El enfermo imaginario: un enfermo de verdad

Artimaña daña mitra

Gilberto Prado Galán

Molière ha escrito una deliciosa comedia —El enfermo imaginario— que conserva toda su vigencia. Mucho se ha comentado sobre ella. Trataré, con modestia, cerrar el círculo hermenéutico y ver qué nos dice hoy la pieza teatral de este extraordinario dramaturgo francés. El problema de la salud sigue siendo un pendiente en nuestro país y vale la pena encararlo desde la perspectiva del arte.

La obra fue estrenada en 1673 y se compone de tres actos. La trama es relativamente accesible. Es la historia de un hipocondriaco llamado Argan. La obsesión por la salud lo lleva a los brazos de médicos charlatanes. No lo curan, pero sí lo expolian. Como salida busca casar a su hija Angélique con el hijo de su médico, Thomas Diafoirus y, de ese modo, asegurar un médico de cabecera. Por otra parte, su esposa Béline, mujer ambiciosa, pretende quedarse con la herencia.

Al final, el enfermo se finge muerto. Su esposa cae en la trampa y revela sus aviesas intenciones de apoderarse de la fortuna de Argan. En cambio, la hija Angélique, muestra con sinceridad su dolor. Argan rectifica. Béralde, el hermano de Argan, y la criada Toinette idean un plan: que Argan se convierta en médico y de ese modo resuelva por sí mismo sus dudas en torno a su salud.

Salta a la vista que la obra es una crítica a la incompetencia y a la codicia de los médicos de su época y a la hipocondría de sus falsos enfermos. Es explicable que en esa época no se recurra al psicólogo para que cure la neurosis hipocondriaca. La psicología todavía no hacía su aparición. Así es que el único recurso que tendrá Argan será abandonarse a los malos oficios de los que con tino han sido motejados como «matasanos».

En el acto tercero, en la tercera escena, asistimos al diálogo clave entre los dos hermanos, Argan y Béralde. El segundo intenta convencer a Argan de que está equivocado, que en realidad no está enfermo y que debe casar a su hija con su enamorado Cléonte y no con Thomas. Béralde, sin pelos en la lengua, habla contra la medicina: «No veo que para sentirse uno bien tenga necesariamente que creer en la medicina». Y luego la monta contra los médicos: «La mayoría de los médicos conocen bellas humanidades, saben hablar un hermoso latín, te pueden decir en griego el nombre de todas las enfermedades, definirlas y clasificarlas; pero, en cuanto a curarlas, es lo que les falta totalmente por saber». Para este personaje, el recurso a los médicos «es una prueba de la debilidad humana y no de la verdad de su arte».

Empero, Béralde censura, mas su propuesta es endeble e ingenua. Sugiere que lo que hay que hacer cuando uno está enfermo es simple y llanamente nada: «No hay que hacer más que quedarse en reposo». La naturaleza es la solución. Hay que dejarla hacer. Y remata con estas palabras: «Casi todos los hombres mueren a causa de sus remedios, no de sus enfermedades». No coincidimos con él. La naturaleza cura, pero necesita un «empujoncito» de la cultura. En este caso, de la medicina eficaz y de los médicos profesionales.

La preocupación excesiva y desproporcionada por la salud se trata hoy en día psicológicamente. Es un tipo de neurosis particular. Un retraimiento narcisista que nos lleva a retirar la energía libidinal de los objetos externos para concentrarla en el propio cuerpo. Hay terapias y tratamientos psicológicos específicos para esta enfermedad. También la homeopatía hace su parte en la eliminación de esta tara. Así es que hoy en día el enfermo imaginario, como tal, no existe. Dicho enfermo es un hipocondriaco y es real. Sufre mucho por su fijación hacia su propia salud. Así lo visualiza el filósofo existencialista Karl Jaspers: «El enfermo imaginario está, de una forma nueva, y precisamente por su naturaleza, enfermo de verdad» (p. 514). Ciertamente, el camino no es medicarse con esomeprazol o con antiflu-Des, pues la enfermedad está en la cabeza y no en el estómago o en los pulmones. Los patofóbicos no les tienen miedo a los patos, sino a la enfermedad y hay que combatir ese temor absurdo.

Hoy la garrulería médica sobrevive. Abundan los médicos logreros. Mi hermano Gilberto escribió un libro que sirve como faro para guiarnos en la oscuridad: El gallo de Esculapio. Gil retrata a los grandes médicos que han contribuido a que el juramento de Hipócrates no quede en letra muerta. Estos médicos se distinguieron por su capacidad y también por su compromiso ético con el paciente. En el capítulo cuarto, al describir la válvula mitral, se ayuda de uno de sus palíndromos: «artimaña daña mitra». Y eso es lo que deben evitar los médicos: trampas y triquiñuelas que afecten el organismo del paciente. A él se deben y los engaños deben quedar proscritos.

La ironía jugó en contra del gran Molière: murió horas después de representar a Argan en esta obra. Pero fallece no por haber escrito contra la medicina. ¡Muera la superstición! A poco más de 400 años de su nacimiento, su crítica sigue siendo bienvenida. ¡No a la hipocondría y a los médicos impostores!

Referencias:

Jaspers, K. (1977). Psicopatología general. Editorial Beta.

Molière. El enfermo imaginario. Libros Tauro.

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