Suelo definir la felicidad, con Benjamin, como «percibirse a uno mismo sin temor». Y estoy convencido de que los factores internos suman más en la búsqueda de la felicidad que las circunstancias. William Cowper afirma: «Como enseña la naturaleza, la felicidad depende menos de las cosas externas de lo que la gente cree». Con esto no quiero decir que los bienes externos no contribuyan a la plenitud humana. El mismísimo Aristóteles lo aseguró con toda su autoridad en la Ética nicomaquea. Y este artículo lo quiero dedicar a esclarecer algunas de las relaciones que existen entre los ingresos y la felicidad.
Los economistas, cuando hablan del tema de la felicidad, suelen refugiarse en la filosofía utilitarista. Maximizar la felicidad es su preocupación central. Y para ello definen superficialmente la felicidad como un mero sentirse bien. ¿Qué les cuesta añadir el adjetivo «realmente» a su noción? Si dijeran sentirse «realmente» bien, podrían referirse por lo menos a dos cosas. Por un lado, a que la felicidad no debe confundirse con el placer o con el goce momentáneo y fugaz. Por otra parte, a que la felicidad exige cierta dosis de enfrentamiento con la realidad. Stuart Mill inmortalizó la siguiente frase: «Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho. Y si el necio o el cerdo opinan de un modo distinto es a causa de que ellos sólo conocen una cara de la cuestión. El otro miembro de la comparación conoce ambas caras» (p. 51). Y con ello aludía a la importancia de distinguir entre una felicidad entendida como un estado duradero de plenitud y una felicidad un tanto descafeínada. Por último y antes de entrar en materia, los economistas creen a pie juntillas que se puede medir el grado de felicidad de un individuo y de una sociedad.
Hablemos entonces del tema que hoy nos ocupa: la relación entre felicidad e ingresos. Mi buen amigo Ramón Martínez acostumbra decir con socarronería: «el dinero no te conduce a la felicidad, pero bien que te deja a media cuadra de ella». Richard Layard, economista, ha dedicado su vida a pensar las políticas públicas que podrían mejorar significativamente el bienestar de los ciudadanos. En su libro La felicidad. Lecciones para una nueva ciencia defiende la siguiente tesis: el ingreso suplementario contribuye a la felicidad más en los pobres que en los ricos. Así lo dice: «el aumento de la felicidad derivado de los ingresos adicionales es mayor cuando se es pobre y desciende a ritmo constante a medida que se es más rico» (p. 45). Páginas más adelante añade: «El dinero extra les resulta más indiferente a los ricos que a los pobres» (p. 61). O sea que un peso suplementario da más felicidad al pobre que al rico. El libro del Barón Layard viene acompañado de un montón de estadísticas, pero no los canso con ellas.
Esto no quiere decir que a la persona pudiente le dé igual un extra, una pensión del bienestar, por ejemplo. Ya Quadri y Sarmiento fueron a cobrar la suya. Nunca olvido la petición que me hizo un personaje en cierta institución cuando me vi obligado a reducirle un tanto el sobresueldo al moverlo de posición. Me dijo a la letra: «siempre hace falta para el jardinero». Usted juzgue.
Esto viene a cuento por las declaraciones que hizo hace unos días el hombre más rico de México. Este señor criticó los programas sociales del Gobierno federal. Así se expresó: «El pago a adultos mayores es de 4 mil a 6 mil pesos, por ahí, pero debería darse cuando tengan un ingreso mínimo. Esos recursos deberían ir a la pobreza extrema». En parte tiene razón. Pero si así fuera, Quadri, Sarmiento y otros no tendrían acceso a esta prebenda. El otro día, en una comida de cumpleaños, me hicieron ver, gente de escasos recursos, la importancia de la pensión del adulto mayor o pensión del bienestar para sobrellevar el peso de la vida. Ellos la valoran más que los que poseen un ingreso respetable.
Un secreto de la felicidad consiste en evitar las comparaciones odiosas con las personas que nos rodean y que son más exitosas que nosotros. «Tenemos que controlar nuestra tendencia a compararnos con otros», sostiene Layard (p. 197). Seguirá teniendo razón René Girard y su teoría de la envidia mimética como la fuente principal de la generación de la violencia. Solemos envidiar por imitación al otro y esto desata nuestros más bajos instintos. Si el otro se compró el IPhone de moda, yo me moriré de los celos y lo primero que haré será criticarlo acerbamente.
Es verdad que las pensiones del bienestar conllevan defectos evidentes. Ya desde los años 80, cuando Van Parijs, Tobin y otros pugnaban por establecer el subsidio universal garantizado, se criticaba dicha medida por «criar vagos». Y si a eso le sumamos que este tipo de apoyos suele usarse con fines electorales, pues veremos con mayor reserva la implementación de estos subsidios. Sin embargo, no por adolecer de lo anterior hemos de ningunear los apoyos a los sectores vulnerables. Ellos contribuyen un tanto a maximizar el bienestar, la plenitud, la bienaventuranza, la felicidad y la beatitud. A mí me gusta el sinónimo «beatitud» porque su raíz latina remite a «beo» que significa colmar. Y en la felicidad colmamos todos nuestros anhelos. Que así sea.
Referencias:
Layard, R. (2005). La felicidad. Lecciones de una nueva ciencia. Taurus.
Stuart Mill, J. (1984). El utilitarismo. Alianza Editorial. El libro de bolsillo.

Cuándo éramos pobres éramos más ricos. Ahora que somos ricos somos más pobres. Pues no se disfruta tanto un pollo que comer pavo en Navidad.
Recuerdo una navidad 🎄 en particular difícil en mi familia o sea con muy poco dinero. Otras navidades había de todo y un poco en excesos. Bueno navidad en particular no hubo regalos y para cenar comimos pollo rostizado. No hubo. Jamás en mi vida después de comer tantas opiparas comidas he disfrutado de ese pollo. Puedo asegurar sin mentir una epifanía del orden de banquete celestial. No se que tenía es pollo sabía exquisito. Cómo un manjar bajado desde el cielo.
Me llamo mucho la atención del aparente silogismo.
El necio y el cerdo.
Todos los necios son cerdos. Algunos necios cerdos serán.
El cerdo no sabe lo que es un necio. Se llena sólo de lo que le es inmediato para comer.
Hay jamón en el refrigerador o hay jamón serrano en el refrigerador.
Ambos muy diferentes y para gustos entre adinerados y sencillos.
Bueno soy creyente y creo en Él Espíritu.
Ése mismo Espíritu es el que vivifica nuestro Ser en la materia unas cosas y otras… Y nos da uno valor ético y moral entre unas y otras.
Estoicos versus Hedonistas. De los placeres del ahorro al despilfarro inmediato.
Me quedo con la felicidad del estoico resiliente que ahorra para disfrutar y darse un gusto o lujo.
Pero siempre estela vista en la moderación y no en la apariencia. Sí ser como portones resistencia a las tentaciones del sistema de consumo.
Me he acordado de la frase como te ven te tratan y todos los hierros que se comenten por juicios apriori.
Para mí la felicidad está en la moderación y en la esencia de la funcionalidad de las cosas.
Todas las cosas pueden ser arrebatadas hasta la vida misma. Sólo existe un cosas que no pueden ser arrebatada y es el Ser.
Victor Manuel González Ramos.
Saludos cordiales saludos del corazón ❤️.