Si la brecha entre quienes acceden a mejores prácticas educativas para pensar mejor y quienes consumen chatarra mental sigue creciendo, cabe preguntarse qué podríamos hacer antes de que se vuelva irreparable.
Cuando cayó el Imperio Romano de Occidente, la humanidad no se apagó, pero sí tropezó: se fracturó la infraestructura que sostenía el conocimiento. Se destruyeron caminos, mapas, se extraviaron archivos; se debilitó la educación. El saber quedó confinado en monasterios, donde copiar un libro no era un acto erudito, sino una estrategia en favor de la memoria; si ese único ejemplar se quemaba o se perdía, también se evaporaba un mundo.
En El infinito en un junco, Irene Vallejo insiste en que la escritura y el libro no nacen como un lujo intelectual, sino como tecnología de supervivencia cultural. La imprenta hizo posible el objetivo del libro: suplantar a los juglares y vencer el olvido. Este simple objeto encuadernado no solo fue contenedor, también fue difusor de ideas e historias, reconfiguró la mente humana. Entre página y página se gestó una revolución cognitiva.
Ahora que cientos de objetos digitales producen otra revolución cognitiva, se antoja una contrarrevolución para equilibrar los efectos. Una estrategia de reacción donde la tecnología no es combatida, sino reubicada. El problema no es usar un teléfono celular, sino no saber qué hacer sin él. No se trata de volver atrás, sino de tener reservas cognitivas, ejercitando memoria, lectura larga y profunda, toma de decisiones bajo criterio propio y otras habilidades clave.
La literatura ofrece pistas. En La Odisea, Ulises no se tapa los oídos ante el canto de las sirenas, se ata al mástil para escuchar y resistir. De la misma forma, nosotros tendríamos que «amarrarnos» a prácticas que nos impidan sucumbir ante el embate tecnológico y la pérdida de capital cognitivo.
Habrá que consultar a los expertos; sin embargo, aventuro algunas semillas a modo de antídoto. La idea central es que, así como ejercitamos el cuerpo, podríamos entrenar la mente. Rutinas, no de abdominales, sino de atención, memoria, observación, pensamiento profundo. Pasar de la superficialidad de una pantalla a la profundidad del razonamiento. Evitar el estímulo de dopamina de los videos cortos intrascendentes que hoy seducen, atrapan y agobian. Sembrar nuevos hábitos. Meditar, contemplar lo que se tenga en la ventana, escuchar un podcast sobre un tema de interés.
Leer cuando no apetece es declararle la guerra al algoritmo. El simple acto de tomar el libro entre las manos y dedicarle un tiempo rutinario es ya una forma de resistencia heroica. Avanzar cada día un poco más. Entrar a un club del libro. Conversar sin la distracción de la pantalla, hacer un esfuerzo por desconectarse de la red unos minutos. Ver a los ojos, tomar entre las manos la taza de café o el tarro de cerveza, conectar la piel al objeto. Regresar a los crucigramas impresos, aprender ajedrez o dominó, tomar clases de baile. El punto no es negar el mundo digital, sino impedir que nos devore.
Por supuesto, las escuelas deberían hacer su parte, sobre todo en los niveles formativos. Fomentar las competencias cognitivas humanas no digitales, compensar su uso para no caer en un desbalance. Volver a las materias primitivas: orientación en mapas, lectura de comprensión, hablar en público, contar historias, saber esperar, memorización, observación, en fin, todo ese repertorio que parece que la modernidad nos ha arrebatado. La música (dominar un instrumento) me parece una avenida extraordinaria, como otras actividades artísticas que implican la coordinación y la sensibilidad del cuerpo.
Recordemos que, aislado en una isla, Robinson Crusoe sobrevive no por su fortaleza física sino por un método, observación y registro. Escribe, mide, clasifica, distingue. Ocupa su mente y esto le permite no enloquecer. El náufrago preservó su capital cognitivo en una isla que no solo era física, también mental. De la misma forma, esa historia debería inspirarnos para no naufragar ante la pérdida de habilidades cognitivas fundamentales.
Moderar la dependencia tecnológica y preservar destrezas de la mente es una forma de resistencia. No se trata de regresar al astrolabio, sino de saber orientarnos sin GPS. Llegar, aunque la pantalla se apague.
Fuente: Reforma
