Mientras Washington y Pekín ajustan calendarios y cohetes, el satélite natural se convierte en laboratorio, base y símbolo de poder. Sus minerales estratégicos y el dominio de sistemas avanzados impulsan la competencia y la influencia global
Gasto espacial desenfrenado contra urgencias terrenales
La Luna vuelve a ser un campo de disputa. Más de medio siglo después de que Apollo 11 sellara la victoria estadounidense en la carrera espacial de la Guerra Fría, dos potencias se preparan para un nuevo pulso. Estados Unidos quiere regresar astronautas a la superficie lunar antes de que termine la década; China busca hacer lo mismo poco después. Ya no se trata sólo de plantar una bandera. Esta vez, lo que está en juego es la permanencia, el control tecnológico y la proyección de poder más allá de la Tierra.
«Estamos en una carrera hacia la Luna no solo para plantar banderas y dejar huellas, sino para asegurar una presencia a largo plazo que definirá el futuro de la exploración espacial y el desarrollo económico más allá de la Tierra».
Bill Nelson, administrador de la NASA
El programa Artemis, encabezado por la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA), representa el intento más ambicioso de Washington por recuperar liderazgo en el espacio profundo. La misión Artemis II lleva a cuatro astronautas alrededor de la Luna en un viaje de aproximadamente 10 días, alcanzando distancias superiores a los 370 mil kilómetros de la Tierra. Es el primer vuelo tripulado más allá de la órbita baja desde 1972. Si el calendario se mantiene, el alunizaje llegaría con Artemis III en 2028. «¡Que Dios bendiga a nuestros increíbles astronautas!», escribió el presidente Donald Trump en su plataforma, Truth Social, para felicitar a aquellos a bordo de la misión.
Del otro lado, el programa espacial chino avanza con una estrategia más discreta, pero sostenida. La Administración Espacial Nacional China (CNSA) ha delineado un plan para enviar taikonautas a la superficie lunar antes de 2030, apoyado por una serie de misiones robóticas previas y por el desarrollo de un nuevo cohete de gran capacidad, el Long March 10. Pekín no sólo busca llegar, sino que aspira a establecer una base científica internacional en el satélite hacia la década de 2030, en coordinación con Rusia y otros socios.
«La exploración lunar no tiene fin. Los logros de este proyecto representan la sabiduría y el esfuerzo de generaciones de trabajadores aeroespaciales chinos, y muestran los notables avances en autosuficiencia científica y tecnológica que hemos alcanzado. Debemos promover el espíritu de perseguir sueños, atreverse a explorar y cooperar para superar desafíos», dijo el presidente Xi Jinping durante un encuentro con científicos y técnicos que participaron en la misión Chang’e‑6, en 2024.
El contraste entre ambos programas también se refleja en cifras. El presupuesto anual de la NASA ronda los 25 mil millones de dólares, de los cuales una porción significativa se destina a Artemis. China, por su parte, no publica cifras detalladas, pero estimaciones independientes sitúan su gasto espacial en más de 14 mil millones de dólares anuales, con un crecimiento sostenido en la última década. En términos de lanzamientos, ambos países compiten ya de forma directa. El año pasado realizaron más de 60 misiones orbitales combinadas. «Estamos en una carrera hacia la Luna no solo para plantar banderas y dejar huellas, sino para asegurar una presencia a largo plazo que definirá el futuro de la exploración espacial y el desarrollo económico más allá de la Tierra», afirmó el administrador de la NASA, Bill Nelson, durante una audiencia en el Congreso estadounidense en 2025.
A diferencia de los años 60, el enfrentamiento ya no se limita a dos bandos claramente definidos. Estados Unidos ha tejido una red de alianzas a través de los Acuerdos Artemis, que incluyen a más de 30 países, entre ellos Japón, Canadá y miembros de la Agencia Espacial Europea. China, por su parte, impulsa su propia coalición con Rusia y naciones emergentes interesadas en participar en la exploración lunar.
Esta dimensión internacional introduce un nuevo elemento: la definición de reglas. ¿Quién establece los estándares para la explotación de recursos? ¿Qué normas regirán la instalación de bases? El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe la apropiación nacional de cuerpos celestes, pero no regula de manera clara la extracción de recursos, lo que deja un vacío jurídico que ambas potencias buscan llenar con sus propios marcos. «Si un país o un grupo de países logra establecer primero una presencia sostenida en la Luna, tendrá una ventaja significativa a la hora de fijar las normas, los estándares y las reglas de comportamiento», advirtió la analista Joan Johnson-Freese, especialista en política espacial, en un informe del U.S. Naval War College.
Ciencia y negocio
Si la geopolítica explica el «quién», la ciencia y la economía explican el «para qué». La Luna ha dejado de ser un destino final para convertirse en un punto de partida. Tanto el programa Artemis como los planes chinos coinciden en un objetivo central: construir una presencia permanente que funcione como plataforma para misiones más lejanas, especialmente hacia Marte.
Uno de los elementos más codiciados es el hielo de agua detectado en los polos lunares, particularmente en cráteres que nunca reciben luz solar directa. Datos de misiones como Lunar Reconnaissance Orbiter han confirmado su presencia en cantidades significativas. Este recurso podría transformarse en combustible —hidrógeno y oxígeno—, reduciendo drásticamente los costos de futuras expediciones. También permitiría sostener bases habitadas durante largos periodos.
A ello se suma el interés por minerales raros y el helio-3, un isótopo escaso en la Tierra, pero abundante en la superficie lunar. Aunque su explotación comercial aún es hipotética, algunos estudios sugieren que podría convertirse en una fuente de energía limpia en el futuro si la fusión nuclear se vuelve viable a gran escala. «La Luna no es solo un destino, es un campo de pruebas y una plataforma. Lo que aprendamos allí permitirá a la humanidad dar el siguiente gran salto hacia Marte y más allá», ha señalado la NASA en documentos oficiales del programa Artemis.
Las empresas privadas juegan un papel clave en este escenario. Compañías como SpaceX y Blue Origin participan activamente en el desarrollo de cohetes, módulos de aterrizaje y complejos de transporte. El sistema Starship, por ejemplo, ha sido seleccionado como módulo de alunizaje para Artemis III, en un contrato multimillonario que refleja el creciente peso del sector privado.
Este nuevo modelo introduce otra capa de complejidad. A diferencia de la carrera espacial original, financiada casi exclusivamente por el Gobierno, la actual abre la puerta a intereses comerciales que podrían acelerar —o distorsionar— la exploración. Se estima que la economía espacial global podría superar el billón de dólares hacia 2040, según proyecciones de Morgan Stanley.
China no se queda atrás y también ha comenzado a abrir su programa a actores comerciales, aunque bajo un modelo más controlado por el Estado. Empresas privadas chinas participan en el desarrollo de tecnología, pero dentro de un marco estratégico definido por el Gobierno.
El factor humano
Hay un componente profundamente humano en esta nueva etapa. Desde la misión Apollo 17, en 1972, ninguna persona ha abandonado la órbita baja terrestre. Más de cinco décadas después, la civilización se prepara para regresar a un entorno hostil, donde cada error puede ser fatal. La misión Artemis II representa un primer paso simbólico y técnico. Sus astronautas viajan en la cápsula Orion impulsada por el cohete Space Launch System, el más potente construido por la NASA. Durante el vuelo, la nave realizará una trayectoria de retorno libre alrededor de la Luna, lo que permitirá regresar a la Tierra sin necesidad de propulsión adicional en caso de emergencia.
«Esta misión consiste en demostrar que nuestros sistemas pueden llevar a los humanos de forma segura más lejos de lo que hemos llegado en más de 50 años y traerlos de vuelta a casa», explicó Reid Wiseman, comandante de Artemis II. El perfil de las tripulaciones también refleja un cambio de época. La NASA ha subrayado que sus próximas misiones incluirán a la primera mujer y a la primera persona de color en pisar la Luna, marcando un contraste con la homogeneidad de las misiones Apolo.
Pero los riesgos siguen siendo enormes. La radiación cósmica, la exposición prolongada a microgravedad, la distancia —que complica cualquier intento de rescate— y la dependencia absoluta de la tecnología convierten cada misión en una apuesta de alto riesgo. Un fallo en sistemas críticos podría ser irreversible a esa distancia. Además, los desafíos psicológicos no son menores. El aislamiento, la comunicación retardada con la Tierra y la presión constante forman parte de un entorno extremo que apenas comienza a estudiarse en profundidad. E4
Cronología del programa Artemis
| Misión / Etapa | Fecha | Tipo / Meta | Qué ocurrió |
|---|---|---|---|
| Artemis I | 16 nov 2022 | Vuelo no tripulado | Prueba completa del cohete SLS y la cápsula Orion; orbitó la Luna durante 25 días |
| Regreso Artemis I | 11 dic 2022 | Reentrada | Orion ameriza con éxito en el Pacífico tras misión de prueba |
| Retrasos Artemis II | 2024–2026 | Preparación | Misión originalmente planeada para 2024 |
| Artemis II (lanzamiento) | 1 abr 2026 | Primer vuelo tripulado | Cuatro astronautas despegan rumbo a la Luna |
| Artemis II (vuelo) | abril 2026 | Sobrevuelo lunar | Primer viaje humano más allá de órbita terrestre desde 1972 |
| Artemis II (misión) | 10 días | Validación | Trayectoria de retorno libre alrededor de la Luna |
| Artemis III (reconfiguración) | 2026 | Cambio de plan | Se elimina alunizaje inicial |
| Artemis III (prevista) | 2027 | Pruebas técnicas | Ensayos de trajes, acoplamiento y sistemas en órbita |
| Meta original Artemis III | (cancelada) 2027 | Alunizaje | Iba a ser el regreso humano a la Luna |
| Artemis IV (prevista) | 2028 | Primer alunizaje | Descenso de astronautas a la superficie lunar |
| Artemis V (prevista) | finales 2028 | Consolidación | Segunda misión de alunizaje y avance hacia base lunar |
| Fase posterior | Década del 2030 | Presencia permanente | Construcción de estaciones y operaciones sostenidas |
Gasto espacial desenfrenado contra urgencias terrenales
La NASA y la CNSA engullen enormes presupuestos cuando la humanidad enfrenta carencias críticas en salud, educación y adaptación climática
El regreso a la Luna no sólo reabre una competencia tecnológica entre potencias. También revive una vieja pregunta: ¿cuánto cuesta mirar hacia el cielo mientras la Tierra acumula crisis? En plena reactivación de la carrera espacial, los presupuestos destinados a explorar el satélite contrastan con un mundo que enfrenta pobreza, cambio climático y sistemas de salud bajo presión.
El programa Artemis es el ejemplo más visible de esta nueva ambición. De acuerdo con una auditoría de la propia Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA), el costo total del programa alcanzará aproximadamente 93 mil millones de dólares entre 2012 y 2025. Otras estimaciones elevan la cifra por encima de los 100 mil millones hacia 2028, considerando fases posteriores y nuevos contratos. Cada lanzamiento del sistema central —cohete y cápsula— puede costar alrededor de 4 mil 100 millones de dólares.
El presupuesto anual de la NASA también da dimensión del esfuerzo. Son 25 mil millones de dólares que representan el 0.35% del gasto federal estadounidense, una proporción muy inferior a la de la era Apolo. Aun así, en términos absolutos, se trata de uno de los programas científicos más costosos del planeta.
Del otro lado, Pekín ha incrementado de forma sostenida su inversión para la Administración Espacial Nacional China (CNSA). Su programa ronda los 14 mil millones de dólares anuales, según estimaciones recientes, con planes de expansión conforme se acerca el objetivo de llevar astronautas a la Luna antes de 2030. Aunque menor al estadounidense, el gasto chino ha crecido con rapidez y se integra en una estrategia más amplia de desarrollo tecnológico.
La suma de estos esfuerzos no es menor. Si se agregan los presupuestos de agencias como la Agencia Espacial Europea —con más de 20 mil millones de dólares para el periodo 2023-2025— y otros actores, la inversión global en exploración espacial alcanza decenas de miles de millones cada año.
Frente a estas cifras, la comparación con necesidades terrestres resulta inevitable. Según el Banco Mundial, erradicar la pobreza extrema a nivel global requeriría inversiones anuales del orden de cientos de miles de millones de dólares, una cantidad superior pero no distante del gasto militar o tecnológico global. En materia climática, la ONU ha estimado que los países en desarrollo necesitan más de 200 mil millones de dólares anuales para adaptación hacia 2030.
El contraste no implica necesariamente una contradicción directa, pero sí evidencia prioridades. Mientras una sola misión lunar puede costar miles de millones, programas de salud pública o educación en países de bajos ingresos operan con presupuestos considerablemente menores.
Defensores de la exploración espacial argumentan que la comparación es simplista. Sostienen que el gasto en ciencia y tecnología genera retornos económicos indirectos, innovación y empleos de alta especialización. De hecho, la propia NASA ha defendido históricamente que cada dólar invertido en sus programas produce beneficios tecnológicos que terminan permeando en la vida cotidiana, desde sistemas de comunicación hasta avances médicos. «La exploración espacial impulsa la innovación, crea empleos de alta tecnología e inspira a la próxima generación de científicos e ingenieros», ha señalado la agencia en sus informes presupuestarios, dejando entrever que invertir en el espacio no sólo es un gasto, sino una apuesta a largo plazo.
Sin embargo, los críticos cuestionan el equilibrio. En un contexto de crisis climática, desigualdad creciente y conflictos internacionales, destinar decenas de miles de millones a la exploración lunar puede percibirse como una desconexión entre prioridades políticas y necesidades sociales.
El debate no es nuevo. Durante la década de 1960, el programa Apolo también fue objeto de críticas por su elevado costo —unos 280 mil millones de dólares actuales— en un momento de tensiones sociales internas en Estados Unidos. Hoy, la discusión resurge en un contexto global mucho más complejo.
Hay además un elemento estratégico que complica el análisis. La competencia. En el actual escenario, reducir el gasto espacial podría interpretarse como ceder terreno frente a rivales geopolíticos. Legisladores estadounidenses han advertido que perder liderazgo en el espacio podría tener implicaciones económicas y de seguridad en el largo plazo.
La pregunta de fondo, entonces, no es solo cuánto se gasta, sino cómo se justifica. Para algunos, la exploración espacial representa una extensión natural del progreso humano. Una inversión en conocimiento, tecnología y futuro. Para otros, es un lujo en un mundo que aún no resuelve problemas básicos. E4
