—Fui testigo presencial de la influencia de la industria sobre investigación médica durante las dos décadas que pasé en The New England Journal of Medicine —narra la doctora Marcia Angell, especialista en Medicina Interna y continúa—: El tema central de este periódico es la investigación sobre las causas y los tratamientos de las enfermedades. Dicho trabajo depende, cada vez más, del auspicio de las empresas farmacéuticas. He visto cómo las compañías empezaban a ejercer diferentes grados de control sobre el modo en que se llevaban a cabo las investigaciones (cuestión impensable cuando empecé en el periódico) y su propósito era claramente hacer trampa para asegurarse de que sus medicamentos tuvieran buena imagen. Por ejemplo, las compañías exigían a los investigadores que compararan la nueva droga con un placebo (una píldora de azúcar) y no con una droga más antigua. Así, la nueva droga parecería eficaz a pesar de que en realidad quizá fuera peor que la anterior. Hay otras maneras de manipular una investigación y no todas pueden ser detectadas, ni siquiera por expertos. Por razones obvias, rechazábamos tales estudios cuando los descubríamos, pero a menudo se publicaban en otros periódicos. A veces las compañías no permiten que los investigadores publiquen ni siquiera parte de sus resultados si estos no son favorables a los fármacos de la empresa. A medida que vi cómo aumentaba el control de la industria, empezó a inquietarme cada vez más la posibilidad de que gran parte de las investigaciones publicadas no fueran confiables y llevaran a los médicos a creer que los nuevos fármacos son más eficaces y seguros de lo que en realidad son.
En lógica una falacia (del latin fallacia, «engaño») es una tesis que parece válida, pero no lo es. Algunas falacias se cometen intencionadamente para persuadir o manipular a los demás y ganar billetes, mientras que otras se cometen sin intención debido a descuidos o ignorancia. En ocasiones, las falacias pueden ser muy sutiles y persuasivas, por lo que se debe poner mucha atención para detectarlas.
En correlación con los textos previos, en la práctica he observado pacientes que, por ejemplo, recibiendo tratamiento para la presión con uno de los nuevos telmisartán de 80 mg, cuyo precio de 30 tabletas es de mil 500 pesos (53 pesos por tableta), se controlan muy bien con el viejo y barato aldomet de 500 mg con un costo de 600 pesos por 30 tabletas (20 pesos por tableta). Este medicamento es de los más antiguos, efectivo y económico, para el tratamiento de la presión arterial ya lo habían retirado, en realidad por barato, y le atribuyeron efectos nocivos graves y peligrosos, que yo nunca observé. Recientemente reapareció.
Lo que sí me consta es que cuando surgieron en el mercado los nuevos medicamentos para la presión, metoprolol (betabloqueador) y nifedipino (calcioantagonista), desde hace unos 40 años, empecé a observar pacientes intoxicados graves de insuficiencia cardiaca con este par de «novedades», y hasta la fecha sigo observando intoxicados con exceso de medicamentos para la presión arterial.
La falacia reside en hacer creer a médicos y pacientes que los medicamentos nuevos y más caros son mejores.
Bien dice una reflexión: la diferencia entre un veneno y un medicamento es la dosis.
Elefantiasis
De hecho, en el momento de estar pergeñando este texto se presentó una paciente a quien hace siete años la diagnostiqué intoxicación crónica con medicamentos para la presión, tenía disnea (sed de aire) pues caminaba unos pasos y se agitaba, lo que sugería que el corazón le estaba fallando, la presión baja, 90/50, latidos cardiacos lentos, 55 por minuto (normal promedio 80) y estaba hinchada de las piernas hasta el muslo, simulando «patas de elefante», a consecuencia de la retención de líquidos, todo esto provocado por amlodipino y metoprolol, medicamentos muy buenos para la presión alta, muy malos a dosis excesiva o en pacientes que no padecen hipertensión arterial sistémica progresiva, es decir la verdadera hipertensión, como en este caso pues desde hace siete años no ingiere medicamento alguno para la presión alta y esta ha permanecido normal. Esta paciente tenía insuficiencia cardiaca grave provocada por los medicamentos.
En cada consulta, esta paciente recuerda el miedo que tenía cuando le dije que debía suspender los medicamentos para la presión arterial porque el cardiólogo y varios médicos le informaron que debía tomarlos toda la vida y si dejaba de tomarlos podría morir de una hemorragia en el cerebro o de un infarto al corazón. Pues en este momento usted corre peligro de muerte porque estoy seguro que su corazón está muy débil a consecuencia del exceso de los medicamentos para la presión con riesgo de un bloqueo cardiaco, paro y muerte. Le dije hace siete años. Pero si usted no confía en mi diagnóstico, le haré un certificado médico y de mi puño y letra, para confirmar mi dicho y con este certificado se presenta con su cardiólogo de confianza y usted decide con que opinión se queda.
La lógica de Aristóteles no falla: si alguien afirma lo contrario de una proposición, una de ellas es verdadera y la otra es falsa, dependiendo de los argumentos que se utilicen, porque en las llamadas falacias, una afirmación puede parecer verdadera, siendo falsa.
«O al revés voltiao».
Lea Yatrogenia
