La narrativa actual traslada el terror a las grandes ciudades, donde lo cotidiano se vuelve inquietante. Voces frescas exploran la violencia, la alienación digital y la crisis habitacional como fuentes de un miedo más cercano, incómodo y profundamente contemporáneo
Los «no-lugares» y la estética derivada de los backrooms
Por mucho tiempo, la literatura hispanoamericana exportó la idea de un continente definido por mariposas amarillas y pueblos que levitaban. Hoy, esa postal ha sido devorada por el asfalto. Las nuevas voces narrativas han cambiado el realismo mágico por la ficción extraña, encontrando en las grietas de la metrópoli moderna un terror mucho más profundo y reconocible.
«El gótico es acerca del lugar también, no solamente del encierro… es esa sensación del lugar como personaje. No puedo escribir más castillos, pero puedo escribir edificios».
Mariana Enriquez, escritora
El miedo, al igual que las ciudades, se gentrifica y se transforma. Si el terror del siglo XX encontraba su hábitat natural en las casas victorianas aisladas o en los pequeños pueblos brumosos de Maine —donde autores clásicos sentaron las bases del suspense contemporáneo—, el siglo XXI ha trasladado la pesadilla al centro de la mancha urbana. El crujido de la madera vieja ha sido reemplazado por el zumbido de los transformadores eléctricos; el bosque oscuro, por los callejones sin salida de las unidades habitacionales.
«En México la gente no necesita soñar con cosas terribles. Vive entre ellas. Pero si queremos combatir la violencia, debemos entender de dónde viene, cómo se produce. Y ahí el arte juega un papel clave».
Bernardo Esquinca, escritor
A esta corriente, que disecciona las ansiedades de la sociedad contemporánea a través de la lente del terror y lo macabro, se le conoce como Gótico Urbano. No se trata de vampiros con capa caminando por la Quinta Avenida, sino de una literatura de lo insólito (weird fiction) que utiliza los miedos cotidianos —la violencia endémica, la soledad en medio de multitudes, la voracidad inmobiliaria— y los empuja un paso más allá del límite de la realidad.
Muerte del realismo mágico
Durante décadas, la expectativa internacional sobre la literatura escrita en español estaba anclada al paisaje rural o a la nostalgia de la Revolución. Sin embargo, las generaciones de escritores que crecieron en los años 80 y 90 se formaron en un entorno radicalmente distinto: el de las megaciudades colapsadas, las crisis económicas y el ruido perpetuo.
El Gótico Urbano nace como una respuesta estética a la imposibilidad de romantizar la precariedad. Los monstruos de esta nueva narrativa no son entidades alienígenas ni demonios teológicos, sino proyecciones de un entorno que resulta inherentemente hostil para el individuo. En este ámbito, el verdadero terror de la metrópoli moderna no es la oscuridad de sus calles, sino la indiferencia de los millones de ojos que te observan caminar por ellas sin verte realmente.
La ciudad se convierte en un personaje con voluntad propia, una entidad que respira, consume y, eventualmente, desecha a sus habitantes. Los pasillos del metro, los edificios de oficinas abandonados y los complejos de departamentos con paredes de papel tapiz son los nuevos castillos góticos donde los personajes se enfrentan a lo desconocido.
Cronistas del abismo
Para entender cómo opera esta maquinaria literaria, es necesario observar a los autores que han pavimentado este camino a ambos lados del Atlántico, utilizando contextos locales para abordar terrores universales.
En México, el Gótico Urbano encuentra una de sus expresiones más depuradas en la obra de Bernardo Esquinca. A través de su célebre Saga de Casasola, Esquinca logra una amalgama perfecta entre el periodismo de nota roja y el horror sobrenatural. Su protagonista, un exreportero de cultura degradado a cubrir la fuente policiaca, transita por una Ciudad de México que es, al mismo tiempo, la capital moderna y la antigua Tenochtitlán exigiendo su tributo de sangre.
El acierto de la literatura de lo insólito en el contexto mexicano es cómo asimila la violencia real. En un país donde los titulares diarios a menudo superan cualquier ficción macabra, autores como Esquinca utilizan el terror no a modo de evasión, sino de herramienta para la decodificación. Los fantasmas, los cultos prehispánicos y los asesinos seriales que habitan sus novelas son metáforas palpables de la impunidad y la memoria histórica sepultada bajo el concreto. El horror se vuelve una forma de periodismo alternativo, una crónica de aquello que las cifras oficiales se niegan a nombrar.
Cruzando el océano, la geografía del miedo toma matices distintos, pero igualmente desoladores. En España, Emilio Bueso ha empujado la ficción extraña hacia territorios donde convergen la biopolítica, el desencanto social y el colapso medioambiental. En obras como Cenital o sus incursiones en el terror más visceral, la ansiedad no proviene de crímenes rituales, sino de la implosión del estado del bienestar.
El gótico en la España contemporánea a menudo se manifiesta en los polígonos industriales vacíos, en la nación vaciada o en las periferias urbanas donde las promesas de la modernidad fracasaron estrepitosamente. Es un terror ecosocial, donde lo extraño irrumpe en lo cotidiano para desvelar la fragilidad de nuestras certezas y la inminencia de un colapso sistémico.
La alienación digital
Uno de los ejes centrales de esta nueva literatura es cómo reinterpreta los problemas económicos y sociales contemporáneos. Los clásicos tropos del terror se actualizan para reflejar la angustia del ciudadano moderno:
La casa embrujada como crisis habitacional: En el Gótico Urbano, el miedo ya no es entrar a una casa maldita, sino no poder pagar el alquiler de una. El terror psicológico se entrelaza con la gentrificación, donde los vecinos antiguos desaparecen (o son borrados del mapa) para dar paso a entidades amorfas y corporativas que devoran los barrios.
El fantasma en la máquina: La soledad hiperconectada. Los personajes de estas novelas suelen estar rodeados de pantallas, pero absolutamente desconectados del tejido humano. El teléfono móvil no es una herramienta de salvación, sino el conducto por el cual lo insólito se infiltra en la privacidad del individuo.
El laberinto burocrático: Inspirados en la asfixia kafkiana, muchos autores modernos construyen horrores basados en la incapacidad de navegar los sistemas gubernamentales o corporativos. El verdadero monstruo es un sistema que te ha reducido a un número de folio, condenándote a vagar por oficinas grises sin esperanza de resolución.
Literatura sin consuelos
El realismo mágico, con todas sus virtudes, ofrecía un cierto grado de consuelo estético; lo inexplicable florecía y maravillaba. El Gótico Urbano y la nueva literatura de lo insólito, por el contrario, rechazan cualquier tipo de confort. Son géneros incómodos por diseño, concebidos para sacudir al lector y obligarlo a mirar las sombras que se proyectan en el edificio de enfrente.
No es casualidad que estos libros estén dominando las mesas de novedades y captando la atención de una nueva generación de lectores. En una era marcada por la incertidumbre económica, la crisis climática y la polarización social, el terror tradicional a menudo se siente ingenuo.
Al final, la brillantez de esta corriente cultural radica en su honestidad brutal. Al despojarnos de vampiros europeos y casas victorianas, y enfrentarnos a terrores que viajan en el transporte público, la literatura de lo insólito nos recuerda que nosotros construimos las ciudades y, al hacerlo, también construimos los laberintos donde habitan nuestros propios demonios. E4
Los «no-lugares» y la estética derivada de los backrooms
A diferencia del terror clásico, la luz artificial y la funcionalidad extrema son las herramientas de hoy para generar angustia existencial
Mientras el Gótico Urbano tradicional se nutre de la suciedad, las sombras y la acumulación histórica, ha surgido en la última década una nueva vertiente de lo insólito que opera bajo la lógica contraria: el miedo a la limpieza extrema, a la luz fluorescente y al vacío. Este fenómeno, que ha colonizado el imaginario digital bajo el nombre de backrooms, encuentra su sustento teórico en el concepto de los «no-lugares», acuñado por el antropólogo francés Marc Augé.
Un no-lugar es un espacio de transitoriedad que no tiene suficiente importancia para ser considerado un «lugar» con identidad, historia o relaciones sociales. Hablamos de salas de espera de aeropuertos, pasillos de hoteles, centros comerciales de madrugada o estaciones de transbordo. Son espacios diseñados para que nadie permanezca en ellos, sino para que todos los atraviesen. Cuando estos sitios se quedan vacíos, ocurre un cortocircuito en nuestra percepción porque el espacio pierde su propósito y se convierte en algo profundamente inquietante.
Arquitectura liminal
La fascinación actual por los «espacios liminales» —término que define ese umbral o estado de estar entre dos puntos— ha dado pie a una estética del terror que prescinde de monstruos. Aquí, el villano es la arquitectura misma. El fenómeno de los backrooms, nacido en foros de internet, imagina una dimensión infinita compuesta por oficinas vacías con alfombras húmedas y paredes de un amarillo monocromático. No hay sangre, no hay fantasmas; solo la posibilidad de caminar eternamente por un espacio que debería estar lleno de gente, pero que está muerto.
Este miedo es puramente moderno. Es la angustia de estar atrapado en la funcionalidad. Si el gótico clásico nos asustaba con la muerte, el gótico de los no-lugares nos asusta con la alienación. Un pasillo de hotel infinito es aterrador porque es idéntico a sí mismo; anula nuestra individualidad y nuestra capacidad de orientación. En estos entornos, el ser humano se siente como un error de sistema, una presencia orgánica en un mundo diseñado para la logística y el consumo, no para la vida.
El vacío en el hiperconsumo
La relevancia de esta nota secundaria reside en cómo conecta con la experiencia urbana actual. En ciudades que crecen bajo modelos de franquicias y desarrollos inmobiliarios estandarizados, cada vez habitamos más no-lugares. Las cafeterías de cadena, los vestíbulos de los edificios inteligentes y los estacionamientos subterráneos son réplicas exactas en cualquier parte del mundo. Esa falta de identidad es lo que la nueva literatura de lo insólito está empezando a explotar.
El filósofo Mark Fisher en su análisis sobre lo «raro y lo espeluznante», apunta que el horror surge cuando hay algo donde no debería haber nada, o cuando no hay nada donde debería haber algo. Un centro comercial vacío a las tres de la mañana es espeluznante porque el silencio absoluto en un lugar diseñado para el ruido y el tumulto revela la fragilidad de nuestras estructuras sociales. Nos recuerda que, sin nosotros, estas catedrales del consumo son solo cascarones de concreto y luz artificial, esperando a ser devorados por el tiempo.
Al integrar esta perspectiva en el mapa del Gótico Urbano, entendemos que el miedo contemporáneo ha evolucionado. Ya no solo tememos lo que se oculta en la oscuridad de un callejón antiguo; ahora también tememos perdernos en la luz blanca e infinita de un pasillo moderno que no conduce a ninguna parte. E4
