Entidades del mal

La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver. Eso decía el inmenso Octavio Paz en el prólogo al libro de Carlos Castañeda: Las enseñanzas de don Juan, cuyo sustrato supone un inmenso elogio para el escritor y un enorme aval para el contenido del volumen.

Acogiéndome a esa aseveración, que no admite réplica, por cierto, me permito trasladarla a la historia del pensamiento humano cuya actividad ha sido un despliegue fascinante de luces tan potentes que, a veces, ponen más sombra de la que ya hay para moverse con soltura en lo que atañe a la vida cotidiana debido a los pocos alcances intelectuales de los que son contemporáneos de este pensamiento.

Y eso resulta evidente en algunos especímenes de naturaleza prácticamente animal, como los políticos, por ejemplo. En términos de generalidad, ellos se definen por tener un cerebro pequeño, no en peso ni en dimensiones, sino a la hora de pensar. Las luces del pensamiento no suelen iluminar la oscuridad de sus apenas ideas, cuando las hay.

No se asoman, ni por equivocación, a echarle un ojo a la historia del pensamiento humano para hojear en sus páginas los destellos de luz que ahí se registran y que seguramente, les haría muy bien conocerlos.

El gran filósofo alemán Immanuel Kant, escribió en su época un maravilloso ensayo titulado La paz perpetua, que debería ser manual obligatorio para cualquier político, sin importar la geografía donde se presente. En ese trabajo, producto de un rigor de pensamiento vigoroso, el filósofo deja en claro que los políticos pervierten su quehacer al ocuparse de su entorno personal más inmediato en una actuación casi sin moral.

Del texto se desprenden algunas consideraciones de interés particular. Por ejemplo, lo siguiente: un político que pervierte su quehacer es un animal social que jamás tendrá como aspiración de prioridad la construcción de la paz, ese estado de gracia donde se edifica lo mejor del ser humano como entidad individual, así como lo mejor del ser humano como entidad colectiva.

Perversión de esa actividad la constituyen las guerras que promueven, las divisiones entre las sociedades, la mentira sistemática, la aspiración del poder por el poder mismo, la supremacía del mando así nada más porque sí y la supresión de las libertades. En una condición de esa naturaleza ningún estado de bienestar estará al alcance, aunque se le enuncie y se anuncie en cada discurso vacuo emitido por boca de cada bestia de la que se habla.

Pero estoy casi seguro de que ningún político conoce a Kant a través de la lectura cuidadosa de su obra, donde está la fuente de un pensamiento fulgurante. Si lo conocieran sabrían que una línea del pensamiento filosófico de Kant sienta sus bases en un proyecto que aborda el estudio crítico de la ética donde defendió con ardor la libertad y al hombre libre, condición que en los Estados modernos está muy lejos de consumarse.

Observe el tamaño de la propuesta kantiana en este ámbito. El pensador alemán identificaba dos modos distintos de actuar frente al deber. No es lo mismo, decía, actuar conforme al deber que actuar por el deber. Actuar conforme al deber sería actuar dentro de la legalidad, pero eso no significa que estuviera actuando dentro de la moralidad. Una acción solo tiene valor moral cuando se realiza puramente por el deber.

Lejos, pues, están los políticos de este principio kantiano. El político, de cualquier parte del mundo, se deslinda de esos amarres. Tiene una vocación y una pasión por la mentira. Son sus intereses de índole personal y los del grupo al que pertenece los que determinan su agenda de acción.

En una colaboración anterior decía que, en efecto, los políticos son malos por definición. Son una casta enferma, inútil para la vida ciudadana y veneno puro para la democracia a la que aspira todo pueblo civilizado. Y lo peor es que parece no haber antídoto eficaz contra este virus maldito.

Para muestra, lo que a continuación menciono. En México las dos administraciones morenistas que han tenido como aspiración una transformación del país, basada más en buenas intenciones (eso espero) que, en ideas, conocimiento, sensatez y eficiencia para concretar el proyecto. En los hechos, sin embargo, se dejaron ganar por la ambición desmedida del poder y sus acciones nos dejan con un país destruido en sus instituciones, dividido por una innecesaria polarización y por un retroceso en la construcción de su democracia.

Asediado por las organizaciones criminales, que crecieron al amparo de los dos Gobiernos de referencia, pone en bandeja de plata los argumentos suficientes para que los gringos se den baños de pureza y se vistan de héroes en su lucha hipócrita por combatir lo que está fuera de la ley.

La concentración del poder los volvió locos. Se inventaron el México al que, quizá en un acto de buena voluntad de origen, soñaron transformar. Hoy, la soberbia les ha hecho creer que son la salvación de la patria.

Lo mismo ocurre, en efecto, con el otro loco trascendiendo la frontera. Ebrio de poder, el rubio gringo, cuyo deporte preferido es la guerra, ha puesto al mundo entero a un paso del abismo al promover conflictos innecesarios violentando el orden normativo que el derecho internacional ha ido construyendo a lo largo de muchos siglos de aprendizajes.

Del mismo modo que los Gobiernos morenistas de nuestro México, al rubio loco le ha crecido la soberbia a grado tal que le ha hecho creer que es el salvador del mundo.

La historia del pensamiento moderno, con sus destellos de fulgor, ha sido ajeno a estas entidades del mal ensordecidas por los cantos laudatorios del poder. En ninguno de los casos se han permitido un momento de autocrítica para mirar lo que realmente son: dictaduras. Con nuevo rostro, pero dictaduras, al fin y al cabo.

Las consecuencias son múltiples, pero siempre en grado de maldad y gravedad.

Por eso no me llevo bien con esa casta de desalmados. Esta clase de fauna no es mi favorita. Están excluidos de mi entorno cercano. Prefiero un perro a una de estas entidades del mal como son los políticos. No importa de qué lugar sean, son los mismos.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.

Deja un comentario