El síndrome de Eróstrato

Nuestra presunción es tal, que nos gustaría ser conocidos por el mundo entero, incluso por gente que nacerá cuando nosotros no seamos más: y somos tan vanidosos, que la opinión favorable de cinco o seis en torno nuestro nos deleita y satisface.

Blas Pascal

Un amigo, el Moye, enólogo por vocación, suele desahogarse diciendo: «la falta de reconocimiento me tiene frito». Esto en alusión a uno de los cuatro diosecillos o ídolos que deberíamos de desterrar de nuestras vidas: la fama, el dinero, el poder y el placer. Lo cierto es que la búsqueda afanosa del reconocimiento o del prestigio abruma desmesuradamente a muchos seres humanos. Pascal lleva razón (ver epígrafe). Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Hoy me voy a concentrar en este tópico.

Cuentan que Eróstrato, un simple pastor griego, anheló ser famoso y quemó el templo de Artemisa en Éfeso. Y vaya que logró su cometido de convertirse en una celebridad, aunque fue ejecutado por culpa de su megalomanía. Hoy casi todos lo recordamos. La Biblia nos cuenta que Yahveh vio que los humanos estaban construyendo la torre de Babel para llegar al cielo y volverse famosos, entonces el Trascendente confundió sus lenguas y su deseo se vio frustrado. Andy Warhol, el pintor del arte pop, profetizó que en la sociedad del futuro «todos serán mundialmente famosos por quince minutos». La inmensa «aldea global» hace posible este milagro.

El síndrome de Eróstrato existe. Es una enfermedad mental. Este síndrome califica esa compulsiva búsqueda de reconocimiento que reconcome a muchas personas. El síndrome se recrudece si esa compulsión va acompañada de la falta de talento suficiente para merecer el prestigio anhelado. Normalmente, quien padece el síndrome comete barbaridades como la de Eróstrato. El auge de las redes sociales ha catalizado la diseminación de este trastorno.

Hace unas semanas, el presidente Trump envió una carta al primer ministro de Noruega, después de que el Comité Nobel noruego no le otorgó el Premio Nobel de la Paz. Le reclamó que, dado que él detuvo ocho guerras y no obtuvo dicho Nobel, ya no se siente obligado a pensar puramente en la paz. El primer ministro noruego ripostó: «he explicado claramente, incluso al presidente Trump, lo que es bien sabido: el premio (Nobel de la Paz) lo otorga un Comité Nobel independiente y no el Gobierno de Noruega». «Sin palabras», como titulaban a aquellas tiras cómicas de nuestra niñez.

El afán de inmortalidad es legítimo. Pensadores insignes como Platón, Spinoza y Unamuno han reflexionado sobre ello. Platón, en El Banquete, en boca de Sócrates, quien oyó hablar de ello a Diotima, la sacerdotisa de Mantinea, vincula el amor con el deseo de inmortalidad. Unamuno, en El sentimiento trágico de la vida, diserta de este modo: «Es decir, que tú, yo y Spinoza queremos no morirnos nunca y que este nuestro anhelo de nunca morirnos es nuestra esencia actual» (p. 6).

Walzer asegura, en un libro magnífico, que «en una sociedad democrática, los reconocimientos son más fáciles a distancia» (pp. 264-265). Walzer admite que existen algunos parámetros objetivos para algunas modalidades de reconocimiento. Pero se muestra escéptico de que se pueda establecer un baremo general y objetivo para distribuir con justicia el bien en la esfera del reconocimiento. Y tiene razón. Es difícil establecer la realidad del merecimiento.

Algunos sostienen, por ejemplo, que el Premio Nobel de Literatura suele concederse bajo el criterio de la rotación geográfica. Hoy le toca a África, mañana a América. Otros dicen que bajo un criterio meramente político. Hoy le toca a alguien de izquierda, mañana a alguien de derecha. Y esto, si es cierto, le resta valor a dicho galardón.

Más adelante, el filósofo comunitarista señala con tino que «lo que nos distribuimos unos a otros es estima, no autoestima, respeto y no autorrespeto…» (p. 283). Y creo que aquí está la clave de todo. Podemos evitar caer en las garras del Síndrome de Eróstrato si fomentamos la autoestima y el autorrespeto sin esperar de manera patológica la estima y el respeto que a veces, de manera injusta, nunca llegan.

Podemos eludir el síndrome de Diógenes y evitar la visita al psicólogo en la medida en que reconocemos que somos seres limitados, pero no por ello incapaces de realizar obras dignas de encomio. Lograremos esquivar ese afán compulsivo de reconocimiento en la medida en que tomemos conciencia de que nunca vamos solos en el advenimiento del Espíritu Absoluto hegeliano a través del arte, de la religión y de la filosofía.

Referencia:

De Unamuno, M. (1999). Del sentimiento trágico de la vida. Porrúa. Col. «Sepan cuantos…», No. 402.

Walzer, M. (2001). Las esferas de la justicia. FCE.

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