Mientras armábamos mi hermano Miguel y yo, el segundo volumen de las Juevinas de mi hermano Gilberto, me encontré con la mención que él hace de una reflexión unamunania en torno a Dios. Dicha mención también la localicé en un artículo que Gil publicó en Milenio. Ahí Gil, desde su fe a toda prueba, nos comparte lo siguiente:
«Unamuno, que era afecto a las etimologías, escrutaba con fervor las raíces de las palabras y solía decir, por ejemplo, que Dios no existía, porque existir es estar afuera y Dios está dentro del corazón de los hombres: Dios no existe; Dios insiste, esto es, vive dentro de nosotros» (Prado, G., «Tres de Unamuno», en Milenio, 06.12.2018)
Esta poderosa reflexión me lleva a comentar una de las metáforas que se han creado para entender a cabalidad la divinidad. Me refiero a la de «el gran compañero» del filósofo Alfred North Whitehead (inglés, 1861-1947). Y es que dicha metáfora, aunque no la única, alude directamente al «Dios insiste» de Unamuno y de Gil. Veamos de cerca el asunto.
Hace ya un buen tiempo, el teólogo Torres Queiruga reconoció cuatro metáforas para aproximarse a Dios. Las metáforas son un modo privilegiado de comprender algo. Los poetas las usan con frecuencia y por eso Hölderlin afirmó que «lo que dura lo fundan ellos». El teólogo hablaba, por supuesto, de la que lleva mano y que nos legó Jesús de Nazareth: «Dios como Padre y Madre». Me gustaría profundizar en ella, pero hoy me concentraré en la que pergeñó Whitehead. También aborda la metáfora feminista y provocativa de «Dios es negra». Igualmente me gustaría en algún momento glosarla y saborearla. Por último, hace referencia a la que no me parece tan metáfora, «Dios como el fundamento del ser» (Paul Tillich). Ya en otro momento he tratado de desentrañar qué quiere decir esto, desde la filosofía del vasco Xavier Zubiri: «Dios como la realidad fundamento, última, posibilitante e impelente del poder de lo real». Estas tres metáforas también podrían servir de ejemplos de cómo Dios insiste, de cómo Dios no está fuera, sino dentro de nosotros, de cómo Dios es historia. Pero hoy le toca, insisto, valga doblemente la redundancia, al tropo de Whitehead.
Dios es, para Whitehead, «el gran compañero, el camarada en el sufrimiento, que comprende» (en inglés: The great companion –the fellow sufferer who understands). Vale la pena visitar la cita completa que encontramos al final de su libro Proceso y realidad:
«Lo que se hace en el mundo se transforma en realidad en los cielos, y la realidad de los cielos pasa de nuevo al mundo. A causa de esta relación recíproca, el amor del mundo pasa a ser amor en los cielos, y desborda de nuevo hacia el mundo. En ese sentido, Dios es el gran compañero: el compañero de sufrimientos que comprende» (p. 471).
La cita cuenta ya con la friolera de casi 100 años. Se escribió en 1929 y ha dado lugar a una teología que se conoce como «Teología del proceso». La intuición es genial. Alude a nuestro decurso vital. En él, el sufrimiento está presente a diario, a todas horas. Y Dios nos acompaña en ese proceso. Y nos comprende. Sabe que, si renegamos, no hay problema. Sabe que, si nos desesperamos, no hay problema. También alude a la horizontalidad de la divinidad respecto de nosotros. De hecho, yo alcanzo a ver una vinculación entre este modo de ver la trascendentalidad y la figura de Jesús de Nazareth como Hijo de Dios.
Las otras dos metáforas de la «Teología del proceso» complementan esta visión de un Dios que insiste dentro de nosotros. Dios como el amor, que es más bien un aporte del discípulo amado, tomado en préstamo por esta teología, y Dios como «poeta del mundo»: «Dios es el poeta del mundo que con amorosa paciencia lo guía mediante su intuición hasta la verdad, la belleza y la bondad» (p. 465).
Ahora bien, nuestros tiempos modernos y posmodernos aparecen contaminados por la soledad. Es difícil sobrellevar este peso. La soledad nos lastima, nos hiere, nos entristece, porque la tristeza siempre procede de algo que perdimos en el camino. Sin embargo, si creemos que Dios es el gran compañero, creemos entonces en el fin de la soledad. Porque Dios está ahí, yo no estoy solo, aunque me sienta solo; aunque la pareja, los amigos o los familiares no se hagan presentes. Y, lo más importante, este camarada que es Dios, está ahí en medio de nuestros sufrimientos, nos comprende, pese a que nosotros somos personas difíciles o especiales. Todos conocemos aquella ficción titulada «Huellas», que culmina con las palabras del Señor, aclarando que cuando uno veía sólo un par de huellas, después de un largo caminar por la playa de la vida, era porque las huellas eran del gran compañero que nos llevaba a cuestas en sus brazos. Es cuestión de tomar conciencia de este hecho para exterminar de una vez por todas la soledad.
Referencias:
Torres Queiruga, Andrés (1991). El Dios de Jesús. Aproximación en cuatro metáforas. Santander: Sal Terrae.
Whitehead, A.N. (1956). Proceso y realidad. Buenos Aires: Losada.
