Catorce mujeres presidieron la ceremonia del Grito desde sus respectivas sedes de Gobierno. Destaca el de Claudia Sheinbaum por ser la primera jefa de Estado y de Gobierno del país. Un cambio en el escenario nacional difícil de pasar por alto aun por los escépticos, los grupos de interés y quienes se empeñan en ver el país con orejeras. El proceso para conseguirlo fue arduo. Entre la primera gobernadora (Griselda Álvarez/Colima) y el ascenso de la primera mujer a la presidencia transcurrió casi medio siglo. Sin embargo, las condiciones que lo permitieron datan apenas de un lustro. La Constitución se reformó en 2019 para garantizar la paridad de género en todo: gubernaturas y alcaldías; diputaciones federales y locales y senadurías; órganos autónomos gabinetes (nacional y estatales). Esto último no en todas las entidades sucede todavía.
La ceremonia del Grito tuvo una fuerte carga simbólica. Desde su institución, en 1810, cuando Miguel Hidalgo tañó la campana en el Pueblo de Dolores e inició el movimiento independentista, jamás una mujer la había encabezado. La presidenta alternó los nombres de los héroes con los de mujeres clave en la guerra contra la corona española: Josefa Ortiz Téllez-Girón, sin el Domínguez, apellido de su esposo, como siempre había sido citado; Leona Vicario, la Benemérita Madre de la Patria, quien ayudó a financiar la rebelión; Gertrudis Bocanegra, fusilada en 1817 por negarse informar sobre sus compañeros insurgentes; y Manuela Molina, la Capitana, conocida así por su rango militar y no por mote. Molina, de familia indígena, participó en varias batallas y acompañó a Morelos en la ocupación del puerto de Acapulco. Murió a los 42 años por heridas de combate.
La mujer también desempeñó papeles protagónicos en la Guerra de Reforma y en la Revolución Mexicana. Su participación en movimientos por la libertad y la democracia, en las huestes universitarias, como el de 1968; la igualdad, el reconocimiento de sus derechos y las reivindicaciones indígenas, en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ha sido igualmente relevante, así como en causas más recientes. Los vivas de la presidenta Sheinbaum a las «heroínas anónimas» y a «las hermanas migrantes» fueron para ellas. Es el primer homenaje tributado a las mujeres en la ceremonia del Grito; en el pasado eran solo figurantes. El país es otro mal que le pese a la reacción y a quienes sienten nostalgia por un pasado de privilegios donde a la mujer se le asignaban funciones secundarias. La elección del 24, como la del 18, abrió cauce a una energía contenida por un sistema misógino.
La paridad en los Gobiernos estatales está a un paso de lograrse. Solo faltan tres para igualar el número en 16. Hace cinco años, la única gobernadora en funciones era Claudia Pavlovich, de Sonora. Alejandro Moreno la expulsó del PRI por aceptar la representación de México en el consulado de Barcelona, España, propuesta al Senado por Andrés Manuel López Obrador. Hoy es embajadora en Panamá. Las gobernadoras de Campeche, Guanajuato, Guerrero y Morelos recibieron, de sus predecesores hombres, estados virtualmente en llamas por la violencia y la corrupción. Ahora les toca a ellas —y a las otras nueve que ejercen el cargo— colocarse por encima de las circunstancias como en el pasado lo hicieron otras mujeres desde las trincheras de la Independencia. Guiadas ahora no por hombres, sino impulsadas por su propio espíritu. El ejemplo lo tienen en la presidenta Sheinbaum.
Percepción y realidad
La corrupción no desaparecerá con discursos, decretos ni con las arengas de un caudillo. La venalidad ha existido siempre y en todas partes. Basta repasar la clasificación anual de Transparencia Internacional (TI). El virus infecta no solo al Gobierno, sino también a las empresas, la banca, la medicina y la prensa, más cuando esta cae en manos de políticos y mercachifles. La enfermedad acompañará a la humanidad hasta el final por ser parte de su condición. En los países más democráticos y desarrollados del mundo (Dinamarca, Finlandia, Singapur, Nueva Zelanda…, y ni que decir tiene en Estados Unidos) se manifiesta en grados menores. Es en las sociedades con democracias frágiles, simuladas y poco participativas donde alcanza los niveles más graves.
México ocupaba en 2018 el lugar 138 en el índice de TI, situación que para el presidente Andrés Manuel López Obrador era motivo de vergüenza. Cuando su Gobierno terminó, el país ya se encontraba en la posición 140. Estados Unidos, en el mismo periodo, bajó seis puestos (del 22 al 28). Si la corrupción fue una de las razones por las cuales el electorado le dio la espalda a Peña Nieto a su partido, quizá esta para siempre, ¿por qué no ocurrió lo mismo en 2024? La votación de Morena no solo no cayó, aumentó 10% con respecto al proceso anterior. La venalidad en el Gobierno peñista fue escandalosa y generalizada. El mismo indicador de TI lo advierte: en 2012 México se ubicaba en el lugar 105, de entre 176 países, y finalizó en el 138, un retroceso de ¡33 sitios!
AMLO basó su campaña presidencial en tres ejes: disminuir la pobreza, pacificar al país y erradicar la corrupción. El primero se cumplió con creces, pues durante su Gobierno 13.4 millones de mexicanos salieron de la estrechez, pero el avance en los otros fue apenas perceptible (los homicidios dolosos empezaron a bajar y prevaleció la impunidad en la mayoría de los casos), debido en gran parte a un sistema judicial diseñado no para castigar el delito, sino para estimularlo e incluso para premiar a los peces gordos. La estructura de la administración pública federal data de las últimas décadas. El 90% o más del personal proviene de cuando el PRI y el PAN gobernaron el país. En cada sexenio se renuevan los mandos superiores y los de nivel medio no alcanzan a cubrirse en su totalidad.
El quid es la percepción y la congruencia. López Obrador cerró su presidencia con una aprobación del 77% y un rechazo del 23% (Enkoll-El País-W Radio). El problema toral del país, para los encuestados, es la inseguridad (44%); y el segundo, la corrupción (18%, dos puntos porcentuales más con respecto al primer año de Gobierno, los mismos lugares que descendió en la tabla de TI). Una de las principales características de AMLO es la austeridad. Peña Nieto concluyó con una desaprobación del 74% y un saldo negativo en honradez del 5.1%. En 2012 era del 29.4% (Mitofsky).
Como nueva cabeza de la 4T, corresponde a la presidenta Sheinbaum ofrecer resultados donde AMLO no los brindó. La estrategia de seguridad dispone ahora del entramado institucional para plantar cara a la delincuencia organizada. Pero sin las masacres de la guerra de Felipe Calderón contra el narco, continuada por Peña Nieto. Con el mismo método y rigor se debe combatir la corrupción en el Gobierno federal y en los estados para evitar casos como el moreirazo, en Coahuila, y «La Barredora», en Tabasco. Todo bajo el principio de «cero impunidad» esbozado por la presidenta.
