«El matadero de cristal» es el séptimo y último cuento del libro Siete cuentos morales del nobel de literatura J.M. Coetzee. En el cuento, la madre de John desea construir un matadero de cristal en medio de la ciudad para que la gente tome conciencia de la crueldad hacia los animales. John, el hijo, lee, a petición de su madre, el diario manuscrito por ella entre los años 1990 y 1995, y se va encontrando con menudas sorpresas.
En el apartado tres del cuento, la protagonista, en su diario, glosa, a la manera de Agamben, las ideas de Heidegger sobre «la pobreza de mundo» de los animales. Los animales tienen una experiencia del mundo limitada. La garrapata, por ello, es sólo weltarm, «pobre de mundo»: «podemos pensar que el animal (la garrapata) está esclavizado, no porque sea esclavo de los olores y los sonidos mismos, sino porque es esclavo de su apetito de sangre, elemento de cuya proximidad los olores y sonidos son señales. Evidentemente, los animales superiores no son totalmente esclavos de sus apetitos, pues demuestran una curiosidad por el mundo que los rodea que va más allá de ellos. Pero quiero evitar palabras como superior o inferior. Quiero entender a este hombre, Heidegger, hacia quien arrojo la red de mi curiosidad, como una araña» (p. 104). Estas últimas palabras de la madre de John coinciden con mi valoración de los bonobos de la que traté en mi entrega anterior.
Y es entonces cuando mordazmente la madre de John cuestiona la visión de Heidegger sobre el animal como «pobre de mundo» y hace referencia a sus amoríos con la filósofa Hannah Arendt: «Ese hombre que piensa que la garrapata tiene una experiencia paupérrima del mundo… Ese hombre, sin embargo, está hambriento de esos momentos de éxtasis en que su noción del mundo se reduce a nada y él se pierde en transportes sensuales en los que no interviene la mente… ¿No ves la ironía?» (p. 106).
Y continúa su emboscada. «Entonces, pienso en este hombre, Martin Heidegger, que quiere estar orgulloso de ser hombre, ein Mensch, que nos dice que el hombre es formador del mundo, weltbildend, que podemos parecernos a él y ser formadores de mundo nosotros también. Pero, de hecho, él no está plenamente seguro, seguro del todo, de que quiere ser ein Mensch; hay momentos en que se pregunta si, vistas las cosas con más perspectiva, no sería mejor ser un perro o una pulga y dejarse arrastrar por el torrente de ser» (p. 107). Aquí la madre, Coetzee mismo, la monta contra el antropocentrismo del alemán y se decanta sin rubor alguno por el zoocentrismo. Es nuestra época. El animalismo en todo su esplendor.
Mientras Heidegger escribe que el animal actúa (o se comporta) dentro de un entorno, pero jamás en un mundo, escucha el «toc toc» en su puerta y exclama el palindrómico «¡Hannah!». Ha llegado por fin su amada. Arroja el bolígrafo y se abandona al torrente del ser. Parece que Heidegger, en el fondo, quiere ser no como la garrapata, sino la garrapata misma.
Aunque coincido con Coetzee en que la expresión «pobre de mundo» deja mal parados a los animales, no comparto el argumento ad hominem que esgrime su personaje en la narración de marras. Todo argumento ad hominem es falaz. Por él se ataca a la persona, en este caso a Heidegger y su debilidad ante las mujeres, en lugar de refutar la idea en sí.
El cuento culmina con la madre compartiendo con su hijo su experiencia al ver un programa de televisión sobre la cría intensiva de animales. En el programa muestran un criadero de pollos. Ahí identifican el sexo de los pollitos recién nacidos. Si eres un animalito de sexo femenino, te depositan en una caja que se envía a la planta de ponedoras. Servirás de algo. Si eres del sexo masculino, te devuelven a la cinta. Al final de la cinta te dejan caer y te trituran para convertirte en una pasta que luego se esteriliza y se emplea como alimento de ganado o como fertilizante. El utilitarismo en bruto. La madre se desahoga con su hijo: «No puedo quitarme la imagen de la cabeza, John. Nacen miles de millones de pollitos a quienes les concedemos la gracia de vivir un día antes de triturarlos porque no tienen el sexo que queremos, porque no encajan en nuestro proyecto comercial (…) Dejando a Dios de lado, soy el único ser del universo que los recuerda» (p. 118-119). El mensaje es el siguiente: la madre y Coetzee escriben para esos animales indefensos.
Hasta aquí esta doble entrega sobre una polémica que sigue in crescendo en nuestro país: el estatus de los animales frente al ser humano. La crítica al «especismo» en el que incurren las personas que consideran que nuestra especie es infinitamente superior al resto de las que habitan este planeta, continúa diseminándose por doquier. Seguirán haciendo falta los equilibrios racionales y pertinentes.
Referencia:
Coetzee, J.M. (2025). Siete cuentos morales. Debolsillo. México.
