Quería que siguieras conmigo.
Era lo justo.
Era lo que tocaba
según la cuenta sencilla de la vida.
Pero el cielo…
yo creo que el cielo se equivocó.
Lo digo con la misma calma con la que un hombre revisa una suma en un papel viejo y descubre que algo no cuadra.
Una cifra movida.
Un nombre en la línea equivocada.
Porque tu historia
—según lo que yo alcanzaba a mirar— todavía no estaba terminada.
La muerte llegó antes de tiempo, como esos visitantes que se presentan cuando la olla todavía hierve en el fogón y la conversación sigue viva alrededor de la mesa.
No eras tú…
Había todavía días por gastar contigo.
Días sencillos.
Cenas sin importancia que hoy serían una fiesta.
Había bromas guardadas en el bolsillo del tiempo, caminos que nunca alcanzamos a pisar, silencios de esos que no pesan porque dos personas que se quieren saben quedarse quietas juntas sin necesitar palabras.
La vida todavía estaba escribiendo tu nombre en la página de los días.
Pero la muerte —que a veces parece una secretaria distraída del destino— leyó mal la línea… Y vino por ti.
No sé cómo se decide eso.
No sé quién levanta la mano allá arriba y dice:
«es momento».
No sé qué mesa se reúne ni qué libro consultan para arrancar a alguien de una historia que todavía estaba respirando.
Lo único que sé es que ese día la muerte pasó por la puerta equivocada.
No…
Yo no estaba lista.
Tal vez nadie lo está nunca.
Tal vez nadie aprende a perder sin que algo adentro se rompa para siempre.
Desde que te fuiste
los días siguen caminando como siempre.
El sol sale.
La gente se ríe en las calles.
Los mercados se llenan de voces.
Pero en mi mundo algo quedó torcido.
El café sabe distinto.
Las tardes se vuelven más largas.
Y la noche pesa como si trajera piedras en los bolsillos.
A veces me enojo con el cielo.
Pienso: maldito error.
Un error que me roba la paz de cada día y el sueño de cada noche.
Luego me quedo callada.
Porque tal vez el cielo no se equivocó… y la que no entiende soy yo.
Tal vez la muerte no pide permiso.
Tal vez simplemente llega, como llega el hambre, como llega la lluvia,
como llega la sombra cuando el sol se cansa.
…
Pero de algo estoy segura.
Si la muerte vino por ti también cometió otro descuido.
Se llevó tu cuerpo, pero dejó todo lo demás.
Se le olvidó llevarse este amor que sigue sentado conmigo a la mesa.
Se le olvidaron los recuerdos que se levantan como humo tibio cuando pronuncio
tu nombre.
Se le olvidaron mil historias que todavía caminan conmigo.
Y ese descuido suyo —bendito descuido— hace que de una manera extraña
sigamos juntas.
No como yo quisiera.
No como antes.
Pero juntas…
Porque la muerte podrá llevarse la voz, la risa, las manos…
pero hay cosas que ni la muerte sabe cargar.
Por ejemplo, este amor que insiste en quedarse.
