En la página www.nogracias.es aparece el título de un artículo relacionado con la diabetes cuya cabeza de nota reza:
«Azúcar elevada en sangre = diagnóstico de diabetes o prediabetes = utilización de medicamento».
Ya en el cuerpo de la nota específica:
«En esta investigación periodística, que hoy traducimos, publicada en el prestigioso periódico norteamericano Milwaukee-Wisconsin Journal Sentinel y destacada por el boletín semanal del Lown Institute se denuncia que la industria de la diabetes ha convertido en enfermos al 45% de los adultos sanos norteamericanos (71 millones de personas) generando un volumen de negocio para las farmacéuticas, solo en EE. UU., de 23 mil millones de dólares al año, que da para repartir enormes dividendos entre las organizaciones profesionales, científicos, académicos y médicos que colaboran activamente en la construcción de este gigantesco mercado».
Ni duda me queda porque me consta de muchos pacientes diagnosticados y tratados como diabéticos sin ser diabéticos, sin haber cumplido con el requisito de contar con cifras de azúcar elevada en forma progresiva (sin retornar a lo normal) en más de tres ocasiones y con síntomas clínicos de diabetes: mucha sed, mucha orina, baja de peso… o una sola vez por encima de 180 miligramos y con los síntomas típicos mencionados, siendo estos requisitos esenciales para definir con seguridad que una persona es diabética con certeza de 100%.
Muchos de estos pacientes se han presentado a consulta con síntomas de hipoglicemia, azúcar baja, menor de 50 miligramos: sudoración fría, debilidad general, somnolencia, y sensación de desmayarse que se recuperan al ingerir dulces o «la chispa de la vida», la coca cola rica en calorías de fácil absorción. Lo anterior dependiendo de la dosis y de la calidad de la metformina o glibenclamida y sus congéneres, por mencionar los fármacos más utilizados para el control del azúcar.
Y continúa el artículo:
«Pues bien, las asociaciones científicas norteamericanas relacionadas con la diabetes han seguido un modelo de negocio semejante a la Asociación Psiquiátrica Americana constituyendo una verdadera industria de la diabetes, entre otras cosas, determinando la definición de enfermedad. Hoy, lo denunciamos traduciendo este, a nuestro entender, relevante texto periodístico, inimaginable, hoy por hoy, en un medio de comunicación español». Reza este texto con el que concuerdo con base en mi experiencia.
«En 1997, un grupo de expertos convocado por la Asociación Americana de Diabetes cambió la definición de la diabetes tipo 2, reduciendo el umbral de azúcar en la sangre, por lo que alrededor de mil 9 millones más de americanos tuvieron la enfermedad. La misma pauta ocurrió en 2003, con consecuencias aún más amplias, cuando la Asociación cambió la definición de una condición conocida como prediabetes y —de un día para otro— 25 millones más de estadounidenses se vieron afectados.
En la década siguiente, la industria de la diabetes de nuevo se vio sacudida gracias en parte a una declaración realizada en 2008 por dos grupos de endocrinólogos que afirmaron que la prediabetes debería ser tratada con medicamentos si la dieta y el ejercicio no disminuían los niveles de azúcar.
El año previo a esta comunicación, las ventas de medicamentos para la diabetes alcanzaron en EE.UU. 23 mil millones dólares, según datos de IMS Health, una firma de investigación de mercados de medicamentos. Eso fue más que los ingresos combinados de la Liga Nacional de Fútbol, la Liga Mayor de Béisbol y la Asociación Nacional de Baloncesto.
Pero desde 2004 hasta 2013, ninguno de los 30 nuevos medicamentos para la diabetes que han entrado en el mercado ha demostrado mejorar los resultados clave, tales como la reducción de ataques cardíacos o cerebrales, ceguera u otras complicaciones de la enfermedad, según una investigación realizada por el Milwaukee Journal Sentinel y MedPage Today. Esto también me consta.
En cambio, la Food and Drug Administration aprobó los fármacos en función de su capacidad para reducir los niveles de azúcar en la sangre, lo que se denomina una variable subrogada. Muchos de los nuevos fármacos, aunque de dudoso beneficio, pueden ser dañinos». Actualmente se prescribe un medicamento para la diabetes, dapagliflozina (retirada en Europa) con un costo de 65 pesos por tableta, y no es mejor que una vieja tableta de glibenclamida más metformina de 10 pesos por tableta, y que además provoca infecciones renales.
En efecto, durante mis años de escolaridad en medicina, 1964 a 1968, el diagnóstico de diabetes se establecía con azúcar por encima de 180, con síntomas clínicos. Si una persona tenía cifras de azúcar entre 110 y 180, sin síntomas clínicos se le decía que tenía diabetes química asintomática y no se recomendaban fármacos a menos que durante su evolución rebasara los 180 y que no retornara a lo normal. Ya en mis años de residencia 1972 a 1974, bajaron la cifra máxima de azúcar a 150 miligramos en ayunas y actualmente con 126 miligramos de azúcar en ayunas, «por decreto», a una persona sana la enferman de diabetes grave y el terror de estas personas los hace sentirse al borde la tumba con ceguera, daño renal, o amputados de pies y piernas y a pesar de que físicamente están «a todas margaritas», la calidad de vida emocional de estas personas y sus familias, «es horribleeee… horriiiibleeee».
Lea Yatrogenia
