El futbol como religión

Para Lino Fernández Santás, hombre de fe, preocupado por las causas sociales.

Escucho en el receso las conversaciones de mis alumnos. Me asombro de sus conocimientos sobre los ídolos del futbol actual. Luego pienso: «yo a su edad hacía gala de mi sabiduría en torno a las figuras de antaño». Buscaba frenéticamente la estampilla faltante en el álbum de colección de los jugadores del Mundial en turno. Y ahora con la cercanía del Mundial 2026 la fiebre va in crescendo.

Whitehead, el filósofo británico, define de manera original, a la altura de 1926, hace cien años, el fenómeno de la religión:

«La religión es lo que el ser humano hace con su soledad. Si evoluciona satisfactoriamente, atraviesa tres etapas: de Dios, el vacío, a Dios, el Enemigo; de Dios, el Enemigo a Dios, el Compañero. Por tanto, religión es soledad; y si nunca se está solo, nunca se es religioso. El entusiasmo colectivo, los festivales, las instituciones, las iglesias, las Biblias, los códigos morales, son las trampas de la religión, sus encarnaciones pasajeras. Pueden ser útiles, y también perjudiciales… La finalidad de toda religión se encuentra mucho más allá… No debe cegarnos la idea de que la religión tiene que ser buena, una peligrosa ilusión. Lo que debemos tener presente es su gran importancia, que se evidencia en la historia humana» (La religión en la historia).

A principios de este año, aquí mismo en Espacio 4, me extendí en esta intuición de Whitehead de Dios como el Gran Compañero en el sufrimiento. Aquí me concentro en la noción de religión para vincularla con el fenómeno cuasi religioso del futbol. El filósofo concibe la religión como el conjunto de mediaciones (instituciones, rituales, códigos morales, etcétera.) que nos acercan o nos alejan del encuentro con el Gran Compañero, de la entrega sin reservas al Misterio, que es por definición la fe. La religión implica religación con algo o alguien hasta cierto punto trascendente, pero también implica vinculación con la comunidad de los creyentes.

A veces la soledad nos lleva, un domingo marcado por el hastío, a ver el partido de futbol del equipo y del jugador que idolatramos. Y esto llega a ser nuestra religión. En el camino que señala Whitehead, esta experiencia se queda al principio o a la mitad del proceso sin llegar, obviamente, a la tercera etapa que ya describí como el encuentro real y profundo con el Gran Compañero.

A los ídolos del futbol se les suele rendir culto. Un ejemplo nítido de esto fue la aparición de la «religión maradoniana» que contaba con adeptos en todo el mundo. El credo de esta religión iniciaba de este modo: «Creo en Diego. Futbolista todopoderoso. Creador de magia y de pasión. Creo en Pelusa, nuestro D10S, nuestro Señor…». Esta religión, como sabemos, está en su ocaso. El culto abarca la liturgia, las creencias, la pasión, etcétra. Todavía recuerdo a Bilardo conminando a los jugadores de la selección argentina a cantar «Gigante chiquito» de Sergio Denis con la intención de motivar a sus jugadores. Sabemos que Argentina se hizo con su segundo título mundial en ese 1986 de la mano de Bilardo y de «la mano de dios» de Maradona.

El primer mandamiento de la ley judeocristiana nos advierte que «amemos al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas». La adoración es el primer acto de la virtud de la religión, y la adoración sólo se debe a Dios. El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del único Dios. El primer mandamiento condena el politeísmo y la idolatría. La Escritura rechaza constantemente la creación de ídolos (Sal 115, 4-8; Is 44,9-20; Jr 10, 1-16; Dn 14, 1-42). Sin embargo, el futbol es creación permanente de ídolos, aunque ídolos de barro.

Viene bien distinguir monoteísmo de monolatría. En el monoteísmo adoramos a una sola divinidad y no admitimos la existencia ni la presencia de otros dioses. En la monolatría se adora a un dios, pero se acepta la existencia de otros dioses. En el futbol no hay monoteísmo. Las masas reconocen a un ídolo con «i» mayúscula, Maradona o Pelé en su tiempo, Messi o Cristiano Ronaldo después. Pero veneran con fervor inusitado también a otros futbolistas.

Con tino subraya Manuel Vázquez Montalbán: «Los deportes se han convertido en fenómenos de masas porque han tenido divinidades prodigiosas capaces de convertirse en mitos contemporáneos.» (Fútbol: Una religión en busca de un Dios) Los aficionados los han convertido en ídolos y ellos se creen dioses y compiten entre sí. El futbol es una religión politeísta con diosecillos de pacotilla que tarde o temprano se tragan sus palabras.

Esta reflexión sobre el futbol como religión me lleva a recuperar lo dicho por Whitehead: hemos de distinguir «las trampas de la religión» de la Religión con erre mayúscula, yo diría, de la fe. El futbol es una de esas «encarnaciones pasajeras» con ídolos fugaces. Puede ser útil, puede ser perjudicial. Lo que no obsta para disfrutar este verano de un buen partido de futbol y emocionarse con el triunfo de nuestra selección. Solo hay que distinguir lo permanente de lo fugaz y no olvidar las enigmáticas palabras del sabio británico: «Por tanto, religión es soledad; y si nunca se está solo, nunca se es religioso».En el futbol nunca estamos solos… ni siquiera en la derrota.

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