Guillermo del Toro ha vuelto a colocar en la discusión, con la puesta en escena de Frankenstein, la crítica que Mary Shelley esgrime contra los delirios prometeicos del ser humano. No todo el mundo sabe que el subtítulo del libro de la hija de la protofeminista es «o el moderno Prometeo». Parecería que este tema tan manido, sobado o trillado, ya no puede tornarse de actualidad, pero el mexicano ha logrado que muchos de nosotros volvamos a elucubrar sobre el asunto.
Prometeo, cuenta Esquilo, le robó el fuego a los dioses y estos enfurecieron y lo castigaron de manera inmisericorde:
«Hefesto, a ti te concierne cumplir las órdenes que te dio tu padre, en estas abruptas rocas sujetar a este malhechor con grilletes irrompibles y vínculos de acero. Porque robando tu flor, el resplandor del fuego, origen de todas las artes, se la entregó a los hombres. Ha de pagar la pena a los dioses por una falta como ésta, para que aprenda a soportar la tiranía de Zeus y renunciar a sus sentimientos humanitarios (Fuerza)».
Hace algunos años dediqué un capítulo de mi libro El pez torpedo a la ética científica y me ayudé de la obra de la autora inglesa. Intitulé el capítulo «Ética científica: las desventuras del doctor Frankenstein». Cerraba con la siguiente reflexión:
En la novela de Mary Shelley, Frankenstein, asistimos a la caída del doctor Víctor Frankenstein ante la tentación prometeica. La soberbia del «serán como dioses» del Génesis es el pecado de este científico. Se viola claramente el principio de precaución. Se actúa de manera irresponsable. Le sale el tiro por la culata: las consecuencias son desastrosas. Se cree ciegamente en el mito de lo irresistible: «no me pude resistir a crear un ser parecido a mí» (p. 34).
El llamado «principio de precaución» forma parte de la ética científica. El hombre de ciencia debe suspender la implementación de ciertas tecnologías si existen bases razonables para hacerlo. Aunque no se esté seguro de las consecuencias desastrosas del uso de la tecnología en cuestión, el «principio de precaución» nos conmina a recular. Esto implica una gran pena, psicológica y moral, para el científico, una gran frustración. Tendrá que renunciar a la fama y a la gloria de este mundo. «Sic transit gloria mundi». El problema de este principio es determinar con precisión cuándo existen «bases razonables» para detener el experimento. Para ello no hay como el discernimiento.
Hans Jonas nos advierte del peligro del «infinito impulso hacia delante» que la técnica cataliza, cuando formula su famoso imperativo: «Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra» (Jonas, 1995, p. 40). Los demás y el futuro aparecen en esta adaptación a nuestro tiempo del principio categórico kantiano. Es su versión de la ética de la responsabilidad.
En Nuevos aportes a la teratología mencioné que Foucault caracterizó a los monstruos como la combinación de lo prohibido y lo imposible. La criatura de Frankenstein encarna las dos cosas. Pero conviene recordar que en la película de Del Toro, Elizabeth le espeta a Víctor esta acusación: «Sólo los monstruos juegan a ser dios». Y es así, el científico transgrede los límites de lo permitido y crea lo imposible, su criatura, pero él también se convierte en alguien prohibido e imposible. No advierte que somos, a final de cuentas, «habitantes de la frontera» (Eugenio Trías) y nos debemos conformar con vivir dentro de los límites y evitar así ser como dioses y también ser como bestias. Es la criatura, en la cinta, la que entiende mejor la coyuntura cuando afirma: «Tal vez ahora, ambos podamos ser humanos».
Hoy en día llamamos «transhumanismo» a ese movimiento que busca sobrepasar nuestras capacidades con la ayuda de la ciencia y la tecnología. Ahí están los avances en biotecnología, cibernética, nanotecnología e inteligencia artificial. La inteligencia artificial nos lleva a soñar con la posibilidad de crear seres inteligentes, conscientes e independientes a imagen y semejanza de la criatura del doctor Frankenstein. Desgraciadamente, algunas de estas inteligencias artificiales son diseñadas para maquinar el mal. Empero, ponemos nuestra esperanza en que el monstruo de la inteligencia artificial no se independice de nosotros y podamos controlarlo. Masahiro Mori acuñó la expresión el «valle inquietante» en referencia a la sensación de repulsión o incomodidad que nos produce toda recreación de lo humano que sea casi humana. Dicho concepto nos ayuda a meditar de nueva cuenta en ese mito ancestral que tanto nos ha cautivado: el mito de Prometeo. La humildad se erige como la virtud cristiana, que no aristotélica, que nos hace ver que venimos del «humus», de la tierra, y que no por ello dejamos de ser esas criaturas excepcionales que piensan, pero, sobre todo, que aman.
Referencias:
Esquilo. Prometeo encadenado. Biblioteca digital/ILCE.
Jonas, H. (1995). Ética de la responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Barcelona: Herder.
Prado Galán, J. (2018). El pez torpedo. Ética aplicada. México: Arteletra/Colofón.
