Enseñanzas del Mundial

La Copa de futbol enfiestó al mundo y enriqueció aún más a la FIFA, cuyo prestigio, según se apreció una vez más, es lo que menos parece importarle a la cúpula de la transnacional y a las corporaciones que la patrocinan. El Premio de la Paz FIFA al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la revocación de un juicio arbitral, también influenciado por la Casa Blanca, para permitirle a Folarin Balogun —hijo de padres nigerianos— participar en la fase de octavos de final, retratan a la FIFA tal cual es: un lobby al servicio de los intereses políticos y económicos de la oligarquía internacional.

En los mundiales siempre hay cenicientas (las de este torneo fueron Cabo Verde, Ecuador, Paraguay y Noruega) y princesas desairadas (Alemania, Brasil, Portugal y Uruguay). Al final, la copa sumó otra estrella al jersey de uno de los campeones previos. La oncena mexicana tuvo un papel destacado, sin embargo, por enésima vez no pudo cruzar la frontera de la cuarta fase. El ambiente en los estadios osciló entre la euforia y la zozobra, pero nada comparable al entusiasmo en las calles y en el país entero. Quienes, movidos por pulsiones ajenas al balompié, anticipaban disturbios y violencia, para demostrar que México es ingobernable, se quedaron con un palmo de narices.

México es un pueblo fraterno, pacífico y buen anfitrión, no solo en circunstancias normales sino también en momentos aciagos y críticos. Acogió a españoles y chilenos expulsados por las dictaduras de Francisco Franco y de Augusto Pinochet; apoyó la revolución cubana y es uno de los primeros en acudir en auxilio en casos de desastres naturales como los más recientes en Venezuela. La violencia en la que se regodean los medios de comunicación y los partidos no la generan entre sí los mexicanos. Es consecuencia de la guerra de los carteles que se disputan rutas, territorios e influencia. Las organizaciones criminales no habrían crecido como hongos sin la aquiescencia de autoridades de los tres niveles de Gobierno.

A pesar de los múltiples y acuciantes problemas que nuestra nación adolece, la comunidad internacional empieza a verlo con otros ojos. La ventana abierta por el Mundial mostró a México como un país amigable, abierto y solidario cuya riqueza cultural lo distingue del resto de América. En la nueva visión que el mundo tiene de nosotros contribuye, aunque se niegue o por mezquindad sectaria no se reconozca, la legitimidad del Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, avalada en las urnas por millones de votantes. No es casual que México adquiera cada vez más relevancia continental y en Europa gane aliados, inversiones y mercados.

En este contexto es importante que los mexicanos nos veamos también a nosotros mismos de manera distinta; sin disfraces, orejeras, exageraciones ni complejos. La unidad no suprime las diferencias, la uniformidad, sí. Somos un país plural y diverso que ha sabido dirimir sus divergencias políticas por la vía pacífica. Morena gobierna hoy, y tarde o temprano otro partido lo hará mañana. La democracia consiste precisamente en ganar y perder, y en aceptar sus resultados. Más allá de que el futbol es un negocio lucrativo, la selección nacional enseñó a todos —aficionados y legos—, que por encima de las rivalidades, las discrepancias e incluso los engaños, avanzar solo es posible cuando al trabajo de un equipo se unen la voluntad, el talento y el esfuerzo de todos.

De la duda a la certeza

El Mundial de futbol mostró sin pudor las dos caras del capitalismo salvaje. De un lado, selecciones multirraciales celebradas como modelo de negocio y ejemplo de integración desprejuiciada. Fuera de los estadios: rechazo y satanización del extranjero en su principal bastión, Estados Unidos, cuyas políticas antiinmigrantes inhumanas aplica la mayoría de los países de Europa. George Orwell aborda esta igualdad diferenciada en La rebelión en la granja. Los jugadores de élite de color distinto a los de casa forman parte de la misma maquinaria mercantilista por antonomasia.

En cambio, las legiones de migrantes que cruzan las fronteras sin papeles, y cuyo trabajo contribuye al bienestar y al crecimiento de las economías de las potencias, en la era de Donald Trump son vistos y tratados como subhumanos y amenazas a los que se debe eliminar sin miramientos. La Copa FIFA se diseñó para el jet set y para las élites, no para la gente de a pie. La inmensa mayoría siguió los partidos en sus hogares, en las plazas y en otros centros de reunión. Deporte de profunda raíz popular, el futbol fue secuestrado y convertido por las grandes corporaciones en mina de oro, en espectáculo y en pasarela. También lo usan para controlar a las masas, presionar a los Gobiernos y enriquecer a una multinacional sin escrúpulos como la FIFA.

Nadie asiste a los estadios a punta de pistola ni paga contra su voluntad entradas y precios estratosféricos por alimentos y bebidas. Sin embargo, la incuria y complicidad de las autoridades son campo fértil para los abusos. En lo concerniente al juego, mientras el futbol sea manejado por las televisoras y los intereses políticos, la selección nacional, por mucho que mejore y entusiasme, estará lejos de ser una potencia internacional. ¿Qué pueden aportarle a un deporte quienes no lo conocen?

Antes de ser presidente de la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut), Mikel Arriola solo había jugado en la cancha de la política. En el sexenio de Enrique Peña Nieto se desempeñó como titular de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) y director del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). En los Gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón colaboró en la Financiera Rural y en la Secretaría de Hacienda. El PRI lo postuló en 2018 para la jefatura de Gobierno de Ciudad de México, donde Claudia Sheinbaum (Morena) lo «goleó» con el 47 % de los votos. Alejandra Barrales (PRD) ocupó el segundo lugar con el 31 %, y Arriola el tercero con apenas el 12 %.

Decio de María Serrano también pasó de la banca política a la presidencia de la Femexfut. En 2015 sustituyó a Justino Compeán después de haber sido funcionario del Banco de México, subsecretario de Comercio y Fomento Industrial y secretario general de la Organización de Telecomunicaciones Iberoamericanas (OTI). El entonces director técnico de la selección, Miguel Herrera, lo recibió así: «Si viene alguien como Decio, bienvenido sea. Ahora habrá que presentarle resultados, porque ningún directivo te mantiene por tu linda carita». El primer logro de Herrera consistió en ganar la Copa de Oro, pero en medio de la celebración fue despedido por protagonizar un escándalo en el aeropuerto de Filadelfia, donde supuestamente agredió al comentarista de televisión Christian Martinoli. Para tener un futbol competitivo, el público debe ser más exigente con la Federación, no quedarse en el aplauso y cambiar el lema del dudoso «¿Y si sí?» por un contundente e incontestable «¿Ahora sí?»

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