Delfín Costas es un joven periodista de la provincia de Oviedo, en España. Enviado por una revista en la que colabora, llegó a México el domingo para hacer reportajes de color en torno al mundial de fútbol. Se encontró las manifestaciones de la CENTE y su asombro ante lo que vio propició una llamada telefónica tratando de encontrar orientación en mi «buen juicio», según me dijo.
No conozco personalmente al joven Delfín. Mi cercanía de amistad se cifra en la figura de Delfín Costas padre, académico de la Universidad en su provincia, respetado en su ámbito profesional, tiene ideas brillantes en torno al fenómeno educativo de su patria y al fenómeno educativo en general.
Quizá por eso, la última frase de la llamada con el muchacho Costas, me perturbó a mí también: ¿y son maestros?, me preguntó refiriéndose a los manifestantes. Me perturbó porque la frase me conduce a cuestionamientos de otra índole en torno a la educación en México.
Por ese rumbo va mi reflexión de hoy. En el trasfondo de las manifestaciones de la CENTE hay cuestionamientos mucho más profundos que su presencia en las calles de la ciudad de México.
En las grandes civilizaciones históricas el magisterio de destacados personajes ha marcado el rumbo que ha cambiado el mundo. Citar sus nombres sería una tarea ociosa pues sus nombres son ampliamente conocidos, como conocido es que las cátedras de esas figuras imprescindibles del pensamiento han sentado las bases del progreso en que la humanidad ha estado, como lo está hoy, inmersa.
Hoy, en el desenvolvimiento de un mundo convertido en aldea global, sigue vigente la figura de esos grandes maestros históricos. Se requieren para orienten, para que inspiren el nuevo rumbo de un mundo caótico y en sus preocupaciones de supervivencia, en su actitud frente a las crisis de las instituciones que la humanidad ha forjado para sobrevivir: familia, iglesia, organizaciones políticas, relaciones de pareja y, educación, por supuesto.
Hoy, aún para los que no son especialistas en estos temas, todos sabemos que la educación en México es un desastre. Cualquier investigador, así tenga un status de incipiente, sabe que urge hacer una revisión en torno a los fundamentos del aprendizaje humano. Muchos de ellos están en la experiencia educativa de los grandes maestros del pasado. Y urge esa revisión para traer la sustancia de esa experiencia al presente y entregársela a los grandes maestros de ahora, que también los hay, por cierto.
La evidencia práctica nos plantea con carácter de urgencia la redefinición de los valores, no sólo de la familia, de la escuela, de las organizaciones y de la sociedad, con miras a transformar las estrategias y las prácticas educativas para responder eficientemente a las necesidades de un mundo globalizado.
En más de una ocasión he insistido en que esa transformación debe encontrar sus fundamentos en el pensamiento y en el trabajo de un magisterio comprometido, consciente de su quehacer y con una vocación inquebrantable en su labor, donde la pasión pueda permear sus acciones.
Y sus acciones siempre deben estar encaminadas a la formación y a la educación de la generaciones de hoy y de mañana. Esa encomienda, sin embargo, debe ser cimentada en los grandes valores, los derechos y las obligaciones humanas de carácter universal. Pero también en su base deben estar el conocimiento, el desarrollo intelectual y emocional del individuo, la pedagogía y la formación ética y espiritual del sujeto para hacerlo apto en su vida de relación.
Para lograrlo también debe haber un reconocimiento de que la renovación y la modernización de los sistemas educativos en los últimos tiempos en nuestro país ha sido nula. Esa falta de búsqueda de una formación integral que alcance para el desarrollo de las emociones, de las habilidades y una serie de valores que promuevan la construcción de una sociedad solidaria, constructiva, entregada al progreso y al bienestar.
Es un hecho ineludible que la educación en México es un fracaso en todos los puntos antes dichos; también lo es en lo que respecta a una formación básica de las habilidades para el lenguaje y las matemáticas.
La explicación de este fracaso se puede dar desde muchos ángulos, pero uno de ellos, y quizá el más perverso, es la filiación de los liderazgos educativos a las ideologías de poder que gobiernan al país.
En una actitud de irresistible seducción, ambos se atraen con miras a conseguir poder y riqueza fácil. Pero en esa coyuntura de atracción pervierten ambos su quehacer contaminando, de paso, un fenómeno que resulta esencial para la formación de los individuos en sociedad.
La educación no importa si el líder sindical obtiene poder, si el profesor abandona el aula para integrarse al padrón del partido político dominante. Por su parte, las autoridades gubernamentales hacen a un lado su deber para consumarse en el poder corruptivo de sus acciones. Reparten puestos, dinero y poder con tal de mantener el status de jerarquía que manda.
¿Qué tiene que hacer el líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación como diputado de Morena? En el pasado reciente el gobierno utilizó a la CENTE con fines meramente electorales para certificar sus triunfos políticos. ¿Cuál es el asombro entonces?
Ambos fallaron en la consideración de que la educación es uno de los grandes pilares sobre los cuales se construye una sociedad equilibrada y que en ese proceso el maestro es una pieza fundamental para la transformación educativa y la transformación social. Con ese sesgo, ambas partes están fuera del ámbito educativo. No hay razón que justifique su existencia.
La transformación de una cultura, de una sociedad, de un pueblo requiere de una ética y un pacto social orientados a la formación de líderes sociales que sean capaces de promover y consolidar los valores que fundan a las sociedades progresistas y de las civilizaciones que se están gestando. Y el fundamento de todo eso es la educación.
Con liderazgos así, pobres de nosotros, pobre México. Sálvese el que pueda.
