Endiosados con los índices de aprobación para este Gobierno, algunos muestran su algarabía con la estridencia propia de quien tiene una sola óptica para mirar los acontecimientos de cada día en México. La fe ciega en sus principios ideológicos les impide ver con transparencia los hechos en su condición de multidiversidad. Hay sesgo en su abordamiento o, en el peor de los casos, una autocomplacencia sin medida que niega toda realidad circundante y la posibilidad de observar los fenómenos desde distintos puntos de vista.
Basados en una alta aprobación inducida por programas sociales entregados sin propósitos definidos con claridad, quieren ver en esos índices la razón necesaria de la existencia de un gobierno que construye el segundo piso de una cuarta transformación pero que no ocurre en los hechos y que, por el contrario, nos entrega cada día crisis tras crisis en su desenvolvimiento.
El inmenso Octavio Paz dice en Posdata, esa extraordinaria adenda a su Laberinto de la soledad, que las crisis políticas son en realidad crisis morales. Es decir, una sociedad como la nuestra, se descompone en su sistema de valores. Su axiología entra en una debacle sin freno y entramos en una crisis de repercusiones insospechadas.
Ejemplos abundan: ¿qué le parece al lector la presencia de los cárteles a lo largo y ancho del territorio nacional, y que promueven la violencia con un furor infernal bajo la complacencia y amparo (hoy ningún crítico serio pone en duda eso) del Gobierno, lo cual lo hace cómplice, o beneficiario, de esas actividades ilícitas?
Ni el propio Gobierno, ni el partido Morena encuentran argumentos de contundencia para ocultar o anular la «Lista Rubio» con la que el Gobierno norteamericano ha empezado a extorsionar al mexicano retirándole su visa a algunos funcionarios bajo sospecha de ser partícipes o, incluso, parte de los cárteles.
¿O qué le parece, querido lector, la imparable corrupción que nos deja ver a políticos del partido dominante enriquecidos o traficando influencias para sacar provecho y fortalecer sus economías o sus cotos de poder sin que ninguna autoridad les ponga freno porque están ocupados en erradicar la corrupción del pasado que involucra a funcionarios públicos de administraciones que ya no están en el poder?
Andy y sus amigos, los viajes lujosos al extranjero de Noroña, el reloj de Adán Augusto y su hijo estudiando en Francia. Es corrupción por donde quiera que se le mire. A ver ¿por qué el hijo de Adán no estudia en una universidad del Bienestar?, digo, nada más para ser congruentes.
¿O que le parece la situación migrante, que nuestro Gobierno ha hecho desaparecer de su agenda para incorporarla a la agenda norteamericana cediendo a sus caprichos y exigencias fuera de toda proporción que en toda relación bilateral debería cuidarse con esmero?
¿Qué tal la educación, que ni la Nueva Escuela Mexicana ni el Humanismo Mexicano han sido factores para superar su rezago, sus vicios, su indisciplina, su falta de proyectos para visualizar líneas de acción que consoliden un futuro promisorio, tan ocupado como están el Gobierno, la Secretaría de Educación Pública y el Sindicato Nacional de Trabajadores para la Educación, en concretar el corporativismo incorporando masivamente al partido Morena a todos los docentes afiliados al organismo sindical?
Esas son crisis que padece el Estado mexicano de hoy y que no puede afrontar con éxito porque una sociedad en crisis las ideas se transforman en fórmulas, es decir, algo fácil; y las fórmulas se transforman en antifaces que esconden la realidad.
Al florecimiento de todas esas crisis (y más), corresponde un florecimiento verbal convertido en oratoria sin sustancia, en demagogia pura, en discurso vacuo, en retórica sin propósito. Y esas cuatro cosas constituyen los géneros literarios predilectos de los políticos y la gente próspera que no se compromete con su sociedad. Pero esas cuatro cosas no son sino flores de plástico, es decir, flores falsas.
Al lado de esos discursos de grandilocuencia sin límites, se propaga una sintaxis de bárbara descomposición en los periódicos, en la televisión, en la radio, en las redes sociales, en la cátedra, en la política.
Es decir, la diaria deshonra de la palabra a través de esos medios es promovida por actores sin conciencia y aceptada sin crítica de por medio por un público que se encuentra aletargado y satisfecho por la urgencia animal de lo inmediato a través de una dádiva que se hace pasar por programa social, la práctica sistemática, primero, de un clientelismo institucional que aclama públicamente a los liderazgos en el poder, segundo, el mensaje palabrero en el que se cifra una esperanza coronada por una membresía en algún programa social.
Eso es corrupción. Y cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. Si tenemos un lenguaje que ha perdido su sentido, ¿a qué hora un individuo puede acometer la crítica de su sociedad para percibirla en su real significación?
Para restaurar la crisis moral de una sociedad, lo primero que hay que hacer es restablecer el lenguaje. Devolverle a la palabra su significado preciso, su resonancia justa. Por eso Octavio Paz no aceptaba bien la poesía de Pablo Neruda o de Jaime Sabines. Una, por estar al servicio de las ideologías políticas; la otra, por la exploración de lo sentimental y cursi. En ambas, el sentido del lenguaje estaba perdido.
Por eso la obra de Paz basa su solidez en el lenguaje preciso, donde su significado es justo para lo que tiene que señalar.
No ocurre lo mismo con el lenguaje de los políticos mexicanos. Su habla carece de sentido, es equívoca, es mentirosa, no atiende a lo que intenta dirigirse. Y eso imposibilita toda acción encaminada a resolver problemas; por el contrario, lo complica todo.
¿Qué sentido tiene el lenguaje de la presidenta cuando nos dice con palabras que después de la elección de jueces seremos más democracia? ¿Qué sentido tiene todo ese discurso confrontativo entre los hampones de la Cámara de diputados? ¿Qué sentido tiene utilizar ese lenguaje vacío para tratar de convencernos de que la transformación es un hecho?
En toda esa obra argumentativa de los políticos mexicanos debiera estar explícita la necesidad de un uso crítico e infatigable de la razón, la importancia de la libertad individual, de acción y de conciencia, así como la apuesta por el progreso técnico, científico e intelectual. Pero resulta claro que nuestros liderazgos políticos tienen un sesgo que encubre sus posiciones escépticas, irracionalistas y libertinas respecto a la transformación que dicen promover. Y todo está en el sinsentido de su lenguaje.
