El colapso de la fantasía

Es propio de la política recrear la esperanza, en ocasiones en los terrenos de la fantasía; Raymundo Riva Palacio ha aludido al caso cubano y la oferta utópica de su fundador, Fidel Castro. Igual ocurre en México y en Estados Unidos, aunque con diferentes ritmos y expresiones. Más parecido a Cuba es lo de Venezuela con Hugo Chávez. Líderes carismáticos que creen caminar sobre el agua, enfermizamente convencidos de que son de otra pasta y que, en su fantasía, llevan a sus pueblos a aventuras que inevitablemente concluyen en desastre.

El colapso del proyecto político es cuestión de tiempo. Por eso, todos, absolutamente todos los regímenes populistas terminan en desgracia y, a veces, en tragedia. La realidad no admite desafíos ilusorios; por eso los grandes estadistas parten del reconocimiento de las limitaciones y de los estrechos márgenes de eficacia. Precisamente eso, entender la realidad en su complejidad y lo que sí está al alcance hace del gobernante un gran transformador, el líder de un cambio no solo trascendente, sino positivo.

Estados Unidos no tendrá mayor problema para ver el colapso del régimen castrista, como el mundo ha visto el penoso tránsito de los residuos del chavismo en colaboracionismo con el imperio al que tanto denostaba. Algo semejante ocurrirá en Cuba. Así es porque la razón del colapso del régimen no es Donald Trump, ni MAGA o la destreza de Marco Rubio, secretario de Estado; la causa es la perversión de la fantasía: defraudar la esperanza con las obsesiones propias del poder —continuidad, concentración de autoridad y dinero—.

El obradorismo está tocado de muerte. Puede ser una transición amable o, como se está perfilando, ruda y dura. El relevo en el Gobierno ofreció la oportunidad, riesgosa, de un cambio gradual y correctivo para superar las dos principales insuficiencias del proyecto: la impunidad y la concentración del poder. El segundo piso acentuó, apresuró el ritmo. Precipitó el colapso institucional con la reforma al Poder Judicial, derribando la última trinchera de contención al abuso presidencial. Todo poder sin freno acaba por volverse en contra: regla de tiempos ancestrales y razón de la vigencia del régimen democrático, como se observa ahora frente a Donald Trump, que no será derrotado por las armas, sino por las decisiones de los jueces y el voto popular.

Nuevamente, la caída del morenismo no será por Donald Trump, MAGA, el secretario Marco Rubio o el de Defensa, Pete Hegseth; será por cuenta propia. La impunidad es el cáncer, y los anticuerpos institucionales dejaron de existir cuando se destruyeron las condiciones para la supremacía de la Constitución y de la legalidad. Queda el voto, y por eso el régimen se ha esmerado en destruir las bases que garantizan la pluralidad y elecciones justas, mediante la interferencia presidencial al hacer campaña.

La magia de una democracia es ofrecer una vía para un aterrizaje amable a todo régimen, por autoritario que sea. Sucedió con el PRI y, prácticamente, todos los países han podido transitar a un mejor régimen y sistema por la vía civilizada, cuando son realidad elecciones justas e incluyentes y, por lo mismo, convincentes.

El régimen morenista va justamente en sentido contrario. El riesgo no es que se reproduzca indefinidamente en el poder; sino que en el afán de mantenerse traslade la lucha por el poder fuera de las instituciones y de la civilidad. La opción más razonable es apostar por la democracia. En el corto plazo, incluso en un contexto de normalidad electoral Morena tiene todo para prevalecer, aunque en un entorno de pluralidad.

La presidenta Sheinbaum requiere una hoja de ruta no solo para su Gobierno sino para el país. Lo que resulta impensable es que la prioridad sea la elección de 2027 y que, a pesar de todas las ventajas —legítimas, ilegítimas o ilegales— de Morena y sus candidatos, pretenda inmiscuirse en el proceso electoral para convertir la consulta de ratificación de mandato en un vehículo de campaña paralela a su partido y candidatos, al grado de que incluso el PT, un partido históricamente aliado, ha hecho pública su reserva ante la evidente intención presidencial.

La vía democrática permitiría al régimen sobrevivir e intentar ganar legitimidad, no con encuestas de aprobación, sino con votos emitidos en elecciones justas y sin exclusión de partidos o candidatos. En ese sentido, el registro de SomosMx será medida del futuro del régimen democrático.

Cuentas alegres

Contrario a la creencia de que el presidente es la persona más informada del país, otra es la realidad. Informarse requiere disciplina, método y disposición. No es fácil, mucho menos en una autocracia de corte populista, porque las pasiones se sobreponen a las razones. Los presidentes acaban por creer su prédica, por absurda que sea. López Obrador afirmaba que el sistema de salud sería semejante al de Dinamarca, mientras que la presidenta Sheinbaum dice que México es el país más democrático del mundo por la farsa de la elección judicial.

El populismo lleva fatalmente a la polarización, esto es, un ambiente de guerra en el que la primera baja es la verdad. La verticalidad no da lugar al cuestionamiento ni a la reflexión crítica, que llevan a la autocomplacencia. Era inevitable que Jesús Ramírez Cuevas, precisamente por sus limitaciones y mediocridad se impusiera a Julio Scherer Ibarra quien tenía sentido de los límites del poder presidencial. Julio era molesto, Jesús daba vuelo a las pulsiones de AMLO. Julio le ponderaba los costos de las decisiones; Jesús confirmaba que él caminaba sobre el agua.

Scherer Ibarra no fue el en el desencanto por el naufragio del proyecto. Otros optaron por retirarse. El ingeniero Javier Jiménez Espriú se oponía a militarizar al sector; Germán Martínez a las decisiones desastrosas en salud y Carlos Urzúa por el desorden financiero del Gobierno. El presidente se regodeaba con las encuestas mientras que el país lo padecía. Las cifras de seguridad, crecimiento económico, finanzas públicas, corrupción, salud, educación, amén de las obras emblemáticas son testimonio inequívoco de una gestión pública desastrosa; las asignaciones monetarias a la población y el incremento de los salarios no dan para justificar o compensar, ni siquiera en términos de bienestar, porque los mexicanos están peor ahora, a pesar de los dineros que reciben.

Las cuentas alegres confunden a la presidenta Sheinbaum. La más dañina de todas es la del acuerdo presidencial que revelan las encuestas, a pesar de que esos mismos estudios muestran que el Gobierno está reprobado en todos los temas: seguridad, calidad e integridad de gobierno, economía, soberanía e independencia nacionales.

Las encuestas no miden razones, sino emociones, estados de ánimo y como tal, por creencias profundas, quien ocupa la presidencia es un símbolo que se resuelve en el imaginario a partir de fijaciones históricas, siempre alejadas de la cultura y valores ciudadanos. El poder de la mañanera es que recrea las fantasías populares sobre la eficacia y calidad de su líder político, proceso que se resuelve a través de la reproducción de la narrativa fantasiosa y acrítica que hacen los medios. Esto explica la intolerancia a la crítica y que el escrutinio independiente al poder esté sujeto a un permanente ataque y acoso por la presidencia de la República.

La presidenta Sheinbaum compró la idea de que su popularidad era la solución al incierto —por decir lo menos— escenario electoral en 2027. El país no importa, sino la reproducción del régimen político en el poder. El argumento fue lineal: si se tenían esas cifras de aprobación, por qué no adelantar la consulta para la ratificación de mandato en 2027 y de paso habilitar en la Constitución para hacer campaña. Sí, hacer campaña, no sólo hablar, como lo ha afirmado la mandataria. El texto propuesto dice: «La persona sujeta a revocación podrá difundir el proceso y promover el voto a su favor en los términos que establezca la ley de la materia». Igual que su antecesor, la presidenta Sheinbaum invoca libertad de expresión cuando, en realidad, es una forma deliberada para avanzar en la causa política propia, privilegiando los objetivos electorales y, de ser el caso, dar un navajazo alevoso a los críticos independientes y opositores.

La presidenta o quien le aconseje llevar adelante la consulta de ratificación lleva mal las cuentas. El asunto es muy delicado, además, el país vive momentos inéditos por la lucha contra el crimen y la amenaza que representa el Gobierno norteamericano. Una presidenta en campaña es una grave irresponsabilidad; además, no hay claridad sobre qué pueda venir.

Al régimen se le volvió costumbre estar en permanente campaña y olvidarse de los problemas del país. Las cuentas alegres, además de engañosas, distraen a la presidenta de su mayor responsabilidad. Su exclusión en el operativo para aniquilar al líder del CJNG es una llamada de atención sobre la ausencia de la presidencia, incluso en temas tan graves como el de la seguridad nacional.

Autor invitado.

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