Para Francisco Lucotti, hasta Buenos Aires,
en plena disección de su novel:
«Silencio de máxima»
Caburé Libros, 2024
Esto se escribe a modo de colofón y agradecido epílogo para un Espacio 4 que fue recipiente del devenir de la Copa del Mundo. Si Borges elevó un dedo inquisidor ante estas bajas pasiones, su palpitante hagiografía a la amistad… que tan bien provoca —y ha de fulgurar— a este torneo, nos acerca más a las anecdóticas hogueras de Eduardo Galeano. Fue ahí en donde aprendió el arte de empatar, cálido, con cualquier supuesto «enemigo». Como Chico Buarque. Y cuántos sobrevivientes del Maracanazo marca 1950.
Cuando estudiaba con los jesuitas —(in)gratos y muy bien empecinados por distribuir una filosofía por semestre— me enseñaron cosas que parecían diseñadas para arruinar una linda cita imposible. Como la teleología. La idea de que las cosas tienen un fin, una causa final, una dirección siempre secreta. En aquel salón de teología sonaba el deslizar, breve y sombrío, de una sotana como arrojada en Aristóteles, pero sin Tomás… ni Karl Rahner. Años después —en una conferencia de prensa global— vía los ojos de Lionel Scaloni, descubrí que ese barrido de tela también podía sonar a futbol. Porque hay lágrimas que no pertenecen al presente. Que viajan con una nostalgia clásica… con todo su brillo de pupila en mármol.
Finales, finales (de sección, como esta). Del Mundial 86 no conservo obvios recuerdos; preservo neblina y un libro. Pero con una televisión encendida en la cocina de mi abuela Lala, aún con adultos hablando más fuerte que el «Tres Patines» encima del refrigerador con radio, aún puedo oler la ensalada de pepinos con polvillo de consomé. De allí creo embozar la sensación de que algo enorme estaba ocurriendo en otro planeta llamado Italia. A bordo de periquera y la levadura de una voluminosa Sección amarilla, 1990 parece que dejó astillas. Ralentizado y estroboscópico, recuerdo a Maradona mirando a la tribuna del Olímpico de Roma mientras silbaban el himno de Argentina: hijos de p…, hijos de p…bramaba suave, pero con las piernas hechas un depósito de pólvora nuclear. Y recuerdo —o tal vez reconstruí con los años— su rostro maldiciendo al mundo. A veces un hombre entiende que ya no está jugando una «final», sino defendiendo una herida. O el alma. Esas parálisis que todos, a contramarea, cargamos en el espíritu de vez en vez.
Luego llegó 1994 y apareció Roberto Baggio… «yo lo pido»: mi primer amor de juguete en la primaria, el Balón de Oro. Falló el penal definitivo. Y quedó de pie. Inmóvil, como esos árboles que siguen erguidos después de un relámpago incendiario. La tragedia tiene un extraño poder de seducción: mientras que la misma Madonna de «Like a Prayer» oraba —derretida— por él, millones descubrimos que el futbol también podía producir santos «derrotados». Algunos mueren en una cama; Baggio murió solo unos segundos, de pie, frente al arco.
En 1998, Ronaldo jugó la final como si alguien le hubiera cambiado la entraña en el vestidor de Brasil. Yo tenía 12 años y no entendía palabras como «ansiedad» o «estrés». Presión, ¿marcas, patrocinios? Creía que los héroes funcionaban con pilas. Décadas después, durante la universidad, los exámenes, la tesis… aquel fantasma «ansioso» regresó con otro nombre, otro rostro y con una mirada que hace sudar las palmas de las manos. Comprendí que a veces el cuerpo llega a la «final» y la mente se queda atrapada en un túnel del que toca salir a gritos y dentelladas. Pero Ronaldo volvió en 2002 con un «corte» de pelo que parecía una apuesta perdida en una peluquería de barrio. Dejó un montículo en la frente —donde muchos gustarían poner dos dedos— y recuperó la alegría. Tal vez la teleología del futbol sea esa: para ganar ciertas Copas hay que sacrificar algo ridículo. Los antiguos ofrecían corderos, nosotros ofrecemos dignidad capilar.
En 2006, Zinedine Zidane eligió el orgullo del carnero. Su cabezazo fue una discusión, también teleológica, pero islámica y resuelta con la tapa del cráneo. Y luego caminó junto a la Copa del Mundo sin siquiera darle una caricia de soslayo. Pocas imágenes han explicado mejor la condición humana, balompédico-enciclopédica (Cfr. Galeano, E.): desear algo con todo el espíritu y, en el instante decisivo, quedar separado de eso por un centímetro de furia. Ya después vino el coctel contemporáneo: la España de 2010 tocando la pelota como quien reza con reloj; 2014 dejando a Messi —y el ceño que ¡jamás! me emocionó— frente a un trofeo que parecía esperarlo desde otra vida; 2018 y su reiteración de que el caos diplomático también puede levantar copas; y 2022, finalmente, para cerrar un círculo que llevaba demasiado tiempo abierto a la especulación de vodevil con número 10.
Pero cuatro años después aparecieron las ¿insólitas? lágrimas de Scaloni, el director técnico de Argentina: «…y me duele, me duele en el alma… lo siento». No lloró como un timonel campeón o subcampeón. Lloró y se resquebrajó como un hombre que ha cargado demasiadas voces. Las del Maradona que zozobró —fúrico— bajo las Notti magiche del 90. Las de aquel Baggio que sostuvo la derrota a base de estómago, peso hecho hombría y dos manos que no hallaron más que la cintura. Las de un Ronaldo perdido en su propia cabeza… ¿y la de su Federaçao? Las de Zidane caminando junto al vellocino de ayer. Las de un Messi que esperó, sí. Pero con la reticencia del estudiante insulso.
Quizá por todo eso me acordé de la teleología en aquellas aulas de la Compañía de Jesús. Tal vez «el fin» de todos esos Mundiales no era la Copa, sino ese instante en que un entrenador colapsa y quiebra frente a un micrófono… y nos recuerda que el futbol no se trata de los invencibles. Se trata de los heridos que siguen de pie. Y eso, queridos amigos, propugna esperanza para que sigan valiendo la pena esos cuatro años de cada Mundial. Porque las heridas se captan vivas y sanguinolentas con la certeza de su reaparición cicatrizada. Y en estos tiempos, sospecho que ponerse —un ratito— a un lado del más herido sigue siendo una de las pocas formas decentes de ser hombre y persona.
Y esto se escribió en la coyuntura de las pútridas xenofobias de los dispositivos líquidos. Porque, qué bueno que existe Borges. Y que existe un Galeano, al otro lado del río, que nos lo empareja todo. Aunque: ¡nos duela en el alma! la vida. Gracias por esta primera mitad del año en la vera futbolística galeana: una buena jugadita, por el amor de Dios —pidió. Nos leemos con el paginar de esta agenda insólita. Pero, sin olvidar las:
Cuatro gotas de alquitrán en la voz.
Siete notas empapadas de alcohol.
Campanadas en el fondo del mar:
carcajadas que me hicieron llorar.
[…]
La liturgia de las despedidas.
La bala perdida que viene por mí.
La nostalgia que amarga la huida,
la banda sonora de lo que viví.
«La canción de los (buenos) borrachos»
Sabina & Páez
Enemigos íntimos (1998)
