No, pues nada qué hacer. Frente al amago del Gobierno federal de acortar el calendario escolar se queda uno atónito ante el despropósito que se intentó realizar desde la Secretaría de Educación Pública, ¿por iniciativa de quién?
La pregunta que cierra el párrafo anterior no es gratuita; por el contrario, resulta más que pertinente pues abre un abanico de múltiples posibilidades en la oferta de desaciertos que el Gobierno impone como práctica en algo que creó como una más de las ocurrencias en que se ha cifrado su hacer: la nueva escuela mexicana.
El desacierto deja ver algo que ya se sabía de antemano: la pequeñez intelectual del secretario de Educación en el ámbito educativo. La pretensión de acortar el calendario enarbolando la clase de argumentos que se utilizaron para ello no hace sino corroborar la naturaleza ínfima de un cerebro que no está hecho para tratar con ideas. Es un cerebro chiquito.
Lo que toda esa actuación en torno a ese asunto deja como lección es el hecho real de que, tanto las autoridades educativas como la propia administración Sheinbaum, si no entienden lo que la escuela representa, mucho menos entienden la relevancia del fenómeno educativo.
La escuela, que es la expresión que visibiliza la educación, no sólo es el sitio donde se establece la enseñanza; en realidad la escuela es el lugar donde se configura y se traza el mapa más fidedigno de una sociedad. Es así porque ahí se expresan muchas insatisfacciones y malestares profundos que afectan al grupo social donde se ubica el centro educativo.
La tradicional lectura que se hace de la escuela es aquella que la concibe como un recinto sagrado donde tiene lugar la enseñanza a cargo de un docente y el aprendizaje que recae en el alumno. Vista así, es el sitio donde se consuman las vocaciones y el sitio donde se funda el futuro de las generaciones que estudian.
Está bien. Pero a mí me gusta más la otra lectura, la que proponen Freire o Piaget, que ve a la escuela como el lugar donde se problematiza el entorno y su abordamiento constituye el principio de resolución de los problemas que plantea el trazo de una sociedad donde se pretende alcanzar el bienestar.
Cuando se le ve de esa manera, la escuela es puesta en cuestión como instrumento social y se trata de cambiarle el sentido que sólo la propone como un sistema en donde la orientación es cada vez más selectiva que sólo ofrece al estudiante un futuro situado en el extremo de la incertidumbre.
Una sociedad alerta, en plena conciencia de que es una entidad en constante cambio, debería mantener la exigencia que la escuela fuera atendida con otro carácter pues sabría de antemano que la educación representa el capital más seguro de una nación. Es decir, todos ganan cuando se invierte en este rubro.
Ada Abraham, profesora y pedagoga de la Universidad Hebrea de Jerusalén, dice que la escuela hoy plantea varias cuestiones que deben ser atendidas con urgencia: «malestar docente, instituciones a las que les falta flexibilidad y espíritu innovador, a la sociedad toda que no sabe evaluarse ella misma». Yo añadiría que no sabe comprenderse ni entender los estados de malestar por los que pasa.
Ni la sociedad ni las i nstituciones del Estado han podido visualizar los contornos de una «catástrofe silenciosa», en palabras de Gilberto Guevara Niebla, y cuyos rasgos alarmantes los otorga la ausencia de una opinión pública fundada en la crítica, no en la ideología; los medios de comunicación alejados de su función de informar y formar otras miradas de la realidad que se aparten de las que propone el poder público; los padres de familia sometidos a jornadas laborales que los desbordan; la segregación legal de la sociedad a la que sólo se le toma en cuenta con fines aclamatorios al poder en turno; los sindicatos e instituciones educativas que sólo han facilitado arreglos internos en torno a los problemas educativos.
Los daños que se le infringe a la educación pública del país por esos «arreglos» no hacen ruido, por eso no se ven. Pero es claro que, a la vuelta de unos cuantos años, podremos visualizar y quizá medir la magnitud de esa catástrofe que hoy estamos gestando sólo por no atender, mediante políticas públicas hechas con inteligencia y deseos de hacerle frente al problema.
Entiendo que sólo estaremos en posibilidades de emprender una verdadera reforma educativa (que vaya más allá de esa masa de ideas tan difusa llamada Nueva Escuela Mexicana) que la contemporaneidad reclama. El contexto de ese tiempo contemporáneo debe ser un amplio llamado de alerta a la opinión pública sobre la magnitud del problema educativo y no dejarlo únicamente en manos del Gobierno. Y no dejarlo porque vamos directo a la catástrofe.
El secretario de Educación, la presidenta de la república, senadores y diputados, además de los Gobiernos estatales y alcaldes, nos muestran cada día su desinterés y su ignorancia por el fenómeno educativo.
El hecho de que el señor Mario Delgado haya hecho ese amague resulta, sin embargo, casi anecdótico. Lo preocupante es la intención. ¿Qué querían con eso? ¿Quién se iba a beneficiar con ese despropósito? ¿Por y para qué?
Porque si endebles, por inverosímiles, eran los argumentos que centraban su fuerza en la protección de la niñez ante el calor de esta temporada y el mundial de futbol que, por cierto, sólo se jugará en tres ciudades, igualmente endebles e inverosímiles son los que apuntan a cuidar la imagen de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, o el otro que señalan hacia los probables desórdenes de la CNTE durante el mundial de futbol.
No, y no poder hacer una lectura adecuada del evento me da terror. Algo querían, eso es claro. Me asusta. ¿acaso pretenden paliar la invasión gringa que vendrá por los narcopolíticos de este país junto con el partido Morena? Sí, me asusta.
Lo único cierto, en todo caso, es que ni la Secretaría de Educación Pública ni el Gobierno federal pueden liberarse de sus altas responsabilidades nacionales en materia educativa. Hacerlo sería lanzar por un despeñadero la noble causa de la educación pública pues eso sería cancelar el futuro de México en sus aspiraciones de independencia y soberanía.
