Escribir sin miedo a ocultar que soy mujer

Han pasado más de cuatro mil años desde que Enheduanna, gran sacerdotisa de la antigua Mesopotamia, escribiera himnos y poemas religiosos que hoy son considerados los primeros textos conocidos firmados por una mujer. Su obra más célebre, La exaltación de Inanna, ha llevado a numerosos especialistas a considerarla la primera escritora de la historia.

Resulta curioso que la primera autora de la que tenemos registro haya sido una mujer y que, durante siglos posteriores, tantas otras vieran limitado su acceso a la educación, la publicación y el reconocimiento. Muchas de sus obras se perdieron con el tiempo; otras permanecieron en el anonimato y algunas más tuvieron que esconderse detrás del nombre de un hombre.

En los últimos años hemos sido testigos de importantes avances en materia de igualdad. Las mujeres ocupan espacios que durante generaciones parecían reservados para los hombres. Carreras universitarias que antes eran predominantemente masculinas hoy cuentan incluso con una mayor presencia femenina. México tiene por primera vez una mujer presidenta, un hecho que hace apenas unas décadas habría parecido impensable para muchos. Sin embargo, el camino para llegar hasta aquí ha sido largo.

Hoy recorremos una librería y encontramos nombres de mujeres en prácticamente todos los géneros literarios. Parecería algo natural, pero durante mucho tiempo no lo fue. Hubo épocas en las que una mujer que sabía escribir difícilmente podía aspirar a publicar con su propio nombre. La única alternativa era esconderse tras un seudónimo masculino o utilizar simples iniciales para evitar el prejuicio.

No era solamente una cuestión editorial. Durante siglos se creyó que las mujeres debían limitarse al hogar y a la familia. La filosofía, la política, la ciencia o la literatura eran consideradas territorios masculinos. Si una mujer escribía sobre esos temas, muchos críticos asumían que su obra sería inferior incluso antes de leer una sola página.

En México, Sor Juana Inés de la Cruz representa quizá el mejor ejemplo. Gracias a su vida conventual pudo acceder al conocimiento y desarrollar una obra que hoy es fundamental para la literatura en español. Sin embargo, ni siquiera ella escapó a las presiones de su época. Su defensa del derecho de las mujeres a pensar y estudiar provocó la censura de las autoridades eclesiásticas, que terminaron por limitar su actividad intelectual.

La historia ofrece otros ejemplos aún más dolorosos.

Marguerite Porete fue condenada por la Inquisición y murió en la hoguera debido a sus ideas religiosas. Olympe de Gouges, autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, fue encarcelada y guillotinada durante la Revolución Francesa. Siglos después, la escritora egipcia Nawal El Saadawi también sería encarcelada por denunciar la opresión de las mujeres y cuestionar al poder.

Mary Ann Evans firmó como George Eliot y escribió Middlemarch, considerada una de las grandes novelas de la lengua inglesa. Las hermanas Brontë adoptaron los nombres de Currer, Ellis y Acton Bell para publicar sus primeras obras. Cecilia Böhl de Faber eligió llamarse Fernán Caballero para abrirse paso en la literatura española. Karen Blixen publicó Memorias de África bajo el nombre de Isak Dinesen. El problema no era la calidad de sus libros. El problema era quién los firmaba.

En tiempos mucho más recientes, la editorial de Joanne Rowling decidió que apareciera únicamente como J. K. Rowling, convencida de que muchos niños leerían con mayor facilidad una novela si no identificaban de inmediato que había sido escrita por una mujer.

Virginia Woolf resumió esta realidad con enorme claridad en Una habitación propia: «Para escribir libremente, una mujer necesitaba independencia económica y un espacio propio, dos privilegios que durante siglos les fueron negados».

Afortunadamente, la historia también habla de avances.

Durante el siglo XX autoras como Simone de Beauvoir, Toni Morrison, Elena Garro, Rosario Castellanos, Alice Munro o Han Kang demostraron que las mujeres no solo podían ocupar un lugar central dentro de la literatura, sino transformar la manera en que entendemos el mundo.

Hoy son 18 las mujeres que han recibido el Premio Nobel de Literatura. Puede parecer una cifra pequeña frente a más de un siglo de galardones, pero detrás de cada uno de esos reconocimientos existe una larga historia de escritoras que lucharon contra el anonimato.

La próxima vez que tome un libro escrito por una mujer, recuerde que durante siglos muchas tuvieron que esconder su nombre para que alguien las leyera. Que hoy una autora firme con su propio nombre parece algo natural, pero es el resultado del talento y la perseverancia de generaciones enteras que se negaron a dejar de escribir.

Promotor cultural.

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