierno norteamericano continuará hacia su contra parte mexicano y por consecuencia establecerá presiones, sobre todo en el tema del combate a la delincuencia organizada y el narcotráfico, pero ahora, además, sobre la estabilidad política y de gobernanza en México.

Después del asesinato del alcalde del municipio de Uruapan en Michoacán y los disturbios con violencia en la manifestación de la Generación «Z» en el Zócalo de la ciudad de México, el presidente Trump pareciera olió sangre y como un «tiburón» hizo declaraciones que cuestionan la efectividad del Gobierno mexicano.

«No estoy contento con México»; «¿Lanzaría yo ataques en México para detener el narcotráfico? ¡Por mí, está bien! Lo que sea necesario. No he dicho que lo vaya a hacer… pero estaría orgulloso. Salvaríamos millones de vidas»; son parte de los dichos del presidente vecino y que ya tuvieron respuesta del Gobierno federal de nuestro país.

Como se esperaba, la contestación giró en torno al rechazo de una posible intervención y se limitó a recordar que en todas las conversaciones con Trump se agradece la cooperación para combatir a la delincuencia organizada pero que se rechaza la intervención norteamericana en suelo mexicano.

La respuesta era esperada, justificada y respaldable en todos sentidos, pero mantiene la actitud repetida de los últimos tres sexenios con el crecimiento exponencial de la violencia provocada por la delincuencia organizada y sin un verdadero combate y castigo a la corrupción e impunidad de gobernantes de los tres niveles.

La estrategia de Donald Trump es llegar a las nuevas negociaciones del Tratado de Libre Comercio, con todas las «armas» posibles de presión y no de concertación, para obtener los mejores beneficios comerciales y arancelarios para su país, por encima de la estabilidad económica y laboral que aún se mantiene con alfileres en este lado del charco.

La soberbia y el discurso sobrado, por momentos con ironía de parte del multimillonario presidente del país de las barras y las estrellas, proyecta la seguridad de alguien que tiene mucha información y que es capaz de lucrar con ella para conseguir sus objetivos.

El panorama no es el mejor, a pesar de los esfuerzos, por momentos estériles, para cumplir con las exigencias anglosajonas. Y pareciera que además la posición del Gobierno federal y otros más estatales es quedarse entre la espada y la pared, en espera de un gesto de misericordia o buena voluntad para evitar lo inevitable.

Donald Trump no va a dejar pasar la oportunidad —porque ésta es la última que tiene para ser presidente— de asestar un golpe certero y de efecto permanente, para demostrar que en la gobernanza mexicana existe la corrupción y la impunidad, como elementos fundamentales para combatir y debilitar a la delincuencia organizada.

El ajedrez político bilateral se antoja interesante, de alto riesgo, incluso divertido y sobre todo digno de análisis para esperar escenarios increíbles sobre lo que sucederá en ambos lados del Río Bravo.

Autor invitado.

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