In memoriam: 1947-2026
Para:
Jessica y Erubiel (D.); Paola y Humberto; y un auténtico lineup de nietos que hoy fildean sueños bajo miradas de leyenda.
A quienes hayan deambulado por estos andamios de Espacio 4 desde principios del año… repararán en algo. Hoy toca poner —breve— pausa a la Copa del Mundo y sus relatos finales… aún reservados. Esta semana el estío pega distinto. Un cielo desde donde penden guiños de pestaña nocturna parece sobrevolar Saltillo. El balón de hoy, amigos, tiene las costuras rojas. Porque hay personas que no solo llegan a una ciudad. A veces la ciudad, simplemente, termina acariciándoles con un verano propio. Como este.
Estos terruños aprendieron a coser beisbol en los albores de los años 70… y cuántos lo sabemos, lo narramos, lo padecimos y lo fulguramos. Saltillo aprendió a vivir con un equipo de beisbol en 1970. Era una franquicia nueva, una ilusión norteña levantada entre polvo, ladrillo azul y tardes verdes. Y mientras un sarape bordaba sus primeras fluorescencias, un muchacho sinaloense también desembarcaba —con hatillo de bate y acequia— en la capital coahuilense. Venía con un guante, con oficio y con una vida entera en los ojos asombrados. Era de Guamúchil. Se llamaba Víctor Favela. Se decía pelotero… pero el tiempo —rompiente cual tirabuzón— le iba a cambiar el lanzamiento.
Resguardó la primera. Sopesó segunda y «chor». Le puso pecho —y mirada— a la tercera colchoneta. Y una línea tan pérfida como amorosa… le presentó a una reina de verdad. De feria y registro. Tenía una mirada extraída del Cantar de los cantares y el cabello pleno para inventar cada susurro de Sherezada. Ella saltillense de «nacencia» (Cfr. Chávez, Ó.) La casa, de estirpe siria con remate en Belén. Y un suegro tan tunante y rondallero, que los números le solfeaban en clave de Sol… y con vinilo. A matrimoniar en 45 revoluciones. No más.
Víctor Favela fue mánager. Fue coach. Fue scout. Fue directivo. Fue maestro. Descubrió talentos cuando todavía no existían censos. Aguzado, pero tierno como él solo, dibujó carreras que terminaron por recorrer los diamantes de todo México y las Grandes Ligas. ¿Vinicio Castilla… Armando Reynoso… suenan? Nunca olvidaré esa tarde, con lluvia monzonera de agosto, cuando me recibió en su propia hoguera. Me habló de Vinny y su milla. De esos mil 600 metros sobre el nivel del mar que emparejan a Saltillo con Denver, sus Rockies y el Coors Field. Por eso los jonrones del prodigio oaxaqueño —que él encontró— volaban tan bonito.
Detrás de Favela, sus recuerdos en librero parecían bullir como cascada. Sí de Atoyac… pero con arrullo marca Atlanta: el férreo silencio del Sur Profundo gringo… el de la Guerra Civil, con bandera de cruz en equis.
Los colegas de Víctor Favela eran así. Pero su temple los apaciguó en dos parpadeos. Hablamos de Bobby Cox y Paul Snyder. Hastiados, vía Monterrey los recibió como estratega. Los dos se regresaron con los ojos como platos, y los dólares tan estrellados como revueltos. Un solo mánager de Saraperos les cuadró el lineup que no tenían. Si alguna vez el sol salió en Antequera, le guiñó un ojo a don Víctor. Con la complicidad de Aurelio «Monty» Monteagudo —de la Cuba atlántica con tabaco Caibarién— desde el dugout… toca decir que este par descuadró gran parte del draft de la MLB en la primera entrega de los 90. Y lo hicieron entre carcajada y bocanada.
Pero Favela hizo algo mucho más difícil. Empujó a construir una identidad sarapera. Creo que los equipos sobreviven gracias a esos hombres que conocen cada rincón del parque. Los que saludan por su nombre al señor de las semillas. Y luego distinguen el sonido de una recta antes de que la pelota golpee el guante. Hay los que coleccionamos estampas. Pero otros acumulan sabiduría hecha años. Víctor Favela reunió ambas cosas y les añadió algo que jamás aparecerá en una hoja de fildeo: respeto y afecto.
Más de medio siglo después de haber llegado a Saltillo, su historia ya no podrá separarse del Sarape. Quizá por eso hoy nos duele tanto su partida. Porque con hombres como él se manifiesta una manera de entender el beisbol sin estridencias: con paciencia, trabajo y
una fidelidad que hoy parece pertenecer a otra época.
Los voladores suelen ocupar las portadas. Los imprescindibles, en cambio, suelen caminar detrás del diamante… lejos de los reflectores. Ahí vivió Víctor Favela durante más de 50 años. Formó peloteros. Aconsejó novenas. Y cuidó a una institución que se convirtió en su segunda casa. Pero Saltillo despide mucho más que a un hombre de beisbol.
Y es que la casa manda. Poco tiempo antes de casarse, Favela recibió oferta temporal para cubrir la primera base de los Pericos de Puebla. Los años 70 ebullían con un suegro que se te imponía igualito a Omar Sharif con doctorado en trenes infinitos. Si la acompañante reina de aquel festival quería ir con él: a con chaperona… y era su hermana menor. Dicen que, con 15 años, aquella elevaba la nariz como la niña más bonita de la Alameda. Allá fueron a parar las dos. Porque las hojas de parra, como el listón rojo, no se cosen solas.
Hace poco, con siete días de julio —y mil noches después— una voz con miel llamó a Favela desde el ábside celeste. Él no reconocía aquel lenguaje debido a su animadversión por los Astros (tejanos). Por eso —mejor— Alguien le aventó una recta suave. La conectó rotunda, como un niño de sexto de primaria, y la puso en órbita. Se dice que —desde esa noche— con cuero y cicatrices rojas, esa pelota ya reposa en luminosa atmósfera. Fue y se pegó a una estrella que ya tenía pasaporte espacial. Y las dos luces pronunciaron un cerillo. En el parque Madero ya nadie reclamó la bola. Pasó todas, todas, las alambradas.
