El control del recinto por parte de empresarios rompe con décadas de acceso público, debilita la promoción cultural y refleja abandono institucional del patrimonio artístico
Entre la precariedad y la simulación
Desde hace meses, sin consenso social ni consulta al Consejo Ciudadano de Cultura (al parecer ni al Congreso local), el Gobierno de Coahuila, a través de las Secretarías de Cultura y Finanzas, decidió entregar el Teatro de la Ciudad Fernando Soler a un grupo de particulares.
Los integrantes de un denominado
Parteco administrarán ahora el inmueble, rentarán el espacio y manejarán sus ingresos. Con ese fin han ofrecido a los grupos locales el «préstamo» del teatro, bajo la modalidad de pago del 30 % de ingresos en taquilla.
Al respecto, hay que decir que es totalmente injusto que un teatro público, como el Fernando Soler, aplique un porcentaje como el que establecen algunos espacios particulares, por ejemplo, el Teatro Garnica, de Saltillo, en cuyo caso es comprensible y aceptable, pues no cuentan con financiamiento gubernamental para su conservación o mantenimiento.
Como referente, comparto algunos datos para dimensionar el tamaño de la distancia entre lo habido en otros años y el paupérrimo presente. Lo perdido, pues.
Desde que el Gobierno de Oscar Flores Tapia construyó el edificio, salvo algunas ocasiones de indisposición por parte de algún Gobierno estatal, el Teatro de la Ciudad Fernando Soler fue casa y espacio para ensayos y presentaciones de muchas obras de teatristas saltillenses y, en no pocas ocasiones, de actores, actrices y directores de todo Coahuila.
Ahí se presentó Corona de amor y muerte, en 1979, dirigida por Juan Manuel Aguirre Perales, con la actuación de Amado Ramírez, entre otros.
Ahí estrenamos La pastorela de Catón, en 1980, dirigida por Chuy Valdés, con actores y actrices que ya tenían un nombre en la escena local, y otros, que haríamos del teatro nuestra pasión y profesión.
El Fernando Soler fue la casa de la Compañía Estatal de Teatro (CET), que entre 1981 y 1982 presentó obras de reconocimiento nacional (Casa de muñecas, Si todos los hombres del mundo y El huerto de los cerezos), bajo la dirección de Nancy Cárdenas. La CET También realizó obras infantiles, como el Pájaro azul, dirigida por Ignacio Hernández, con Dunia Saldívar como actriz invitada.
Actrices y actores coahuilenses trabajaron en la CET en aquellos años, y todavía siguen actuando o dirigiendo; no les nombro porque podría olvidar a alguien.
En los aniversarios del Teatro era costumbre presentar, no una, sino varias obras de grupos de Saltillo y ocasionalmente del estado, además de los invitados nacionales. Incluso, con ese motivo se producían obras especiales; entre otras, recuerdo El enfermo imaginario, dirigida por Eduardo Arizpe, para el Décimo Aniversario, y La zapatera prodigiosa, dirigida por Chuy Valdés, para el 20 aniversario. En el aniversario de hace siete años, Luz del Norte presentó Los empeños de una casa, bajo la dirección de Mabel Garza, producida por el Instituto Politécnico Nacional. La entrada totalmente libre.
Siendo director del Fernando Soler y coordinador de Artes Escénicas del Icocult, en un aniversario precisamente, me tocó organizar la presentación de El cántaro roto, de la CNT, dirigida por Harald Clemen, escenografía de Alejandro Luna, con Ofelia Medina, Sergio Bustamante, Diego Luna, Daniel Giménez Cacho y Flor Eduarda Gurrola. Tuvo un costo simbólico y muchas cortesías (el INBA no aceptaba altos costos en giras de la CNT). Teatro lleno.
Entre 1994 y 1997, con el visto bueno del Gobierno del Estado, establecimos el pago de un porcentaje del 10 % o 15 % para el uso de la sala grande del Teatro de la Ciudad Fernando Soler: el 10 % si solo era el préstamo del espacio. El 15 % si además se apoyaba con impresión de carteles, volantes (así se publicitaban las obras), programas de mano y boletos.
Varios grupos locales hicieron presentaciones en esa modalidad. El caso más exitoso fue el de De la calle, dirigida por Alejandro Santiex, que realizó muchas funciones con teatro lleno. Con Jesucristo Gómez, con un poco menos de éxito en taquilla, también realizó funciones con una nutrida asistencia.
Se cobraban 10 pesos.
Sumar 500, 800, 1000 o mil 200 boletos de 10 pesos de hace 32 años era realmente un éxito de taquilla.
Aunado a ese programa, que llamamos Financiarte, cada mes se contrataban una o más obras para realizar giras por el estado. Además de las presentaciones pagadas en diversos festivales.
En sexenios posteriores, ninguna administración cobraba por el uso del Teatro de Cámara (ubicado en la planta baja), aun si el grupo abría taquilla. Se recibían también apoyos de publicidad, entre ellos una lona grande colocada en un espacio ex profeso.
En los años 2000 y 2001, con la Asociación Coahuilense de Teatristas (ACTAC) presentamos varias funciones a teatro lleno de Las obras completas de William Shakespeare, producción independiente de Diego Luna, Rodrigo Murray, Álvaro Guerrero y otros actores, mediante la que se apoyaba a compañías de distintos estados del país que organizamos las presentaciones en nuestras localidades; cubríamos los gastos de transporte, estancia y publicidad, y el 50 % de ingresos era para ambas partes. El Icocult nos prestó sin costó el Fernando Soler, varias veces, para esas funciones a teatro lleno. Con esos recursos pudimos respaldar producciones de la ACTAC y de directores invitados (El trino del diablo, entre otras).
En su momento, Armando de la Peña, Magolo Cárdenas, Rosa del Tepeyac Flores, Armando Guerra y Sofía Camil dieron facilidades, en mayor o menor grado, para el uso sin costo del teatro, aun con las limitantes presupuestales que siempre hay en el sector.
En ese sentido, es de reconocerse el trabajo de Mabel Garza que, como subdirectora del Icocult (1993-1999), apoyaba en los programas de promoción teatral, y de los directores del Teatro de la Ciudad en años posteriores, como Jesús Esparza, More Barret y Cornelio Cepeda, quien con el apoyo de los técnicos del teatro adaptó y reacondicionó el Teatro de Cámara, al que puso el nombre de Jesús Valdés, que albergó muchas obras y que todavía en el sexenio pasado (incluso con la precariedad que ya existía y se ha agudizado en el actual) se podía usar sin costo. También la sala grande.
Todo eso se ha perdido en Coahuila
Y lo preocupante es que cada día se da un paso más en esa debacle: la entrega del Fernando Soler a particulares para un uso con enfoque empresarial utilitario va en ese sentido. Desde luego, esta apreciación no busca condenar a los integrantes del Parteco. Nada personal hay contra de ellos. Como personas merecen respeto. Pero en la ruta de desmantelamiento de la infraestructura cultural, aplica aquello de «Tanto peca el que mata la vaca…».
La gravedad del problema es de gran magnitud porque revela la inminencia de lo que cualquier analista o estudioso de la política social y la gestión pública advertiría:
La debacle de los bienes públicos.
El fracaso de la autoridad en la custodia del patrimonio cultural de Coahuila.
La incapacidad para cumplir la obligación constitucional del Gobierno como garante del derecho ciudadano al acceso a la cultura y al arte.
La renuncia de la autoridad cultural a cumplir una función por la que recibe un pago con dinero público: propiciar las condiciones óptimas para el desarrollo y profesionalización de los creadores coahuilenses.
Y algo muy grave y penoso: la ineptitud para preservar y mejorar la infraestructura cultural que autoridades anteriores y la sociedad han construido.
De por sí los espacios públicos para presentaciones artísticas son pocos e insuficientes, su privatización resulta inadmisible como línea de política de gobierno en materia cultural.
Es que no hay dinero, dicen. El Gobierno no pude ya costear el mantenimiento del teatro y mucho menos invertir en la promoción teatral, repiten en cada reunión con teatristas. Bueno, entonces, si así están las cosas y van a seguir entregando bienes públicos a particulares, ¿presentarán pronto también su renuncia al puesto? E4
Entre la precariedad y la simulación
La dramaturgia sobrevive gracias a sus creadores ante la falta de política cultural, mientras la autoridad responde con omisión, fingimientos y apoyos insuficientes
En Coahuila, el teatro se sostiene por la persistencia de sus creadores, no por una política cultural que lo respalde. Mientras la precariedad se vuelve norma, la respuesta institucional oscila entre la omisión y la simulación.
Durante los últimos años, el teatro en Coahuila se ha sostenido gracias al esfuerzo de sus hacedores, a pesar de la ausencia de políticas públicas consistentes de estímulo a la creación y la producción: sin circuitos permanentes de difusión, sin formación sistemática de públicos y sin condiciones propicias para el acceso de los creadores a los espacios escénicos.
En este contexto, la Secretaría de Cultura de Coahuila ha persistido en su renuencia a implementar un programa sólido, articulado y bien estructurado de fomento teatral. Las acciones que impulsa, de carácter esporádico, resultan insuficientes, ineficaces y, en ocasiones, erráticas frente a la precariedad estructural que enfrenta la práctica escénica en el estado.
Lo que los artistas escénicos hemos estado planteando es claro: respaldo institucional real, no acciones de apariencia o simulación. No estamos pidiendo favores. Estamos requiriendo que se cumpla una responsabilidad pública: instituir un plan integral de fomento teatral y garantizar el acceso a los espacios culturales como bienes públicos, no como recintos privatizados de facto, «prestados» de manera ocasional a los teatristas locales, con altos costos y más restricciones que facilidades.
Sin condiciones adecuadas de producción, la creación artística no encuentra su cauce en Coahuila. Sin acceso ni apropiación de los escenarios del estado —en tanto herramientas básicas para la construcción teatral—, la autoridad cultural no puede hablar, y mucho menos presumir, de una gestión integral en favor del desarrollo del arte y la cultura.
La adversa situación del teatro local no se corrige con convocatorias aisladas ni con iniciativas improvisadas a manera de «bomberazos». El llamado Maratón de Teatro Saltillense es ejemplo de ello: una respuesta sacada de la manga en la que se ofrecen más restricciones que condiciones óptimas para los realizadores escénicos, a quienes, más que creadores, se les pretende tratar como mendicantes del arte.
Para lograr el florecimiento del teatro no basta con dar gato por liebre. Se requiere un programa de fomento bien estructurado, con objetivos consensuados y presupuesto suficiente, como reiteradamente lo ha planteado la comunidad teatral sin encontrar una respuesta institucional seria. Tampoco basta con «taparle el ojo al macho» mediante eventos que son llamaradas de petate, ni con dorar la píldora a través de acciones que conciben el apoyo como dádiva o concesión extraordinaria, mientras se mantiene la negativa a transformar las condiciones de fondo del trabajo artístico.
De poco sirve darle una «manita de gato» a la programación cultural por medio de convocatorias que no atienden los problemas estructurales del teatro en el estado.
Esa concepción de la promoción cultural ha prevalecido en Coahuila durante lustros, pero se ha agudizado en los últimos dos años. Como ha señalado el director teatral Luis de Tavira, con frecuencia lo que se hace es «maicear» a la comunidad teatral. Cuando Tavira evoca la ironía del título de la obra de Emilio Carballido, ¡Silencio, pollos pelones, ya les van a echar su maíz!, remite con precisión a la lógica de una política cultural que ofrece apoyos ocasionales, menores o raquíticos para contener la inconformidad, sin transformar las condiciones de fondo.
Así las cosas, la gestión cultural entendida como simulación no apuesta al desarrollo, sino al control momentáneo. Y mientras eso no cambie, el teatro en Coahuila seguirá sobreviviendo —aun en la precariedad— por terquedad de sus creadores, no por responsabilidad del Estado. Lo demás es discurso. E4

Pues…¡Coahuila a pasos de gigante…! Pero hacia la ruina…