El silencio es un callejón
largo y oscuro
que desemboca en el universo,
último escondite
para escapar al acoso
de las cifras y las cantidades,
a las promesas de falsa plenitud.
Ahí vivió un océano
que decidió enterrarse, una parte,
y volar impune hacia el sol la otra.
Retornó a la entraña,
a la red de ríos subterráneos
que horadan la obscuridad
dejando un legado de epitafios fósiles,
recuento gráfico de un pasado idílico.
El agua que dio la cara
la que emprendió el vuelo,
enfrentó al sol y
desafió al viento,
amenazó con sus oleajes y sus tormentas a un espacio agreste
habitado por nómadas ingenuos,
se estrelló con acantilados
y fue sometida con crueldad.
Mortal sentencia
a la osadía, a la rebelión.
El agua impetuosa
fue disuelta en el aire
evaporando su esperanza.
En esta inmensidad desértica,
el agua es rumor lejano que reverbera debajo de la tierra o salpica nuestro olfato con nostalgias lejanas.
En el desierto,
el agua está por todas partes,
y en ningún sitio,
es preciso silencio y sed para recordarlo.
