Educación VI

En un país, como el nuestro, donde reiteradamente se ve a los deshonestos prosperar con alegría retributiva hacia lo grande, y la voz de los hombres honrados es ahogada sistemáticamente en el auge de la prosperidad ajena, es fácil ver lo que pasa en el mundo de los infantes.

Un niño en formación educativa no entiende la política y su negro entramado dirigido siempre a la consecución del poder para transformarlo en intereses que generen riqueza. Su nacionalidad se reduce a repetir sin conciencia que es mexicano porque nació en su territorio.

Quizá ese infante ignore que tiene derechos. Pero los tiene y el primero y principal derecho de todo muchacho mexicano es a vivir. Tiene derecho a esperar de los adultos y de las instituciones del Estado, lo mejor, es decir, salud, educación, protección, afecto, entornos y ambientes sanos, prosperidad económica, libertades, paz social… entre otros.

Aunque en México existe una infraestructura institucional para atender a las infancias, en los hechos éstas son una ausencia notoria y sólo están ahí como meros objetos de escenografía para ocultar la verdadera realidad.

Y esa verdadera realidad la constituye en la práctica la negación sistemática de esos derechos. Al negárselos se comete un crimen en su contra pues todo ser humano honrado, pero sobre todo si está en el ámbito educativo, debe alcanzar la voz hasta alcanzar también el timbre de protesta que se necesita para cambiar y verdaderamente transformar las cosas en un país empeñado en reactualizar sus vicios. Eso es este país; una negación constante de los derechos universales.

La fragua de esa constante nos indica que este país está lleno de hombres históricos que murieron creyendo que luchaban genuinamente por la libertad como condición necesaria para dejar atrás la servidumbre de la pobreza y el temor, ambos caldo de cultivo donde se genera lo peor de una sociedad que no tiene rumbo.

Por eso, de alguna forma, este país es una grosera y burda mascarada que no ofrece respuestas claras de sus muertos, de sus desaparecidos, de los sin empleo, de los que carecen de atención médica, de los pobres, de los que sufren los estragos de una educación convertida en burocracia estéril.

En este artículo, como en otras entregas anteriores, hablo en nombre de los que no tienen voz en México. Hablo de aquel a quien hay que liberar de la corrupción política tratando, aunque sea como un mero ideal, de fomentar la formación de una conciencia ciudadana que pueda conducir al sujeto individual a la afirmación de una conciencia nacional.

Ambas cosas son posibles a través de una educación sólida, asentada en valores constructivos que determinen perfiles de alto desarrollo y competencia entre los muchachos en formación pues ese camino permite recuperar y/o crear la necesaria confianza mutua entre los ciudadanos y las instituciones en el entendido de que, sin esa confianza, resulta completamente imposible cualquier planteamiento de cambio, aunque se pongan en marcha reformas encaminadas para tal fin.

El camino vuelve a ser muy simple. En la raíz de cualquier solución a los problemas vitales de un individuo y de una sociedad, está en la educación. Sin ella no se produce un ciudadano esclarecido que pueda hablar con autoridad de esos problemas donde siempre estarán en juego intereses y cuestiones de poder y sólo esa voz fuerte y clara puede interpretarlas y dar opciones de solución.

Pero para eso, volvemos a lo mismo, se requiere una sociedad educada perfectamente bien educada que, a su vez, sea capaz de formar educadores con una vocación de apóstoles para impulsar reformas cuyo punto de llegada sea una estación donde la justicia social sea una realidad concreta.

Hoy apenas nos alcanza para alimentar una leve esperanza. Existen, en efecto, educadores que admiten la necesidad de reformas educativas sustanciales, pero mantienen un agudo temor a las consecuencias de una situación social explosiva que se contraponga a las disposiciones institucionales.

Porque, en verdad, un auténtico educador debiera estar hoy lleno de rabia porque tiene en su conciencia la certeza de no poder continuar siendo educador a menos que haga algo digno de ese nombre. Un educador de hoy no puede quedarse en el confort que le otorga el aula y el sistema educativo, predicando solo el monólogo que la institución oficial propone mientras los muchachos vegetan en esa zona etérea de la formación, que no es nada ante los imperativos de un mundo que se hace trizas delante de nuestra mirada.

La pobreza no debería ser una opción para una parte de la sociedad. La pobreza se alza como una acusación cotidiana a la indiferencia con que los Gobiernos en turno, como ahora el de Claudia Sheinbaum, el egoísmo de los ricos, que se niegan a mirar hacia esa parte de la sociedad sometida al rigor de las dificultades diarias.

La corrupción en nuestro país es un nido de alimañas que resquebraja que separa el mundo social. La indiferencia gubernamental, enmarcada por un discurso propagandístico encaminado a hacer creer que se le combate, la indiferencia empresarial y la indiferencia social constituyen los elementos ideales donde se cultiva el resentimiento, que luego será rebelión entre los que son víctimas de la corrupción.

En todo caso, la pobreza y la falta de oportunidades reales son la verdadera escuela donde se forman la violencia y el crimen organizado.

Todo el territorio mexicano es de una pobreza indigna, aún en sitios que parecen de progreso para una minoría, éste se encuentra sustentado en la pobreza de los muchos. Sin embargo, esa es la tierra fértil donde la educación puede contribuir con éxito al abatimiento de áreas marginales.

No tengo duda de eso. Si en México se privilegiara la educación y no la agenda de los políticos y sus partidos, el Gobierno de la presidenta Sheinbaum no tendría tantos vacíos expresados en marchas para protestar por todo lo que no se ha cumplido y entonces tiene que pelear con ellos; tendría, por el contrario, un núcleo ciudadano que le ayudaría a gobernar construyendo espacios de discusión de los problemas más vitales de este país.

Para eso sirve, entre otras cosas, la educación.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

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